https://iclfi.org/spartacist/es/45/venezuela
La siguiente presentación se dio en la IX Conferencia Internacional de la LCI.
Diciembre de 1998: Hugo Chávez a punto de tomar el poder es vitoreado por miles de impatizantes. Marzo de 2026: la presidenta interina Rodríguez entregando Venezuela a Estados Unidos.
Ahora que el imperialismo estadounidense ha intensificado sus ataques contra América Latina, comenzando el nuevo año con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa, debemos analizar cómo llegó Venezuela a su situación actual. Pero no podemos responder a esto sin cambiar nuestro enfoque hacia el chavismo y la “Revolución Bolivariana”. Esto es necesario no sólo por la grave situación que vive Venezuela en este momento, sino también porque la invasión estadounidense del país ha generado una ola devastadora que llega hasta Cuba, Colombia, Puerto Rico y el resto de América Latina. La invasión de Venezuela también ha allanado el camino para los ataques contra Irán y otras partes del mundo.
Las masas en Venezuela y América Latina buscan una salida, pero muchas aún ven a Chávez como el modelo para contrarrestar el imperialismo. La mayoría de nosotros aquí sabemos que el chavismo no es el camino a seguir, pero ¿cómo convencemos a las masas de eso? También necesitamos llegar a quienes alguna vez apoyaron al chavismo, pero se desmoralizaron ante esta estrategia sin salida. ¿Cómo les demostramos que existe un camino hacia un movimiento antiimperialista genuino capaz de aplastar tanto a los gobernantes imperialistas como a los oligarcas? Para encontrar la respuesta, debemos analizar las tareas democráticas inconclusas de la guerra de independencia de Venezuela, cómo Chávez se convirtió en el defensor de las masas, cómo restringió su energía revolucionaria, cuál debería haber sido la tarea de los revolucionarios durante los años de Chávez y qué dijeron e hicieron las diferentes corrientes de la izquierda.
1. Bolívar
Conmemoración del héroe de la lucha por la independencia Simón Bolívar, julio de 2010
Quería comenzar la presentación con Simón Bolívar y la guerra de independencia porque fueron precisamente esta figura y esta lucha las que moldearon a Chávez como líder político y también dieron forma a su programa. Así como en muchos hogares haitianos se ve un retrato de Toussaint L’Ouverture, lo mismo ocurre con los retratos de Bolívar que cuelgan en las casas de los venezolanos, a veces junto a retratos de Chávez.
Al analizar la historia latinoamericana, muchos describen las guerras de independencia del siglo XIX como victorias absolutas, en las que las naciones se liberaron de España y alcanzaron la soberanía plena. Pero analizadas críticamente, estas luchas por la independencia adolecían de graves defectos, estaban deformadas e incompletas. La de Bolívar no fue la excepción. Esta lucha por la liberación nacional fue progresista, pero una clase reaccionaria la organizó; aunque lideró la rebelión contra España, nunca fue realmente capaz de llevar a cabo las tareas democráticas progresistas necesarias para construir una sociedad verdaderamente libre e igualitaria. El gran sueño de Bolívar de una América Latina unificada y democrática no fracasó porque no luchara lo suficiente o porque le faltara genio militar. La revolución fracasó y la Gran Colombia se desintegró porque ambas estaban vinculadas a terratenientes adinerados cuyos intereses económicos iban totalmente en contra de las necesidades de las masas oprimidas y de la lucha por una auténtica liberación nacional.
Como ya se mencionó, los líderes de la revolución no eran los esclavos ni los pobres que trabajaban arduamente y que de hecho constituían una buena parte del ejército. Aquéllos provenían de la élite criolla: terratenientes blancos de ascendencia española que hicieron fortuna explotando a los africanos esclavizados, los indígenas y los campesinos mestizos. Estas élites odiaban a España y querían la libertad, pero sólo buscaban la emancipación para poder comerciar al nivel mundial en sus propios términos y tener control total sobre sus tierras. La clase criolla le tenía un miedo atroz al pueblo que oprimía. Con la sangrienta Revolución Haitiana aún fresca en su memoria, los líderes adinerados se negaron a otorgarle poder real a la mayoría pobre.
Una de las reformas de Bolívar consistió en otorgar tierras a sus soldados rasos pobres, pero la clase criolla se opuso a ello sin piedad. En lugar de dividir los enormes latifundios coloniales y entregárselos a los campesinos, los generales de la guerra (muchos de los cuales provenían de la clase criolla) se quedaron con las mejores tierras para sí mismos y dejaron los grandes latifundios completamente intactos. Los pobres siguieron sin tierras, obligados a permanecer en tierras propiedad de la élite adinerada mientras trabajaban en condiciones brutales sólo para sobrevivir. En lo que respecta a la cuestión de la tierra, no puede haber verdadera liberación cuando un puñado de personas posee toda la tierra mientras todos los demás pasan hambre.
Las nuevas leyes y la constitución por las que luchó Bolívar abolieron técnicamente el antiguo sistema de castas colonial, pero la vida cotidiana contaba una historia diferente. La constitución prohibía votar a cualquiera que no tuviera propiedades. Esto excluía automáticamente a la gran mayoría de la población negra, indígena y mestiza de tener voz y voto en su propio país.
Los criollos también hicieron todo lo posible para impedir, o al menos retrasar, la abolición de la esclavitud. Bolívar, quien condenaba la esclavitud, dijo que era “una locura que en una revolución de libertad, se pretenda mantener la esclavitud”. Sin embargo, en el Congreso de Angostura, concilió con los propietarios de esclavos criollos y decretó una abolición gradual de la esclavitud. Como resultado, esta institución barbárica permaneció intacta hasta 1854.
Bolívar sabía que para que América Latina sobreviviera frente a poderosos imperios extranjeros debía ser un país enorme y unificado: la Gran Colombia. Pero a las élites locales sólo les importaba proteger sus propios pequeños mercados y negocios regionales. Las luchas internas entre las élites criollas desintegraron a la Gran Colombia en naciones pequeñas y débiles. Esto desencadenó un ciclo de pobreza, inestabilidad e intervención imperialista en toda América Latina.
Aunque los españoles fueron derrotados, nada cambió realmente para las masas oprimidas de la región. La aristocracia criolla simplemente se sentó en los antiguos tronos españoles, quedándose con el dinero, la tierra y el poder para sí misma. La fragmentación de la Gran Colombia dejó sin resolver las tareas democráticas más importantes de la revolución: la cuestión agraria, la unificación del continente y la destrucción del sistema de clases racista. Esta fractura y debilidad dejaron a la región vulnerable primero ante los colonizadores británicos y luego ante los estadounidenses, quienes se instalaron para tomar el control de la economía. Casi dos siglos después, Hugo Chávez cayó de lleno en esta trampa histórica. Chávez utilizó el nombre de Bolívar para ganarse a las masas, pero subordinó tanto su “revolución” como a aquéllas a una casta militar de izquierda, mientras intentaba arreglar un sistema capitalista roto. Hizo esto en vez de poner a la clase obrera y los oprimidos a la cabeza del movimiento antiimperialista y anticapitalista.
2. El militar/el defensor
Principales firmantes del Pacto de Puntofijo (izquierda). El pacto le dio una fachada democrática a la dominación neocolonial de Venezuela.
Estados Unidos se consolidó como una fuerza imperialista en América Latina y el Caribe a través de la Guerra Hispano-Estadounidense, la Doctrina Monroe y el Corolario Roosevelt. Estados Unidos tenía un interés particular en Venezuela porque el país era rico en recursos como el petróleo. Para mantener al país bajo su dominio, los imperialistas instalaron a un dictador tras otro hasta que las dictaduras dejaron de serles políticamente ventajosas.
Ante los intentos de los nacionalistas cubanos y las masas por derrocar a Batista en Cuba en la década de 1950, los imperialistas no podían permitirse una situación similar en Venezuela. Necesitaban establecer algún tipo de “instituciones democráticas” para contrarrestar cualquier sentimiento de lucha por la liberación. Así, los partidos gobernantes del país colaboraron con Estados Unidos para deshacerse del dictador Marcos Pérez Jiménez, instaurando la democracia bajo el Pacto de Puntofijo. Pero lo que se presentó como democracia para las masas no era más que un esquema corrupto de reparto de poder entre los tres principales partidos de Venezuela. Ya fuera bajo una dictadura o bajo el puntofijismo, la clase obrera y los oprimidos venezolanos quedaron excluidos de la vida política del país, y la izquierda se vio obligada a pasar a la clandestinidad. Al mismo tiempo, los imperialistas afianzaron aún más su control sobre Venezuela y los oligarcas se enriquecieron a costa de las masas.
Esta larga historia de opresión y exclusión finalmente estalló en el Caracazo de 1989. Para entonces, el puntofijismo había llegado a su límite; las masas, esperando algún alivio frente al empobrecimiento aplastante, reeligieron al presidente Carlos Andrés Pérez, quien había gobernado en el apogeo del pacto en la década de 1970. Después de décadas de hacer que la clase obrera fuera quien pagara para compensar a las grandes petroleras y a los imperialistas, cuando Pérez impuso medidas de austeridad a cambio de préstamos del FMI, los oprimidos ya no aguantaron más. Venezuela estalló en el Caracazo cuando un levantamiento masivo y espontáneo de la clase obrera y los pobres urbanos se extendió por todo el país.
El problema es que el puntofijismo había asfixiado cualquier movimiento independiente de la clase obrera, ya que muchos líderes sindicales habían atado a los trabajadores a los partidos gobernantes. Además, la izquierda se había desmoronado porque carecía de una estrategia real para luchar contra los partidos tradicionales y los oligarcas. La clase obrera venezolana y las masas oprimidas no tenían a quién recurrir. No existía un partido revolucionario independiente y de masas que guiara la energía explosiva del Caracazo y la dirigiera contra la clase dominante y hacia la toma del poder estatal. Al carecer de una dirección que la guiara, los partidos capitalistas tradicionales aplastaron brutalmente la revuelta, matando a miles de personas.
Caracazo: levantamiento popular contra el presidente neoliberal Andrés Pérez fue brutalmente reprimido, febrero de 1989.
En la época del Caracazo, Hugo Chávez y sus colaboradores sabían que tenían que luchar contra la clase dominante y planeaban tomar el poder. Pero el levantamiento masivo los tomó por sorpresa y se quedaron impotentes para cambiar el curso de los acontecimientos. Esta experiencia y la severa represión contra las masas radicalizaron a Chávez y a su grupo, convenciéndolos de seguir adelante con sus planes golpistas.
A través de su Movimiento Bolivariano Revolucionario-200, Chávez lideró un golpe de estado sangriento pero infructuoso contra el impopular gobierno del presidente Pérez en 1992. Aunque el ejército sofocó brutalmente el levantamiento militar, a Chávez se le permitió pronunciar un breve discurso televisado de rendición. Al asumir la responsabilidad exclusiva del golpe fallido y pedir a sus colaboradores que se retiraran “por ahora”, Chávez se convirtió en un héroe para la clase obrera y las masas oprimidas, que se sentían abandonadas por el establishment político.
Chávez desafiante después de su golpe fallido, 4 de febrero de 1992.
Pero Chávez no se detuvo ahí. Durante su estancia en prisión, reconoció el potencial de una vía más “democrática” hacia el poder y, una vez en libertad, fundó el Movimiento V República. Su movimiento planteó demandas que tocaron los corazones y las mentes de las masas. Además de comprometerse a reescribir la constitución, establecer un gobierno participativo y redistribuir la inmensa riqueza petrolera del país, Chávez juró combatir la corrupción, se pronunció con vehemencia contra el imperialismo estadounidense e invocó el sueño de Bolívar de una América Latina unida.
No es inusual en América Latina que los líderes militares del ejército lleguen al poder. Cuando la clase capitalista es demasiado débil o está tan desacreditada que no puede gobernar de manera efectiva, y la clase obrera aún no está lo suficientemente organizada para tomar el poder, el aparato estatal (específicamente el ejército) puede elevar a un líder que parece estar por encima de las clases. En este caso, fue un oficial militar de izquierda quien quedó al frente. Hablando en nombre de la ira generalizada contra la corrupción política y una economía neoliberal en colapso, Chávez pasó de ser un oficial militar a convertirse en un defensor de la clase obrera y los pobres de las zonas urbanas de Venezuela. Hizo campaña como alguien fuera del sistema político y ganó las elecciones presidenciales de 1998 por una mayoría aplastante, asumió el cargo en 1999 y llenó oficialmente el vacío político dejado por una clase dirigente en decadencia.
Así pues, el golpe fallido y las elecciones de 1998 impulsaron el ascenso de Chávez al poder, pero fueron el Plan Bolívar 2000 y las “Misiones” los que lo consolidaron como defensor de los oprimidos. Una vez en el cargo, Chávez utilizó a las fuerzas armadas para ayudar directamente a las comunidades marginadas. A través de programas como el Plan Bolívar 2000, desplegó soldados para construir viviendas para personas de bajos ingresos, reparar escuelas y distribuir alimentos a precios accesibles en los barrios. Esto acortó la distancia entre las fuerzas armadas y el pueblo, consolidando firmemente su estatus como defensor de los pobres. Prometió que su “Revolución Bolivariana” finalmente terminaría lo que Bolívar había comenzado. Utilizando miles de millones de dólares provenientes de los ingresos del petróleo nacionalizado, Chávez financió programas sociales masivos de salud, educación y alimentación, brindando a los pobres su primera experiencia real de dignidad política y social.
Chávez siguió nacionalizando industrias clave y promulgando reformas que beneficiaban a la clase obrera y las masas oprimidas. Las reformas de Chávez, al igual que su programa bolivariano, eran moderadas, pero aun así provocaban histeria entre los oligarcas. Esto se debía a que las masas se movilizaban en apoyo a Chávez y sus reformas, y también para defenderlas cuando los oligarcas y los imperialistas las atacaban. En lugar de aprovechar la energía revolucionaria de la clase obrera y los oprimidos para aplastar de una vez por todas a los oligarcas y los imperialistas, Chávez optó por conciliar con ellos. Cada acto de conciliación fue una señal de debilidad por parte de Chávez, lo que envalentonó a la derecha y a Washington para continuar con sus ataques.
3. Restringiendo a las masas
Las masas salen a la defensa de Chávez, derrotando el golpe de estado respaldado por EE.UU., abril de 2002.
Hubo muchos casos en los que Chávez se mostró conciliador con la oposición. El más notable ocurrió tras el golpe del 11 de abril de 2002. El intento de golpe de estado de la derecha en Venezuela en 2002 se considera el momento en que las masas oprimidas del país tomaron conciencia de su propia capacidad de actuar en la historia. Una coalición de élites empresariales, burócratas sindicales corruptos y generales del ejército, respaldada por el imperialismo estadounidense, secuestró a Chávez e instaló a Pedro Carmona como dictador. En respuesta, cientos de miles de trabajadores, campesinos y pobres de las zonas urbanas salieron en masa de los barrios, rodearon el Palacio de Miraflores y obligaron a los golpistas a huir. Las masas actuaron con tal fuerza que los oligarcas y los imperialistas no tuvieron más remedio que regresar a Chávez a la presidencia. Este levantamiento espontáneo y heroico podría haber sido el comienzo de una verdadera transformación de la sociedad venezolana. Las masas estaban listas, erigiéndose como una fuerza política independiente dispuesta a luchar tanto contra el sistema capitalista como contra los imperialistas.
Pero en lugar de aprovechar esta oportunidad revolucionaria para derrotar a la burguesía y hacer retroceder a Washington, Chávez frenó activamente el impulso insurreccional de las masas. Una vez de regreso en el palacio presidencial, Chávez no llamó a armar a los trabajadores ni a expropiar los bienes de los golpistas. En cambio, levantó un crucifijo y predicó la reconciliación nacional. Es famosa su frase: “La revolución no ve a la oposición como enemigo; la vemos como compatriotas”. Con esto, Chávez desmovilizó a las masas, enviándolas pacíficamente de regreso a sus hogares.
Muchos no estarán de acuerdo con lo que acabo de decir, pero fíjense en lo que sucedió después. Tras el golpe fallido, la clase obrera venezolana esperaba justicia revolucionaria contra los oligarcas que acababan de secuestrar a su líder y sumir al país en el caos. En cambio, Chávez confió en el sistema judicial burgués para impartir justicia. Pero los tribunales dictaminaron que no hubo golpe de estado y absolvieron a todos los conspiradores de cualquier cargo. De manera criminal, Chávez canalizó la energía cruda y combativa, evitando que se desatara contra los opresores, y la puso de vuelta bajo los límites de lo que era seguro para el capitalismo. Esto tendría profundas consecuencias.
Su conciliación sólo envalentonó a la clase dominante. Los oligarcas y los imperialistas continuaron su ofensiva a través del cierre patronal de diciembre de 2002 y el sabotaje a la industria petrolera. Los trabajadores respondieron agresivamente organizando ocupaciones espontáneas de fábricas. Las masas querían armarse para defender la Revolución Bolivariana, pero Chávez impidió la formación de milicias obreras independientes. En cambio, movilizó a las fuerzas armadas, manteniéndolas como la única fuerza capaz de mantener el orden y combatir a la oposición. Esto aseguró que la clase obrera permaneciera desarmada y completamente dependiente del estado.
La respuesta de la clase obrera y los pobres de las zonas urbanas al golpe de 2002 brindó la oportunidad de construir tribunales y soviets obreros, e incluso de transformar los Círculos Bolivarianos en estos consejos. Chávez, sin embargo, tomó la decisión consciente de mantener el capitalismo. Constantemente se esforzó por reformar el sistema desde arriba en lugar de permitir que las masas lo desmantelaran desde abajo. Esto fue así porque haber guiado a la clase obrera al poder habría amenazado su posición como líder militar en el Palacio de Miraflores.
Incluso las reformas de Chávez, que sí aliviaron la presión del empobrecimiento sobre las masas trabajadoras, respetaron las relaciones de propiedad privada. Bajo su constitución, los bancos, la tierra y la infraestructura manufacturera principal quedaron en manos privadas, y el estado mismo siguió siendo un estado burgués. Chávez nunca tuvo la intención de cambiar este sistema. Basta con ver lo que hizo cuando los trabajadores tomaron el control de sectores clave de la industria petrolera. En lugar de desmantelar el estado capitalista y otorgar un control democrático real a los trabajadores a través de comités de fábrica, centralizó el poder en manos de los militares y de su propio círculo político más cercano. Esto creó una nueva clase de burócratas adinerados, a menudo llamada la “boliburguesía”. La propiedad privada siguió protegida, y todo el país permaneció peligrosamente dependiente de la venta de petróleo a los mercados capitalistas globales.
4. Tareas
Así pues, en Venezuela se vivió una gran locura durante los años de Chávez, con todos los sectores de la sociedad participando en la vida política. O, al menos, teniendo algo que decir sobre la situación del país. La izquierda de todo el mundo tenía algún tipo de análisis sobre Chávez, pero ningún grupo definió cuáles eran las tareas reales. Entonces, ¿cuáles eran las tareas de los revolucionarios durante ese tiempo? La tarea principal durante la “Revolución Bolivariana” era participar activamente en el movimiento de masas para poner al descubierto las contradicciones y las limitaciones del programa nacionalista-burgués de Chávez, en vez de seguirlo ciegamente o quedarse al margen. Sólo participando de verdad en la lucha y ensuciándose las manos podían los revolucionarios ganarse la confianza de la clase obrera y las masas oprimidas. Parte de la lucha habría consistido en utilizar sus luchas concretas y cotidianas para desenmascarar el programa reformista de Chávez. El chavismo nunca pudo traer una verdadera liberación nacional a Venezuela porque buscaba aliviar las penurias diarias de las masas dentro de un marco capitalista, en lugar de acabar con la causa fundamental de su opresión.
Dentro del movimiento, los revolucionarios debieron haber ido constantemente más allá de la retórica de Chávez, exigiendo la expropiación total de la propiedad privada capitalista y el armamento de la clase obrera. Levantar estas demandas habría acorralado al régimen chavista, dejando al descubierto cómo estaba consolidando el poder en manos de los militares en lugar de la clase obrera y los pobres de las zonas urbanas. Esto se habría vinculado al llamado por la creación de consejos independientes de trabajadores y campesinos, demostrando a las masas que el socialismo genuino no podía ser impuesto desde arriba por un líder que buscaba conciliar a los opresores. Tenía que construirse desde abajo a través de órganos independientes de poder de la clase obrera. Tampoco habría sido difícil argumentar por esto, ya que las masas se movilizaban constantemente para defender la “Revolución Bolivariana” y a Chávez de los continuos ataques de la clase dominante y los imperialistas.
La clave era utilizar estas demandas para poner al descubierto la creciente corrupción y el burocratismo que comenzaron a dejar hueco el gobierno bolivariano. Pero, ¿cómo pasó esto? El problema es que Chávez nunca construyó el movimiento bolivariano sobre un programa antiimperialista o anticapitalista, y su partido y su gobierno estaban llenos de personas que querían mantener el statu quo. Las masas empujaban al propio Chávez en esa dirección, pues querían liberarse de siglos de dominación colonial. Como éste no contaba con una estrategia real para derrotar a la oposición, constantemente realizaba un acto de equilibrio: apoyándose en las masas y manifestándose con firmeza contra los imperialistas en palabras, pero conciliando a la oposición en los hechos al no tocar nunca la propiedad privada. Esto desorganizó y desmoralizó gradualmente a la base chavista.
Para alejar a las masas del reformismo nacionalista burgués y construir un partido de vanguardia independiente, era necesario tener una orientación hacia el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) de Chávez. Este partido se promocionaba como una organización destinada a unir a la izquierda fragmentada y a otros elementos revolucionarios, y a impulsar el movimiento bolivariano. Sé que hemos estado hablando de una reagrupación revolucionaria; esto no lo era. El PSUV era una coalición organizada desde arriba y multiclasista diseñada para controlar burocráticamente la energía revolucionaria de la clase obrera. Era necesario luchar para romperla desde adentro, ya que muchos se habían unido porque veían al PSUV y a Chávez como la principal fuerza que luchaba contra la opresión imperialista. Estar en el movimiento, participar de manera crítica y luchar sin descanso por un camino genuinamente antiimperialista habría liberado a las masas del control de Chávez. Pero ninguno de los grupos de izquierda que se unieron al PSUV hizo esto. Muchos afirmaron que ingresaban para liberar a las masas del chavismo, pero todos se disolvieron en el partido y permanecieron allí hasta que Maduro los expulsó burocráticamente.
5. Dos tendencias
Enero de 2017: presidente Maduro, sucesor de la Revolución Bolivariana chavista.
La estrategia de ingresar al movimiento para exponer los límites del nacionalismo burgués estaba opuesta directamente a las dos principales corrientes políticas en el movimiento marxista en torno al chavismo. Estas dos corrientes eran (y siguen siendo) el sectarismo y el oportunismo. Ambas estaban equivocadas porque no lograron vincular la estrategia revolucionaria con la realidad política y social concreta de la clase obrera y las masas oprimidas. A continuación veremos cómo chocaron estas estrategias y por qué fracasaron.
Los grupos sectarios miraron a Hugo Chávez, vieron que no era un marxista puro y se negaron a tener algo que ver con su movimiento. Se mantuvieron al margen, gritaban consignas y denunciaban a Chávez y sus seguidores desde lejos. Nosotros caímos en esta tendencia. Simplemente llamamos a Chávez un político burgués y dijimos que su movimiento y el neoliberalismo eran dos caras de la misma moneda. Ésta es una línea perjudicial. Llevar esta línea a las masas venezolanas, que veían a Chávez plantándole cara al imperialismo y haciendo sus vidas más llevaderas, sólo podía alejarlas de nosotros. Eso, si es que no nos daban una paliza.
Es cierto que Chávez era un nacionalista burgués y no un marxista. Pero lo denunciamos, nos mantuvimos al margen y no ofrecimos nada a las masas, a quienes se estaba llevando por el camino equivocado. Ese camino equivocado contribuyó a la situación degradada en la que se encuentran hoy, aún más sometidas al yugo del imperialismo. Nuestro sectarismo no hizo más que aislarnos de la misma gente a la que necesitábamos dirigir y organizar en un movimiento antiimperialista. Pero no teníamos ningún deseo de estar en el movimiento ni de averiguar qué pensaban las masas. Durante los años de Chávez, nunca intentamos seriamente averiguar por nosotros mismos cómo era la vida de las masas: qué pensaban y qué sentían. Millones de personas de la clase obrera apoyaban apasionadamente a Chávez. Para ellos, él era la continuación de Bolívar. Chávez era su defensor, su luchador y su líder. Los comunistas que se mantenían al margen del movimiento lanzando insultos sólo lograban que las masas vieran a Chávez como el verdadero socialista. Esto debería dejar claro por qué no se puede ganar la confianza de los trabajadores ni convencerlos de mejores ideas si uno se niega a luchar junto a ellos en sus luchas cotidianas.
La corriente oportunista, representada por personas como Alan Woods, de la Corriente Marxista Internacional (CMI) —ahora llamada Internacional Comunista Revolucionaria—, se disolvió por completo en el movimiento de Chávez. Para mantener el favor de la dirección y seguir siendo populares entre las masas, se unieron sin crítica alguna al PSUV. Woods intentó ser astuto al decir: “La Revolución Bolivariana no puede tener éxito si permanece dentro de los límites del capitalismo” (La Revolución Venezolana: Una perspectiva marxista [2024]). A diferencia de los sectarios, que no querían tener nada que ver con los chavistas porque eran burgueses, Woods entendió correctamente que los marxistas debían intervenir activamente en ese movimiento y que éste debía sacarse de los confines del capitalismo. Pero la base de la intervención de la CMI consistía en empujar a Chávez lo suficientemente a la izquierda como para que fuera él quien completara la Revolución Bolivariana y expropiara a la burguesía. La CMI no veía a la clase obrera y a los oprimidos como la fuerza que impulsaría la Revolución Bolivariana rompiendo con el liderazgo de Chávez. Por lo tanto, toda su perspectiva consistía en empujar a Chávez hacia la izquierda en lugar de desafiarlo por la dirección.
El oportunismo es, y siempre será, una traición a la clase obrera y los oprimidos. Al ocultar la verdad para evitar causar revuelo, grupos como la CMI contribuyeron a difundir la ilusión de que Chávez podía alcanzar el socialismo. Cuando el estado burocrático de Chávez finalmente restringió las huelgas de los trabajadores o protegió la propiedad privada, los oportunistas quedaron atrapados. No pudieron defender a la clase obrera ni a las masas oprimidas porque se habían atado al régimen chavista. Alan Woods hace mucho que abandonó su apoyo al régimen bolivariano, pero muchos oportunistas no lo han hecho. Deben comprender que, si realmente quieren cambiar el curso de los acontecimientos, ya no pueden abandonar el marxismo revolucionario para seguir contando con el favor de un régimen “chavista”, el mismo que ahora colabora lo más estrechamente posible con los imperialistas.
Es muy importante que los comunistas reconozcan y comprendan estas dos tendencias para no caer en ninguna de estas trampas fatales. También es necesario exponer ambas tendencias ante las masas, al tiempo que ofrecemos un camino que conduzca a la verdadera liberación nacional. Espero que esta presentación logre precisamente eso: brindar a las masas venezolanas una explicación de cómo llegaron a esta situación y de cómo los años chavistas no les hicieron ningún favor en la lucha contra la clase dominante nacional y los imperialistas. Eso no quiere decir que vamos a reparar todo el daño al que contribuimos durante los últimos 27 años, pero al menos debería ser un comienzo. Es con esta nueva línea, firmemente arraigada en la revolución permanente, que podemos marcar un contraste claro con ambos extremos: el sectarismo y el oportunismo. Ya no podemos seguir aislados de las masas venezolanas y de su lucha viva. Debemos comprender que, si queremos no sólo que nos escuchen, sino también ganarnos la confianza de las masas, tenemos que estar ahí en sus luchas diarias. Debemos estar codo a codo con ellas mientras se desata el caos, demostrando que hay otro camino posible.
Podemos ver que Hugo Chávez, en realidad, no completó la revolución de Simón Bolívar; simplemente gestionó las crisis recurrentes y continuas de la sociedad venezolana dentro de los límites del capitalismo. La tragedia de Bolívar fue que lideró a la clase criolla, que era fundamentalmente incapaz de traer verdadera igualdad y unidad al continente. La tragedia de Chávez fue que utilizó una retórica antiimperialista y anticapitalista y se apoyó en la energía revolucionaria de las masas únicamente para reformar el sistema capitalista. Si hay una lección que aprender de los últimos 225 años de historia de Venezuela, es que las tareas democráticas inconclusas no pueden resolverse mediante el populismo militar de izquierda ni el nacionalismo burgués. Estas tareas sólo pueden ser resueltas por una dirección que busque unir a la clase obrera y las masas oprimidas en torno a un programa antiimperialista para crear una federación de América Latina genuinamente democrática y socialista. La élite adinerada y la casta militar privilegiada nunca podrán resolver estas injusticias históricas. Sólo la clase obrera puede hacerlo tomando el poder y construyendo una sociedad socialista.
6. Ahora
Entonces, ¿qué hacemos ahora? Tras años de frenar las aspiraciones revolucionarias de las masas mientras los imperialistas desestabilizaban el país, el régimen chavista se ha podrido por completo. Tanto Chávez como Maduro tienen responsabilidad en esto. Y después de que Maduro continuara socavando las aspiraciones de las masas, éstas no salieron a defenderlo como lo hicieron con Chávez en 2002. La izquierda apenas ha podido movilizarse en defensa de Venezuela y muchos ni siquiera han exigido la liberación de Maduro. Desde el momento del secuestro de Maduro, nosotros en la LCI hemos llamado a la izquierda y a la clase obrera a salir a las calles y rechazar los ataques de los imperialistas. Hemos escrito artículos, producido podcasts e iniciado frentes unidos para defender a Maduro y Venezuela. Demos un paso más allá.
Delcy Rodríguez llegó al poder tras el secuestro de Maduro y ya ha comenzado a vender el país a Washington. Al principio, engañó a todos. Durante su toma de posesión, prestó juramento y luego proclamó que Maduro era el presidente legítimo de Venezuela. Rodríguez inicialmente parecía firme contra el imperialismo, sólo para dar un giro rápido y hacer tratos para abrir los yacimientos petroleros a EE.UU., al tiempo que detenía todos los envíos de petróleo a Cuba.
Nada va bien para las masas trabajadoras y oprimidas de Venezuela. Que Rodríguez abra el país a la intervención de EE.UU. sólo empeorará las cosas y convertirá al país en una neocolonia. Ahora, con Caracas en ruinas tras dos terremotos devastadores, la vida de las masas será aún más inestable. La propia capital no cuenta con suficientes equipos de respuesta para rescatar a las miles de personas atrapadas bajo los escombros. Éste es el resultado de las continuas sanciones imperialistas que han carcomido la infraestructura venezolana. Muchos están muriendo a medida que los edificios siguen derrumbándose. ¿Qué está haciendo Rodríguez? Sigue haciendo tratos con EE.UU. a cambio de ayuda. (Ver “Venezuela y Colombia: mismo desastre, mismo enemigo”, suplemento de Spartacist, 28 de agosto.)
Esta ayuda sólo llegará a costa de atrapar al país y a sus masas aún más firmemente en el asfixiante yugo del imperialismo estadounidense. La clase obrera y los oprimidos venezolanos deben luchar, pero la lucha no puede desarrollarse bajo el mismo programa chavista de los últimos 27 años que ha socavado por completo su fuerza revolucionaria. Las masas deben organizarse juntas y luchar contra Rodríguez y los buitres coloniales de Washington, colocando a la clase obrera a la cabeza del movimiento. Este movimiento debe basarse en una estrategia antiimperialista que también aplaste a los oligarcas y a los conciliadores del régimen chavista. Una lucha antiimperialista que utilice la energía revolucionaria de las masas no sólo salvaría a Venezuela, sino también al resto de América Latina, donde una ola de reacción de derecha está arrasando el continente.
Así que corrijamos nuestro enfoque hacia el chavismo. Vayamos a Venezuela. Averigüemos qué quieren y piensan las masas para ganarnos sus corazones y mentes. Hagámosles saber lo que tenemos que decir y trabajemos con las masas y con aquellos en la izquierda que realmente quieren construir un frente único revolucionario antiimperialista.
- ¡Abajo Delcy Rodríguez!
- ¡Abajo el imperialismo estadounidense!
- ¡Liberen a Maduro!
- ¡Por una Venezuela y una América Latina libres y rojas!
10 de enero de 2026: contingente espartaquista en la marcha en defensa de Venezuela, CDMX.

