https://iclfi.org/spartacist/es/45/conferencia
“En un periodo de crisis, la hegemonía de Estados Unidos se hará sentir de forma más completa, más abiertamente, más despiadadamente que durante el periodo de crecimiento…
“Una gran crisis en Estados Unidos haría resonar de nuevo las trompetas de las guerras y las revoluciones. Lo repetimos: las situaciones revolucionarias no van a faltar. Su salida depende del partido internacional del proletariado, de la madurez y la capacidad de lucha de la Internacional Comunista, de la justeza de su estrategia y de sus métodos tácticos”.
—León Trotsky, La Internacional Comunista después de Lenin (1928) (1928)
A continuación publicamos el documento de conferencia, redactado por la camarada Mansa Kaur y aprobado por la IX Conferencia Internacional de la LCI.
Introducción
La situación internacional se caracteriza por una contradicción insostenible. Por un lado, el imperialismo estadounidense se encuentra en una ofensiva brutal para reafirmar su hegemonía en el escenario mundial. Para ello, está dispuesto a sumir a toda la humanidad en una espiral de crisis y guerras. Por otro lado, la clase obrera —la única fuerza que puede ofrecer una alternativa progresista al imperio estadounidense— aún no ha entrado en escena de manera decisiva bajo su propia bandera.
A la clase obrera nunca le ha faltado la voluntad de luchar; lo que le falta es una dirección capaz de conducir las luchas por sus intereses históricos. Durante décadas, las organizaciones que se reivindican del marxismo no han logrado proporcionar esa dirección. Este vacío ha permitido que crezcan las fuerzas de la reacción. Hoy en día, el movimiento comunista está extremadamente fracturado y se encuentra aislado de quienes dice representar. La situación objetiva no resolverá esta crisis, ni tampoco lo harán los éxitos coyunturales. Para iniciar la labor de reconstrucción y reagrupar a los revolucionarios de todo el mundo, se necesita un programa —uno que corresponda a las tareas de la época—.
Es con este entendimiento que la IX Conferencia Internacional de la LCI presenta el siguiente análisis y programa. Se basa en un análisis crítico de la izquierda marxista durante el periodo postsoviético, así como en nuestra propia experiencia, modesta pero decidida, en la lucha de clases durante los últimos tres años de turbulencia global.
Parte I: La situación internacional
“...lo que es la esencia misma, el alma viva del marxismo: el análisis concreto de una situación concreta”.
—Lenin, “Kommunismus” (12 de junio de 1920)
Estados Unidos y China
La característica definitoria de nuestra época es el antagonismo entre el imperialismo estadounidense y China. Desde 1945, Estados Unidos ha sido la potencia imperialista dominante y el garante del sistema capitalista mundial. Pero desde hace décadas su base económica ha estado en relativo declive. Esto se aceleró con la globalización postsoviética, de la cual China fue la principal beneficiaria. Existe un amplio consenso sobre este panorama básico. Sin embargo, muchos malinterpretan las dinámicas y las contradicciones concretas de este conflicto en favor del impresionismo y el empirismo. Es necesario comprender el desarrollo histórico de esta relación para entender la dinámica de la situación internacional actual.
Al nivel de la producción, la globalización dejó hueca la base industrial del bloque imperialista, y tuvo el efecto opuesto en China y otros países del Sur Global. La participación global de los países del G7 en la producción manufacturera se redujo casi a la mitad, pasando de alrededor del 60 por ciento en 1995 a alrededor del 30 en 2020. La participación de Estados Unidos en esta cifra bajó del 21 por ciento en 1995 al 17 en 2022. Durante el mismo periodo, la participación de China en la producción industrial mundial aumentó del 6 por ciento al 32. Esto representa un cambio verdaderamente sísmico en el equilibrio de fuerzas en este ámbito decisivo, fundamental para una guerra a gran escala.
Sin embargo, el peso industrial y comercial de China supera con creces su papel financiero e institucional en la economía mundial, que Estados Unidos y sus aliados siguen dominando firmemente. Las instituciones que rigen la economía y las relaciones internacionales siguen siendo las que estableció Estados Unidos, es decir, el FMI, el Banco Mundial, la OMC y la ONU. Si bien el dominio del dólar estadounidense ha disminuido, sigue siendo la moneda de reserva mundial, lo que otorga a Estados Unidos “privilegios exorbitantes”. Wall Street sigue siendo el centro de las finanzas internacionales. La participación de Estados Unidos en la capitalización bursátil mundial se ha mantenido entre el 45 y el 50 por ciento en las últimas décadas, mientras que la de China ha aumentado de prácticamente cero en 1980 a entre 10 y 12 por ciento en 2025. Y aunque China representa aproximadamente el 15 por ciento del comercio mundial, el renminbi se utiliza para facturar sólo alrededor del 2 por ciento de dicho comercio.
Muchos sostienen que el crecimiento excepcional del poder económico, comercial y militar de China significa que se está esforzando activamente por suplantar a Estados Unidos en la escena mundial. Nada más lejos de la realidad. Fundamentalmente, China desempeña un papel conservador y no está haciendo nada para cerrar de manera decisiva la enorme brecha entre su fortaleza económica y su debilidad institucional y financiera —una anomalía para una potencia emergente—.
Este panorama se refleja en la dinámica militar entre las dos grandes potencias. Estados Unidos sigue teniendo preponderancia militar, con 750 bases en todo el mundo. Y aunque China cuenta ahora con el segundo ejército más grande en términos de gasto, éste está orientado a proteger sus propias fronteras, no a remplazar el dominio global de Estados Unidos. Su única base militar en el extranjero se encuentra en Yibuti. Mientras que Estados Unidos no tiene reparos en utilizar su fuerza militar, imponiendo su voluntad a un país tras otro, China no ha librado una sola guerra desde 1979. Ante los ataques arancelarios, no utilizó su control sobre los minerales de tierras raras para paralizar el complejo militar-industrial estadounidense. Casi no ha hecho nada para defender a sus socios cuando Estados Unidos los ha atacado —siendo Venezuela, Irán y Cuba los principales ejemplos—. En el ámbito de la política exterior, China prefiere recurrir al derecho internacional y a la cooperación “beneficiosa para ambas partes” en lugar de ejercer el considerable poder duro de que dispone.
Fundamentalmente, China no procura establecer su propia hegemonía, sino que trata de reformar el orden actual para mejorar su propia posición y obtener un grado de autonomía. Es de importancia decisiva comprender por qué esto es así. Mientras que el imperialismo, por su propia lógica, se ve impulsado hacia la expansión y la conquista, China no se rige por las mismas leyes. La estructura estatal y el desarrollo social de la República Popular China (RPCh) siguen arraigados en la Revolución de 1949. Esto no significa que la política exterior de China sea benévola o esté guiada por el internacionalismo; para nada. Pero los cimientos sociales de su estado implican que su crecimiento no conduce necesariamente a un impulso por subyugar a otras naciones. Es por ello que simplemente no existe una zona de influencia exclusivamente china que se imponga a costa del imperio estadounidense.
La contradicción principal en el núcleo del sistema mundial se reduce a la siguiente dinámica: el ascenso de China socava la hegemonía estadounidense, pero el Partido Comunista de China (PCCh) no trata de derrocar el orden liderado por Estados Unidos. Dada la decadencia de la industria y el papel parasitario que desempeña el capital financiero, la economía estadounidense simplemente no puede superar a China por medios convencionales. Para mantenerse en la cima, debe recurrir cada vez más a la agresión y la fuerza para postrar al resto del mundo. Así, nos enfrentamos a una situación sin precedentes históricos en la que la potencia emergente lucha por preservar el statu quo, mientras que la potencia en declive lo está destrozando al tratar de forjar un nuevo realineamiento reaccionario en las relaciones mundiales, presionando tanto a aliados como a enemigos para lograr este objetivo.
Los aliados impotentes
En medio de esta dinámica emergente, Europa se ve atrapada en una contradicción cada vez mayor. El debilitamiento de la hegemonía estadounidense plantea la necesidad de mayor autonomía estratégica para las potencias europeas. Sin embargo, a pesar de las crecientes tensiones, la Unión Europea (UE) no se ha distanciado de Estados Unidos, sino que se está alineando con sus dictados, dedicando cada vez más recursos a apuntalar el imperio estadounidense. En primer lugar, esto se explica por el hecho de que todo el fundamento de la Europa moderna se construyó bajo el paraguas del poder militar estadounidense, desde su creación tras la Segunda Guerra Mundial hasta su expansión tras el colapso de la URSS. La OTAN es la encarnación de este hecho. Sin Estados Unidos como fuerza unificadora, la UE se desintegraría en sus partes componentes.
En segundo lugar, debido a su propio declive relativo, los países imperialistas de la UE se han vuelto cada vez más dependientes de EE.UU. para defender su posición privilegiada en la escena mundial. A pesar de sus mejores deseos y de múltiples declaraciones vacías que afirman lo contrario, actualmente no tienen la capacidad de proyectar su poder de manera independiente. Por lo tanto, en lugar de emerger como un polo independiente, Europa sigue cada vez más el rumbo reaccionario que marca Washington, destruyendo así su propia estabilidad económica y política en el proceso. La misma dinámica explica la trayectoria de Japón y de potencias imperialistas menores como Canadá y Australia.
Rusia, el objeto inamovible
Rusia se destaca como una fuerza importante que resiste a Estados Unidos. Aunque cuenta con suficiente poder militar para obstaculizar las ambiciones estadounidenses, carece del peso económico y social necesario para establecer un orden mundial rival. La guerra en Ucrania, que probablemente ganará Rusia, demuestra su capacidad para resistir y hacer retroceder la expansión de la OTAN en su frontera occidental. Sin embargo, estos esfuerzos han tenido un costo considerable. Además, sus intentos de aventuras internacionales, ya sea en Siria o en África, no han tenido éxito y no han aumentado significativamente su influencia internacional. El papel general de Rusia no es tanto el de un polo alternativo al dominio de Estados Unidos, sino más bien el de un freno al mismo: acelera la crisis del orden existente sin poder remplazarlo.
La espiral de reacción en Asia Occidental
Desde el 7 de Octubre, Israel se ha visto envuelto en un ciclo cada vez más intenso de matanzas, con el apoyo constante de Estados Unidos. Esta dinámica no se debe principalmente al 7 de Octubre en sí, sino al debilitamiento relativo de la posición de Israel-Estados Unidos en la región, principalmente a favor de Irán. Como proyecto nacionalista arraigado en la opresión y el genocidio de los palestinos, el sionismo no puede tolerar ningún contrapeso regional a su dominio que pueda desafiar su capacidad para oprimir a las masas árabes. Como resultado, el estado sionista ha utilizado métodos cada vez más agresivos para restablecer su supremacía en Asia Occidental, destruyendo todo el tejido social de la región.
Si bien Estados Unidos e Israel han logrado infligir derrotas tácticas y estratégicas a muchos de sus adversarios (por ejemplo, Siria), éstas no han resuelto la crisis subyacente de su posición regional. La superioridad militar no les ha permitido establecer un orden político estable, y han fracasado en sus intentos por destruir la República Islámica. Sin embargo, aún queda por verse cuáles serán las consecuencias a largo plazo del aumento de la presión sobre Irán. Lo que es seguro es que Estados Unidos e Israel seguirán causando una devastación incalculable en la región hasta que sean derrotados de manera decisiva.
América Latina en la mira
El presidente venezolano Maduro secuestrado por EE.UU.
El ascenso de China proporcionó a muchos países latinoamericanos un mayor margen de maniobra económico y diplomático, debilitando el cuasimonopolio que antes ejercía el imperialismo estadounidense. Sin embargo, la región sigue profundamente integrada a las estructuras políticas, militares y financieras del dominio estadounidense. A medida que la hegemonía de EE.UU. sufre una presión cada vez mayor al nivel mundial, Washington intenta reafirmar su autoridad dentro de lo que sigue considerando su esfera exclusiva de influencia. Lo hace aprovechando tanto su decisiva ventaja militar como su influencia sobre sectores clave de las élites gobernantes de la región. Debido a estas ventajas, EE.UU. ha identificado a América Latina como el terreno más favorable para hacer frente a China y asegurar la reindustrialización.
Ello ya se ha reflejado en el realineamiento de varios gobiernos con Washington y en la reafirmación más agresiva del poderío estadounidense, como se vio en el secuestro del presidente venezolano Maduro y la escalada del bloqueo contra Cuba. Así, la relativa autonomía conquistada por sectores del continente, así como los intereses económicos de China, chocan cada vez más con la renovada determinación del imperialismo estadounidense de restaurar su autoridad en el hemisferio occidental.
África se fragmenta
Puede que el continente africano no sea el punto focal de la competencia entre las grandes potencias, pero sus consecuencias lo afectan de manera desproporcionada. En un momento en que el desarrollo económico y la integración continental son más necesarios que nunca, África se ve arrastrada cada vez más hacia la fragmentación y el conflicto. La ausencia de estados-nación fuertes significa que las crisis geopolíticas tienen un impacto mucho mayor en un tejido social ya de por sí vulnerable. Esto abre un espacio para que los actores regionales y globales exploten las divisiones existentes. A medida que las antiguas potencias imperialistas compiten con una China en ascenso, así como con actores regionales como Rusia, Türkiye y las monarquías del Golfo, los conflictos locales se entrelazan cada vez más con rivalidades geopolíticas más amplias. Estados como Ruanda también han buscado promover sus propios intereses estratégicos, interviniendo más allá de sus fronteras y agravando las tensiones existentes. Los diversos conflictos que sacuden al continente —en particular en Sudán, el Sahel y la República Democrática del Congo— y el agudizamiento de los antagonismos sociales dentro de cada país apuntan hacia la fragmentación estatal, el recrudecimiento de los antagonismos nacionales y étnicos, y el colapso de la autoridad pública y los servicios.
Sin embargo, la fragmentación de África no es algo nuevo. Incluso el periodo liberal, que trajo cierto crecimiento económico al continente, estuvo plagado de guerras sangrientas y genocidios, desde Ruanda hasta el Congo y Darfur. Si bien durante el periodo liberal se observó un aumento masivo de la ayuda imperialista a través de ONGs e instituciones internacionales, ésta se ha reducido drásticamente en la actualidad. En lugar de ayuda, Estados Unidos está abordando las crisis del continente con desinterés, saqueo descarado o poder duro abierto. Por lo tanto, la fragmentación actual se caracteriza por un aumento en su alcance y profundidad.
Si bien el estado fracturado del continente presenta peligros extremos, su clase obrera joven, creciente e hiperexplotada también encierra un inmenso potencial revolucionario. Las mismas contradicciones que dividen y debilitan África hacen que la necesidad de un derrocamiento revolucionario del orden neocolonial y la unificación del continente sobre una nueva base social sean aún más palpables y urgentes.
El Sureste Asiático entre el yunque y el martillo
La globalización integró al Sureste Asiático en las cadenas de suministro internacionales como un eslabón intermedio, dominado por gigantes manufactureros extranjeros, dependiente de insumos chinos y orientado a los mercados de consumo de EE.UU. “Con China en el comercio, con EE.UU. en la seguridad” era el lema de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sureste Asiático). Ahora, esto significa estar atrapados entre el yunque y el martillo. EE.UU. está socavando las economías de la región, destruyendo sus cadenas de suministro con el objetivo de estrangular a China. Como advertencia de lo que se avecina, los ataques arancelarios de Trump y la guerra contra Irán ya han asestado golpes económicos devastadores a una región donde gran parte de la población vive al borde del abismo. Al militarizar el sureste asiático y fomentar la expansión agresiva de las fuerzas japonesas por toda la región por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos está agitando el espectro de la guerra al tiempo que intensifica su amenaza contra China. Se está preparando el terreno para explosiones sociales en todo el Sureste Asiático.
La economía mundial al borde del abismo
A pesar de las crecientes tensiones geopolíticas, la estructura básica de la economía mundial se ha mantenido notablemente resistente. Pero las mismas fuerzas que han sostenido esta resistencia —principalmente el extraordinario desempeño del mercado bursátil de EE.UU.— están generando nuevas contradicciones que amenazan con desestabilizar todo el sistema. El ascenso de Wall Street, que desafía la gravedad, se ha impulsado con niveles sin precedentes de estímulo fiscal y monetario, con los enormes gastos de capital de las principales empresas tecnológicas y con el frenesí especulativo que ambos han generado. Si bien es imposible saber exactamente cuándo llegará a su fin esta dinámica, lo que es seguro es que el colapso terminal del auge especulativo centrado en el sector tecnológico tendrá profundas consecuencias para la situación mundial. Ya las presiones deflacionarias y el exceso de capacidad industrial de China se están exportando al resto del mundo —probables señales tempranas de una crisis global de sobreproducción capitalista—.
El estallido de la burbuja financiera barrerá las montañas de capital ficticio que enmascaran la verdadera correlación de fuerzas internacionalmente y dejará al descubierto la podredumbre en el núcleo del imperio estadounidense. Sin embargo, mientras la arquitectura básica de la economía mundial permanezca intacta, Estados Unidos conservará enormes ventajas para moldear tanto la respuesta a la crisis como su desenlace, lo que le permitirá trasladar una parte significativa de la carga a otros países.
En primer lugar, podemos esperar que la crisis que se avecina exacerbe todas las dinámicas existentes y la intensificación de los ataques capitalistas. Pero que esto resulte en un mayor descenso hacia la reacción o abra el camino a sucesos revolucionarios dependerá, sobre todo, de la respuesta del proletariado internacional. En este sentido, los resultados dependen de la dirección y la organización de la clase obrera en cada país. Es esta cuestión política la que abordamos a continuación.
Parte II: La dinámica de la política mundial
“La ruptura de la correlación entre lo subjetivo y lo objetivo es, en general, la fuente esencial tanto de lo cómico como de lo trágico, en la vida y en el arte. El ámbito de la política es menos inmune al efecto de esta ley que cualquier otro. Los hombres y los partidos son heroicos o ridículos no en sí mismos y por sí mismos, sino por su actitud ante las circunstancias”.
—León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa (1930)
La muerte del liberalismo y el auge de la reacción
Reaccionarios inundan el centro de Londres durante la manifestación “Unir el Reino”, septiembre de 2025.
El statu quo político del periodo postsoviético se ha hecho añicos. Las herramientas ideológicas propias de la era postsoviética de hegemonía estadounidense ya no se ajustan a las necesidades de las potencias imperialistas hoy día. Cuando su hegemonía era indiscutible, Estados Unidos podía darse el lujo de la democracia liberal tanto en casa como en el extranjero, financiar ONGs y proclamarse defensor de los derechos humanos, el libre comercio, el multiculturalismo, etc. Esta vía ya se ha agotado. A medida que su hegemonía se desvanece, Estados Unidos debe pasar a la ofensiva. No puede hacerlo a través de los valores y las instituciones liberales, que ahora se erigen como obstáculos para sus objetivos.
La muerte del liberalismo no significa que se haya sellado un nuevo realineamiento en la política mundial. La tendencia general desencadenada por la ofensiva del imperialismo estadounidense es hacia una creciente inestabilidad, la reacción y el conflicto. Pero no vamos directo al infierno. Hay una diferencia entre las necesidades y los objetivos del imperialismo estadounidense y su capacidad para satisfacerlos y ponerlos en práctica. Su ofensiva ya ha provocado todo tipo de resistencia. Sin embargo, los diversos contendientes y aspirantes a desafiarlo están dejando al descubierto su bancarrota, lo que permite a Estados Unidos conservar la iniciativa en la configuración de la política mundial incluso en su declive. Como resultado, no es un levantamiento proletario ni una ofensiva antiimperialista lo que está derrocando el orden mundial liberal, sino una derecha imperialista insurgente.
Los líderes del Sur Global sufren una presión cada vez mayor para resistir las depredaciones del imperialismo estadounidense, pero, limitados por sus propios intereses de clase y el temor a movilizar a las masas, buscan adaptarse y maniobrar con EE.UU. en lugar de confrontarlo. El Partido Comunista de China, que gobierna sobre las conquistas de la Revolución de 1949, está desperdiciando la energía y el potencial revolucionarios del gigantesco proletariado chino al aferrarse a los remanentes de la globalización y del orden mundial liberal. La mayoría de los demás líderes se centra en mantener un equilibrio entre las diversas presiones, en lugar de unirse contra Estados Unidos. El mejor ejemplo de esto son los BRICS+, una alianza sin objetivos estratégicos unificadores, que representa menos que la suma de sus partes.
En cuanto al movimiento obrero, en la mayoría de los casos sus líderes intentan desesperadamente apuntalar el statu quo liberal, incluso cuando éste se derrumba ante sus ojos. En la izquierda, quienes afirman buscar una ruptura radical, o incluso una revolución, por lo general están muy lejos de los sentimientos genuinos de las masas y se conforman con abstracciones desconectadas de las tareas concretas de la época. La ausencia de una oposición proletaria independiente al imperialismo estadounidense es el factor más importante que moldea los acontecimientos mundiales, ya sea en los centros imperialistas, en el mundo semicolonial o en los diversos movimientos de resistencia. Hasta que esto cambie, la erosión de la hegemonía estadounidense seguirá avanzando en términos reaccionarios, aumentando la opresión de las masas en lugar de promover su emancipación.
Lo anterior no quiere decir que ciertas fuerzas no revolucionarias sean incapaces de infligir reveses a Estados Unidos. Pero tales reveses siempre serán parciales. Forjar una verdadera dirección proletaria es el problema central de la estrategia revolucionaria en la época actual. Éste sólo puede comenzar a resolverse mediante una evaluación realista de las dinámicas políticas y extrayendo lecciones claras de la experiencia de las luchas contemporáneas.
El auge de la derecha populista en Occidente
La derecha populista está emergiendo en todo Occidente como la principal fuerza opositora al statu quo, desde Trump y el movimiento MAGA en Estados Unidos hasta el partido Reform en Gran Bretaña, pasando por la AfD en Alemania y One Nation de Pauline Hanson en Australia. Está ganando terreno gracias a una convergencia entre las necesidades de la estrategia imperialista estadounidense y un amplio rechazo al statu quo liberal entre capas significativas de la población. Como resultado, es cada vez más capaz de canalizar la ira y el resentimiento de la clase obrera hacia una agenda política reaccionaria. La señal más clara de este giro hacia la derecha es que el centro político de ayer está adoptando él mismo elementos de la derecha: en Gran Bretaña, el Partido Laborista ha dado un giro en materia de inmigración y, en Estados Unidos, los demócratas han abandonado su anterior pretensión de defender los derechos de las personas negras y trans.
La Marea Rosa latinoamericana se estrella
Reunión de la alianza trumpista de villanos latinoamericanos, 7 de marzo.
La creciente ola de gobiernos de derecha en América Latina es impulsada por un rechazo similar al statu quo de las últimas décadas en el continente. Los gobiernos populistas de izquierda que llegaron al poder sobre una ola de sentimiento antiimperialista en la década de los 2000 están cayendo hoy como moscas. Si bien estos gobiernos promulgaron muchas reformas progresistas, también frenaron la energía revolucionaria de las masas, lo que en última instancia condujo a retrocesos y traiciones. Ante la incapacidad de estos gobiernos para lograr mejoras duraderas, ahora son las fuerzas populistas de derecha y pro imperialistas las que se aprovechan de su fracaso, no sus opositores marxistas armados con las lecciones de la Marea Rosa.
El régimen bolivariano de Venezuela se resquebrajó ante el primer golpe militar directo del imperialismo estadounidense. La ausencia de cualquier levantamiento popular significativo contra el secuestro del presidente Maduro y el hecho de que la ex chavista Delcy Rodríguez ahora colabore con Estados Unidos demostraron lo profundamente podrido que se había vuelto el régimen.
Se observa una tendencia similar en Cuba, un faro para los oprimidos y los antiimperialistas desde 1959. La Revolución Cubana pende hoy de un hilo mientras Trump intensifica el despiadado bloqueo estadounidense. Sin embargo, en lugar de una estrategia internacionalista y revolucionaria para romper el bloqueo, el Partido Comunista de Cuba lo está apostando todo a las negociaciones y ha abierto las puertas a que los capitalistas tomen control de la economía. Esto sólo puede envalentonar a EE.UU. y a los gusanos, quienes están decididos a aplastar definitivamente la Revolución Cubana.
Hay contradicciones en este panorama. México y Brasil aún tienen gobiernos de izquierda. Pero aunque se han enfrentado a EE.UU. de palabra, tanto Lula en Brasil como Sheinbaum en México también han hecho numerosas concesiones. En el caso de Bolivia, el levantamiento masivo contra el gobierno neoliberal de Paz abrió una posibilidad real de contraataque. Sin embargo, la dirección de la Central Obrera Boliviana hizo un pacto con el gobierno y pidió que se levantaran los bloqueos, traicionando así a las masas indígenas y campesinas. Esto ha provocado una ruptura entre los movimientos obrero y campesino, debilitando su capacidad para luchar contra la burguesía boliviana y sus amos en Washington. Paz cuenta ahora con un terreno fértil para intensificar sus ataques contra las masas. Ya ha encarcelado a líderes campesinos, atacado a los sindicatos y empeorado las condiciones de vida. Este resultado refuerza el control del imperialismo estadounidense en la región.
La derecha en Asia del Sur se atrinchera
La dinámica en los países de Asia del Sur nos presenta un adelanto de lo que le espera al Sur Global. Estrujados entre crecientes presiones externas y las gigantescas necesidades internas, los gobiernos de países como la India y Pakistán están recurriendo a un nacionalismo cada vez más religioso, la represión y el bonapartismo para manejar las contradicciones de sus sociedades y asegurar su dominio.
En la India, el BJP ha consolidado su poder al nivel nacional mediante victorias en las recientes elecciones estatales, lo cual fue posible en parte gracias a una depuración masiva del padrón electoral. La izquierda es cada vez más irrelevante. Los comunistas, tras haber alienado a su base durante décadas, han perdido su último punto de apoyo en el poder, y el estado aplasta la insurgencia maoísta. En Pakistán, el reforzamiento de la dictadura militar es aún mayor, aplastando cualquier disidencia, ya sea de izquierda, de Cachemira o del ex primer ministro Imran Khan. Pero hay un límite a lo que las masas están dispuestas a tolerar. A medida que entramos en un periodo más inestable, el descontento que se acumula en la base de estas sociedades sólo encontrará más dinamita, amenazando con explotar y desestabilizar el gobierno de estos Bonapartes, como fue el caso con los levantamientos en los vecinos Nepal, Bangladesh y Sri Lanka. Las recientes luchas en la Cachemira ocupada por Pakistán y el movimiento estudiantil en la India encarnan un potencial similar.
Oportunidades perdidas
En los últimos años ha habido oportunidades importantes que podrían haber revertido la dinámica y colocado a la clase obrera en la escena política como un factor determinante en los acontecimientos nacionales e internacionales. Esto no sucedió, ya fuera con el repunte de huelgas en Occidente tras la pandemia de COVID-19 o con los levantamientos de la Generación Z en el Sur Global. En todos los casos, hizo falta una dirección dispuesta a aprovechar de manera decisiva los levantamientos, lo que permitió a la clase dominante recuperar la iniciativa. En cada caso, el obstáculo no fue la falta de combatividad, sino la falta de dirección.
Los dirigentes sindicales condujeron a la derrota la ola de huelgas en Gran Bretaña (2022–2023) y la lucha contra la reforma de las jubilaciones en Francia (2023), al rehusarse a intensificar la lucha suficientemente para vencer de manera decisiva a los gobiernos en cuestión. En Estados Unidos, la ola de huelgas y disputas contractuales de 2023 de UPS, ILWU (sindicato de estibadores de la Costa Oeste), UAW (sindicato automotriz) y Hollywood, así como las huelgas de Boeing e ILA (sindicato de estibadores de la Costa Este) de 2024, se levantaron con aumentos salariales, pero dejando sin resolver las otras cuestiones decisivas que impulsaban las huelgas. Esto tuvo como efecto contener la lucha de clases. De haber tenido éxito estas luchas, la clase obrera habría emergido como una fuerza más potente, revitalizada y más unida, con confianza en su propia capacidad para luchar y ganar.
En Grecia, la lucha de Tempi podría haber cambiado radicalmente el rumbo del país, con el potencial de modificar la relación de fuerzas a favor del proletariado tras la gran derrota de 2015. Sin embargo, el movimiento obrero no supo aprovechar el descontento de las masas. El KKE, la dirección del movimiento obrero y la izquierda capitularon ante la dirección pequeñoburguesa del movimiento que promovía una estrategia “sin partidos ni colores”, rechazando una perspectiva obrera. Su política se rehusaba a transformar la ira de las masas en una lucha decisiva contra la subyugación imperialista, que fue la causa del crimen. Esta derrota ha debilitado y desmoralizado aún más a la clase obrera y los oprimidos.
Los recientes levantamientos de la Generación Z fueron importantes explosiones de descontento alimentadas por el rápido deterioro de las condiciones de vida de la juventud en el mundo semicolonial y por el furioso odio hacia sus gobernantes corruptos. Sin embargo, la energía pura que los impulsaba no fue suficiente por sí sola para mejorar la situación general de las masas. La represión aplastó algunos levantamientos (Indonesia, Marruecos, Perú), mientras que otros dieron lugar a gobiernos de derecha (Bangladesh, Nepal) y a un régimen militar (Madagascar). Estos resultados surgen por la ausencia de una dirección política coherente capaz de trazar un rumbo progresista contra las clases dominantes y la subyugación imperialista. El hecho de que la clase obrera desempeñara un papel marginal en estos movimientos acentuó su heterogeneidad, dejándolos vulnerables a la represión y la cooptación.
4 de diciembre de 2024: protesta de masas dirigida por el KCTU en Seúl tras el intento del entonces presidente, Yoon Suk-yeol, de imponer la ley marcial. La manta dice: “Declaración del movimiento de resistencia total, acción de emergencia nacional”.
El golpe de estado de diciembre de 2024, perpetrado por el expresidente surcoreano Yoon Suk-yeol, fue repelido rápidamente por movilizaciones combativas de masas dirigidas por los sindicatos. Esta contundente derrota colocó a la clase obrera en una posición de fuerza. La reacción contra la agenda rabiosamente pro estadounidense de Yoon Suk-yeol pudo haber abierto una gran brecha en la alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur —la piedra angular de la reacción en el país—. Sin embargo, los líderes sindicales se vendieron, desviando la ira hacia un voto por el Partido Demócrata, igualmente pro imperialista aunque menos rabioso, lo que estabilizó la situación política para la clase dominante.
La izquierda liberal da su último suspiro
Aunque la derecha está en ascenso al nivel internacional, la creciente inestabilidad y agitación en el mundo siguen impulsando formas de resistencia de izquierda construidas y moldeadas por el periodo anterior. En el ámbito de los partidos políticos, éstas incluyen formaciones como los Verdes y el ya moribundo Your Party en Gran Bretaña, Die Linke en Alemania y La France Insoumise. Muchos observan estos movimientos y adquieren un renovado sentido de esperanza. Esto es tan peligroso como ilusorio.
Lo que está alimentando este “resurgimiento de la izquierda” no es, lamentablemente, una nueva ola de combatividad de la clase obrera ni un amplio apoyo proletario. Más bien, la fuerza motriz de estos partidos es la sensación palpable de pánico y desesperación entre grandes sectores de liberales de clase media y estudiantes progresistas, así como entre las minorías que, con razón, están aterradas ante la perspectiva de gobiernos de derecha. Esos partidos y sus líderes representan una reacción instintiva ante los acontecimientos mundiales, que se aferra a una versión más radical del liberalismo ante la incertidumbre y el caos. Reciclar los gastados clichés del liberalismo cuando el orden mundial que lo sustentaba está desapareciendo no es una receta para el éxito, sino para un desastre espectacular.
Es precisamente este carácter lo que condena a estos partidos a la impotencia y lo que repulsa aún más a los obreros más conservadores, fortaleciendo a la derecha en sus respectivos países: los Verdes van a la zaga de Reform en Gran Bretaña, Die Linke está muy por detrás de la AfD y Mélenchon se queda atrás de la extrema derecha en Francia. Lo que estamos presenciando no es un resurgimiento de la izquierda, sino una tragicomedia nacida de la brecha cada vez mayor entre la situación objetiva que se agrava y los elementos subjetivos completamente inútiles que se proponen como respuesta.
Los partidarios de este resurgimiento de la izquierda también señalan la reciente huelga de los trabajadores italianos en apoyo a Palestina y el movimiento “bloqueemos todo” en Francia. Sin embargo, éstos no lograron convertirse en movimientos sostenidos. Terminaron tan pronto como comenzaron y no han alterado las trayectorias generales de sus países. En Francia, el Rassemblement National se acerca poco a poco al Palacio Presidencial y, en Italia, Meloni no enfrenta ningún desafío significativo a su poder. En ambos casos, lo que estamos presenciando es la incapacidad del sindicalismo radical —una fuerte tradición en ambos países— para hacer frente a la cambiante situación mundial.
La izquierda en EE.UU. bota la política identitaria y se aferra a los demócratas
Se ve tan 2008.
El segundo mandato de Donald Trump ha provocado cambios importantes en la izquierda de EE.UU. En el ámbito electoral, el socialista demócrata Zohran Mamdani fue elegido alcalde de Nueva York con una plataforma básica inspirada explícitamente en el “socialismo de alcantarilla” del siglo XX. Concretamente, esta plataforma se basa en evitar las cuestiones sociales más explosivas, como la opresión racial y la brutalidad policiaca. Se trata de un importante alejamiento de la era de la política identitaria. Al igual que otros funcionarios electos de los DSA (Democratic Socialists of America), Mamdani no ha perdido tiempo en atacar a la clase obrera y a las masas negras y latinas. Sin embargo, esto no ha impedido que la mayor parte de la izquierda aclame su victoria como un gran triunfo, justificando sus traiciones y negándose a librar una lucha real dentro de los DSA y del movimiento obrero para romper con el Partido Demócrata.
En respuesta al terror de ICE en las calles, ha habido luchas populares importantes y, a menudo, heroicas. El punto álgido de estas movilizaciones se alcanzó en Minneapolis tras el asesinato de dos manifestantes contra ICE. Si bien estas luchas han demostrado que existe una profunda oposición popular al programa totalitario de deportaciones de Trump, también han puesto de manifiesto la incapacidad del movimiento, hasta el momento, para romper con la dirigencia conservadora de los sindicatos y del Partido Demócrata. Trump ha retrocedido temporalmente, pero no ha frenado su ofensiva general contra los migrantes.
El Eje de la Resistencia en un callejón sin salida
La resistencia de la República Islámica contra la embestida militar de Estados Unidos e Israel ha alimentado la ilusión de que este régimen teocrático-capitalista puede liderar la lucha contra el imperialismo en Asia Occidental. Pero si bien la República Islámica ha demostrado que puede plantarle cara a Estados Unidos, al mismo tiempo ha demostrado que carece por completo de la voluntad y la capacidad para ser un punto de encuentro para una auténtica resistencia antiimperialista capaz de expulsar a Estados Unidos de la región.
Sin duda, la clase dominante iraní tiene interés en ello, pero éste pasa a segundo plano frente a su interés por mantener su propia existencia parasitaria. Como resultado, conserva la resistencia contra la agresión extranjera bajo un estricto control militar-burocrático, negándose a llamar a las masas de la región a sumarse a la lucha. Además, el régimen interno despótico de la República Islámica divide a los oprimidos según criterios nacionales, religiosos y de género, lo que imposibilita una lucha antiimperialista unificada. Peor aún, su sangrienta represión de la disidencia empuja a amplios sectores de la población a los brazos de la reacción monárquica y pro imperialista. Para derrotar al imperialismo y expulsarlo de la región se requiere la unidad más amplia de las masas, la cual simplemente no puede construirse sobre la base de la política de la República Islámica.
La resistencia del pueblo palestino contra la embestida genocida sionista ha sido heroica. Sin embargo, este hecho no debe utilizarse para ocultar el estancamiento político y estratégico del movimiento de liberación. El pueblo palestino ha sufrido una catástrofe social y humana a una escala sin precedentes. Gaza se encuentra en un estado de desastre total e Israel quiere anexar franjas enteras de lo que queda de ella. Cisjordania está peor que nunca. Esto ha puesto al descubierto los fracasos de la estrategia de Hamás: confiar en la opinión pública liberal y en los regímenes árabes para derrotar a Israel, en lugar de confiar en las masas de Asia Occidental en una lucha unificada contra Israel, Estados Unidos y los regímenes árabes que los concilian. En este impasse de la resistencia, Hamás está básicamente negociando los términos de su propio desarme y el movimiento no tiene una perspectiva estratégica sobre cómo continuar la lucha.
El movimiento palestino se disipa
Policías se llevan a una activista pro Palestina en Berlín, octubre de 2025.
El genocidio en Gaza movilizó a millones de personas, y cientos de miles marcharon en las principales ciudades de todo el mundo durante más de dos años. Sin embargo, esto no fue suficiente para detener a Netanyahu. En Occidente, la indignación liberal que dominaba su política paralizó el movimiento, y su dependencia de políticos como Rashida Tlaib en Estados Unidos, quien se pronunciaba en contra de Israel a la vez que era representante del mismo partido que facilitaba el genocidio, contribuyó a esta parálisis. En países de mayoría musulmana como Indonesia, Malasia y Türkiye, los gobiernos apoyaron o incluso organizaron movilizaciones masivas, al tiempo que mantenían su alineamiento con Estados Unidos.
El movimiento palestino no tuvo como perspectiva estratégica fusionar las necesidades de la clase obrera con la lucha por la liberación palestina. Ello habría ejercido una presión real sobre los gobiernos para que rompieran su apoyo a Israel o su conciliación a él. En cambio, en la mayoría de los países, las marchas masivas a favor de Palestina fueron en gran medida toleradas; estas manifestaciones, programadas regularmente, se convirtieron en la norma — una válvula de escape para el descontento contenido—. Pero cualquier intento de acción que violara esta norma y buscara desafiar su rumbo se mantuvo relativamente aislado, y las fuerzas estatales lo aplastaron brutalmente. Hoy en día, el movimiento se encuentra debilitado. Los revolucionarios deben sacar lecciones serias de este resultado y trabajar para el rearme político del movimiento.
Hay que prepararse para ataques, conmociones y convulsiones
En general, la correlación de fuerzas al nivel internacional no favorece a la clase obrera ni a los oprimidos en el futuro previsible. El imperialismo estadounidense está desatado, la derecha está en ascenso y existe una brecha cada vez mayor entre la izquierda y la clase obrera en la mayoría de los países.
Por el momento, la desmoralización, la apatía y una tendencia a la retirada y la autopreservación son la corriente dominante en la clase obrera. Pero la lucha de clases no avanza en línea recta. La derecha populista está aprovechando el descontento acumulado y lo está canalizando con éxito hacia la política antiinmigrante y otras vías reaccionarias. Este modelo puede funcionar por algún tiempo, pero es fundamentalmente incapaz de resolver cualquiera de los factores subyacentes de la crisis social. Quienes confían en que la derecha cumpla sus promesas —de crecimiento, empleo y un regreso a los “buenos tiempos”— se sentirán decepcionados. Inevitablemente, la clase obrera se verá empujada a la acción. La cuestión para los revolucionarios es si estos enfrentamientos terminarán en victorias, fortaleciendo el movimiento obrero, o en derrotas y una mayor deriva hacia la reacción imperialista.
En el Sur Global, el subdesarrollo crónico y la ofensiva imperialista de Estados Unidos están intensificando la crisis social y agravando la inestabilidad. La combinación del estrangulamiento imperialista, la decadencia interna y el creciente descontento en casa está ejerciendo una presión cada vez mayor sobre las burguesías nacionales corruptas, empujándolas hacia la represión, el bonapartismo y las divisiones nacionalistas para impedir una lucha unida. Para los revolucionarios, la tarea que se tiene por delante es la de una preparación seria. Deben liberarse de la trampa de ponerse a la cola de cada movimiento que surge o de recurrir a los métodos abstractos de la lucha de clases “pura”. La tarea consiste en fusionar las necesidades de las masas con la lucha por la liberación nacional del dominio imperialista.
Parte III: Un programa revolucionario
“Nadie se ha tomado la molestia de allanarle al proletariado el camino del alza revolucionaria. Es necesario avanzar con estancamientos y retrocesos inevitables, por un camino plagado de innumerables obstáculos y de la escoria del pasado. Los que se asustan ante esta perspectiva harán bien en hacerse a un lado”.
— León Trotsky, “Es necesario construir partidos comunistas y una nueva internacional” (1933)
¡Luchar contra el imperio estadounidense!
Manila, 4 de julio: protesta contra la presencia militar estadounidense. La pancarta dice: “¡Las Filipinas no se venden!”.
El imperialismo estadounidense es la principal fuerza que arrastra al mundo hacia la barbarie. Luchar contra el imperio estadounidense es, por lo tanto, fundamental para el proletariado internacional y los oprimidos de todo el mundo. La clase dominante de EE.UU. hace pagar a la clase obrera de ese país por sus ambiciones globales a través del militarismo, la austeridad y los ataques a su nivel de vida. En todos los países imperialistas y en las semicolonias alineadas con EE.UU., las clases dominantes siguen profundamente ligadas al orden existente. Ya sea la lealtad a la OTAN y al transatlantismo en Occidente, Japón avanzando por el camino del rearme o el Quad en el Océano Índico: la oposición a la alianza con EE.UU. forma parte integral de la lucha contra las clases dominantes en estos países.
En Ucrania, los imperialistas occidentales y sus títeres ucranianos envían a los soldados al matadero en nombre de sus intereses. En los países neocoloniales y los estados obreros que enfrentan sanciones, presión económica o amenazas militares, la lucha contra la opresión nacional y social movilizará a millones de personas, planteando el derrocamiento del dominio imperialista y de las burguesías nacionales. En todas partes, la lucha contra el imperialismo estadounidense proporciona una base para unir a los trabajadores más allá de las fronteras y forjar una dirección revolucionaria internacional capaz de desafiar el orden mundial existente.
¡Por una estrategia proletaria contra el imperialismo estadounidense!
Los revolucionarios deben construir la oposición más fuerte al imperio estadounidense. Pero la cuestión decisiva es qué estrategia política y qué métodos de lucha son capaces de derrotarlo realmente de manera progresista. La emancipación de la humanidad de la barbarie no depende de la victoria de una clase dominante o un bloque geopolítico rival sobre otro, sino del triunfo revolucionario de la clase obrera internacional. Los medios y métodos de la lucha antiimperialista son inseparables de sus objetivos: sólo son admisibles aquellos medios que forjen la independencia política y la unidad de las masas trabajadoras. Cualquier cosa contraria a ello, en última instancia, profundiza las divisiones nacionales, fortalece a las clases dominantes y, por lo tanto, debilita la lucha contra el imperialismo.
Éste es el defecto central del “campismo”. Rechaza la independencia proletaria como hilo conductor de la lucha antiimperialista y apoya a cualquier fuerza que se oponga a Estados Unidos y sus aliados, sin importar su carácter de clase o sus políticas. Bajo esta lógica, algunos consideran a estados como Rusia y la República Islámica de Irán, o a alianzas como los BRICS+, como polos progresistas de resistencia simplemente porque representan un desafío al dominio de Estados Unidos. Esta lógica del “mal menor” termina justificando los crímenes y la opresión que tales fuerzas perpetran con el argumento de que debilitan a un rival.
Las implicaciones de este enfoque son desastrosas. Tomar el lado de Rusia en la guerra de Ucrania, por ejemplo, con el argumento de que está luchando contra un aliado de la OTAN, acepta y legitima la opresión nacional de los ucranianos como un mal menor en la lucha contra el imperialismo estadounidense. Esto divide aún más a la clase obrera en Europa Oriental, atándola a sus respectivos gobernantes, obstruyendo así su unidad revolucionaria contra las fuerzas dominantes responsables del statu quo actual en la región: Estados Unidos, la UE y la OTAN. La misma lógica se aplica en Irán, donde el apoyo político a la República Islámica contra Estados Unidos aleja a las masas kurdas y a otras minorías oprimidas, allanando el terreno para que las fuerzas pro imperialistas intervengan como sus salvadores frente a un régimen opresor, lo que profundiza las divisiones y fortalece el control del imperialismo en la región. En ambos casos, lo que se necesita es tomar posición contra el imperialismo estadounidense, impulsando al mismo tiempo una estrategia proletaria.
¡Por la liberación nacional bajo la bandera comunista!
24 de junio: manifestación masiva contra el gobierno en Rawalakot, en la Cachemira ocupada por Pakistán.
La ofensiva del imperialismo estadounidense está sometiendo y devastando aún más a los países del Sur Global, lo que le da a la lucha por la liberación nacional una urgencia cada vez mayor. Los revolucionarios deben oponerse a las depredaciones económicas y militares de Estados Unidos y sus aliados, cuyas guerras, sanciones y coacción están causando estragos en las naciones oprimidas. Esto significa ponerse del lado de las fuerzas que están directamente en la línea de fuego, desde Palestina hasta Irán y Cuba. Mantenerse firme contra la opresión nacional en todas partes es una precondición para unir al proletariado internacional contra el imperialismo.
La tarea decisiva es combatir por la dirección de la lucha de liberación nacional en oposición a la burguesía nacional, la cual afirma representar los intereses de toda la nación y utiliza el nacionalismo para reforzar su autoridad. Como clase explotadora, en última instancia buscará frenar, desviar o aplastar la movilización independiente de las masas con el fin de preservar su propio poder, traicionando así la lucha contra el imperialismo. Los revolucionarios deben desenmascarar sus vacilaciones impulsando la lucha contra el imperialismo.
El movimiento marxista y antiimperialista se encuentra dividido en dos corrientes erróneas. Una rechaza las luchas de liberación nacional por considerarlas intrínsecamente burguesas, proclamando la revolución socialista al tiempo que abandona las aspiraciones reales de las masas. Al hacerlo, deja a las masas a merced de la dirección de los nacionalistas. La otra corriente se alinea detrás de la burguesía nacional, especialmente de sus alas radicales o antiimperialistas, atando igualmente a las masas a las fuerzas nacionalistas y abandonando a los grupos oprimidos a la manipulación de las fuerzas pro imperialistas. Ambas corrientes renuncian a la tarea central: forjar la dirección proletaria de la lucha por la liberación nacional.
¡Por una alianza de obreros y campesinos!
Debido al dominio neocolonial y colonial directo, las cuestiones democráticas pendientes siguen siendo una característica definitoria del mundo semicolonial. La más importante de ellas es la cuestión agraria: el destino de millones de campesinos pobres, jornaleros sin tierra y trabajadores agrícolas. La embestida del imperialismo estadounidense contra las semicolonias convierte a estos sectores en algunas de sus principales víctimas. Su implacable búsqueda del control de los recursos naturales, la expansión de los conglomerados agroindustriales, la especulación con la tierra y el aumento de los precios causado por las crisis y las guerras están arruinando aún más a este segmento de la población.
Las clases obreras, a menudo vinculadas directamente al campo a través de lazos de parentesco, también están bajo ataque y, por lo tanto, tienen un interés material en defender a las masas rurales y a toda la nación contra una mayor subyugación. La única forma efectiva de resistir es forjar una alianza entre obreros y campesinos pobres para defender conjuntamente sus condiciones de vida. La tarea de los revolucionarios es construir esta alianza como un medio para impulsar la lucha antiimperialista y, al hacerlo, poner al descubierto la impotencia de las burguesías nacionales para hacer frente a la ofensiva de Estados Unidos.
¡Defender China! ¡Abajo los burócratas del PCCh!
14 de marzo: el presidente Xi extiende la alfombra roja para la camarilla de genocidas de Trump.
La defensa de China será una prueba decisiva para los revolucionarios en el periodo próximo, tal como lo fue la defensa de la Unión Soviética durante gran parte del siglo XX. No se puede entender a China al margen de la Revolución de 1949: aunque muchos de sus logros están muy mermados, los cimientos sociales creados por esa revolución no han sido derrocados. El Ejército Popular de Liberación, que destruyó a las antiguas clases dominantes, sigue siendo la fuerza armada del estado que surgió de este proceso revolucionario. Para el imperialismo estadounidense, cuya posición global se ve cada vez más desafiada por el ascenso de China, una contrarrevolución ahí se ha convertido en una necesidad estratégica. La defensa de China es, por lo tanto, inseparable de la lucha contra el imperialismo estadounidense.
El colapso de la Unión Soviética demostró que la derrota de un orden social proletario no sólo transforma a un país, sino que reestructura la correlación global de fuerzas. La victoria del imperialismo estadounidense sobre la URSS abrió un periodo de dominación sin precedentes, lo que le permitió proyectar su poder con muchas menos restricciones. Una derrota similar en China representaría un retroceso histórico aún mayor —la destrucción y la subordinación de una de las mayores concentraciones de fuerzas productivas del planeta—, lo que empeoraría las condiciones de los trabajadores al nivel internacional. La cuestión, por lo tanto, no es sólo el destino de China, sino el destino del proletariado internacional. No defender China o equipararla a Estados Unidos sólo puede fortalecer la ofensiva del imperialismo y acelerar el descenso hacia la barbarie.
La defensa de China, sin embargo, no puede separarse de la independencia política del proletariado. Defender China no significa brindar apoyo político a la burocracia del PCCh, la cual ha demostrado repetidamente que busca un acuerdo con el orden imperialista en lugar de apoyarse en la clase obrera internacional para desafiarlo. De hecho, el PCCh se gana activamente la hostilidad de los trabajadores de otros países a través de sus políticas nacionalistas en los ámbitos militar, político y comercial. La defensa de China debe combinarse con una lucha contra la burocracia del PCCh, cuyo dominio impide que la clase obrera actúe como la fuerza decisiva en la defensa y la extensión de las conquistas de la revolución.
¡Romper el frente popular!
En respuesta al auge de la derecha, una tendencia creciente en la izquierda busca alianzas con fuerzas “progresistas” para bloquear la reacción, abandonando así la independencia de clase. He aquí el frente popular: atar al movimiento obrero al ala liberal de la burguesía. De esta manera se impide que la clase obrera desarrolle una lucha independiente contra la base material de la reacción derechista.
El historial del frente popular habla por sí solo. Nunca logra detener a la reacción. En el mejor de los casos, retrasa el proceso, sólo para que ésta regrese con mayor fuerza. En Francia, los repetidos frentes “republicanos” no han detenido la trayectoria hacia la derecha del país; la extrema derecha está ahora más cerca del poder que nunca. En la India, la coalición entre el Congreso, los partidos comunistas y otros partidos burgueses no ha logrado frenar la consolidación del BJP. La lección es clara: no se puede derrotar a la derecha alineándose con las fuerzas que la alimentaron.
La tarea de los revolucionarios es romper el frente popular. No basta con condenarlo; hay que demostrarles concretamente a los trabajadores y a las masas oprimidas cómo las alianzas con la burguesía van en contra de sus intereses. Esto requiere que los revolucionarios intervengan activamente y promuevan tácticas dirigidas a formaciones como los DSA en Estados Unidos, el partido de Mélenchon en Francia o los partidos comunistas en la India, para agudizar las contradicciones entre las aspiraciones de la base, por un lado, y la estrategia sin salida de la dirección, por el otro. Rehusarse a combatir por esta perspectiva sólo puede dejar a la clase obrera y a la izquierda en manos del enemigo de clase.
¡Por el frente único!
Mujer negra rodeada de fascistas del Frente Patriota en el 250º aniversario de la Independencia estadounidense.
El auge de la reacción derechista ha significado un aumento de la represión estatal contra los activistas de izquierda, así como un incremento de los ataques y las provocaciones fascistas. En términos más generales, ante la agresión imperialista y los ataques contra el nivel de vida y los derechos democráticos, el movimiento socialista y obrero suele estar fragmentado y debilitado. Para contrarrestar esto, los comunistas deben impulsar el frente único. El objetivo del frente único debe ser unir a las fuerzas más amplias posibles en luchas en el interés del proletariado.
Sin embargo, este punto tan sencillo es fuente de gran confusión en la izquierda. Por un lado, muchas organizaciones socialistas consideran que es oportunista formar cualquier bloque con fuerzas no revolucionarias —lo que deja a los oprimidos divididos ante el ataque—. Por otro lado, es común que los socialistas justifiquen alianzas oportunistas en nombre del frente único. Por lo general, esto se traduce en anteponer la táctica del frente único —la necesidad de reunir a las fuerzas más amplias— a la estrategia a la que debe servir. Como explicó Trotsky:
“¡Marchar separados, golpear juntos! ¡Ponerse de acuerdo únicamente sobre la manera de golpear, sobre quién y cuándo golpear! Uno puede ponerse de acuerdo con el diablo, con su abuela e incluso con Noske y Grzesinsky. Con la única condición de no atarse las manos”.
—“Por un frente único obrero contra el fascismo” (8 de diciembre de 1931)
Así, el frente único puede formarse con cualquier fuerza —desde burócratas sindicales hasta políticos burgueses— siempre y cuando sirva a una causa específica en interés del movimiento obrero: desde repeler un ataque fascista o hacer campaña para liberar a activistas encarcelados hasta defender una huelga y luchar contra los ataques al nivel de vida. Es fundamental destacar que esto incluye la unión con fuerzas nacionalistas y de resistencia contra una agresión imperialista específica: el frente único antiimperialista.
El propósito fundamental del frente único es que los comunistas demuestren, con acciones concretas, la superioridad de una estrategia revolucionaria para impulsar incluso las luchas más parciales de la clase obrera frente a las estrategias liberales y legalistas de los elementos burgueses y no revolucionarios.
¡Unir a los oprimidos, echar a los liberales!
Mientras los motines antiinmigrantes se extendían por todo Sudáfrica (izq.), la Conferencia de la Izquierda—iniciada por el Partido Comunista Sudafricano— conciliaba al partido MK, partidario de las protestas xenófobas. Spartacist/South Africa luchó contra esta capitulación, explicando que no se puede unir a la izquierda sin luchar contra los pogromistas.
El resquebrajamiento del orden liberal y el auge de la derecha están avivando los antagonismos sociales dentro de la clase obrera. Las divisiones entre trabajadores migrantes y nativos, trabajadores negros y blancos, hombres y mujeres, así como en torno a cuestiones como los derechos de las personas trans, se utilizan cada vez más como arma contra los oprimidos. La derecha canaliza la ira por el declive social hacia las minorías, mientras que los liberales responden con apelaciones morales y políticas identitarias, lo que afianza aún más estas divisiones. En los países semicoloniales, estas polarizaciones suelen conducir a conflictos étnicos y al derramamiento de sangre. Los revolucionarios deben combatir por superar estas divisiones y construir la unidad necesaria para fortalecer la lucha de las masas.
Debemos forjar esta unidad demostrando que la defensa de los oprimidos redunda en el interés material de la clase obrera en su conjunto. Los prejuicios atrasados y el chovinismo debilitan la lucha contra la clase dominante al enfrentar a distintos sectores de la clase obrera entre sí. Por ejemplo, las polarizaciones en torno a los migrantes y refugiados, desde Gran Bretaña hasta Sudáfrica, tienen su origen en el declive social: escasez de empleos, colapso de los servicios y deterioro de las condiciones de vida. La culpa no recae en los migrantes, sino en las clases dominantes que han permitido que la sociedad se deteriore para proteger sus propios intereses. La solución es una lucha unida de todos los trabajadores contra la clase dominante.
Sin embargo, gran parte de la izquierda marxista denuncia las ideas reaccionarias y a quienes las apoyan sin una estrategia para ganarse a los trabajadores y alejarlos de ellas, o bien adopta el economicismo, dejando de lado las luchas específicas de los grupos oprimidos en favor de las demandas económicas. Una postura deja a los trabajadores bajo la influencia de la reacción; la otra mantiene intactas las divisiones y empuja a las minorías a los brazos de los liberales. Los revolucionarios deben rechazar ambos errores y mostrar cómo la clase obrera debe defender la causa de todos los oprimidos para avanzar su propia emancipación.
¡Transformar a los sindicatos en órganos revolucionarios!
La clase obrera está entrando en un periodo de ataques crecientes contra su nivel de vida, sus derechos y sus organizaciones. Sin embargo, los sindicatos llegan a este periodo debilitados por décadas de derrotas y por el rumbo colaboracionista de clase de sus burocracias. Frente a ello, los revolucionarios deben luchar dentro de los sindicatos por una dirección clasista.
Esto significa intervenir en cada batalla por los salarios, las condiciones laborales y los derechos democráticos, vinculando estas luchas a la lucha más amplia contra el capitalismo y el imperialismo. También significa romper con los estrechos límites gremiales y organizar a los sectores de trabajadores no sindicalizados. Sólo a través de estas luchas concretas podrán los obreros derrotar la influencia de las cúpulas sindicales y transformar a los sindicatos en verdaderos instrumentos de resistencia proletaria. Desafortunadamente, gran parte de la izquierda revolucionaria no aborda los sindicatos desde este punto de vista. Allí donde tiene influencia en los sindicatos, las plagas gemelas del oportunismo y el ultraizquierdismo arruinan su trabajo.
El oportunismo consiste en adaptarse a las direcciones sindicales existentes, apoyar a los burócratas de “izquierda” o simplemente apelar por que la burocracia existente sea más combativa. En lugar de luchar por remplazar a la burocracia sobre una base revolucionaria, el oportunismo procura ejercer presión sobre ella. Lo mismo ocurre cuando las fuerzas de izquierda toman el control de los aparatos sindicales pero conservan los métodos burocráticos, o cuando el trabajo sindical se reduce a demandas económicas inmediatas, evitando las luchas políticas necesarias para unir a la clase obrera contra las divisiones de raza, nacionalidad y género. El ultraizquierdismo es el error opuesto: sustituye el trabajo paciente de construir una oposición a la burocracia por una confrontación aventurera, o bien se abstiene por completo de participar en los sindicatos porque la burocracia los controla. Ya sea a través de la adaptación o del abandono, estas desviaciones dejan intacto el control de la burocracia y fortalecen a las fuerzas responsables de las derrotas de la clase obrera.
Parte IV: La tarea del reagrupamiento revolucionario
“Por regla general, las acciones de masas tienden a liquidar las diferencias secundarias y episódicas y a ayudar a la fusión de tendencias afines y próximas. El corolario de esto es que en épocas de estancamiento o reflujo los agrupamientos ideológicos muestran una gran tendencia hacia la diferenciación, la ruptura y las luchas internas. No podemos saltear la etapa que vivimos, tenemos que atravesarla. La diferenciación ideológica clara y precisa es un sine qua non que prepara los éxitos del futuro”.
— León Trotsky, “Agrupamientos en la Oposición Comunista” (31 de marzo de 1929)
El movimiento marxista no está preparado para las convulsiones que se avecinan. Es pequeño, está fragmentado en innumerables agrupaciones rivales y cada vez más aislado de la clase obrera. Esta crisis no es simplemente el resultado de condiciones desfavorables, sino, ante todo, de la desorientación política: el rechazo a la construcción de una oposición revolucionaria al orden mundial liberal en el periodo anterior, lo que dejó el terreno abierto para que la derecha se aproveche hoy de la reacción.
Mientras Estados Unidos rompe con el viejo statu quo y construye un realineamiento reaccionario, la izquierda se encuentra sumida en la desorientación respecto a las dinámicas fundamentales que dan forma a los acontecimientos mundiales. Hay sectores que proclaman que la hegemonía estadounidense ya se ha derrumbado y sitúan a China y Rusia en el mismo plano que Estados Unidos. Otros reflejan el mismo error en el sentido opuesto al aclamar a China y Rusia como héroes antiimperialistas. En el plano político, la gran mayoría de la izquierda niega o minimiza las derrotas sufridas por el proletariado internacional en los últimos años, excusando a los dirigentes traidores y calculando drásticamente mal la correlación de fuerzas de clase para las próximas batallas. Como resultado, muchos proyectan grandes avances para los marxistas a corto plazo. Al igual que la bolsa de valores, estas ilusiones pronto estallarán al chocar con la realidad.
No pretendemos haber resuelto la crisis de la izquierda, ni tenemos todas las respuestas; sólo un tonto podría pretenderlo. Pero hemos planteado algunos elementos clave del análisis y el programa marxistas para el periodo que se avecina. Hemos buscado esbozar las tareas urgentes de esta época: construir la lucha contra el imperialismo estadounidense sin abandonar la independencia proletaria; combatir la reacción de derecha sin subordinar a los trabajadores a las fuerzas liberales; defender la liberación nacional y unir las luchas de los oprimidos con una perspectiva de clase revolucionaria. Hemos fundamentado este enfoque en un análisis concreto de los acontecimientos mundiales. Es en torno a estas líneas que buscamos reagrupar al movimiento marxista.
Dicho reagrupamiento requiere un trabajo paciente de clarificación programática y teórica. Pero esto por sí solo no es suficiente. Los revolucionarios deben procurar impulsar las luchas concretas de las masas en una dirección que corresponda a los intereses independientes de la clase obrera en su conjunto, desenmascarando las traiciones de los falsos líderes y demostrando en la práctica la necesidad de un programa revolucionario. A través de este proceso, podremos forjar las bases para la clarificación política y la unificación. Sólo así el movimiento podrá superar el conservadurismo, el burocratismo y el sectarismo. Sólo así podremos forjar la dirección revolucionaria que exige la época.

