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Esta presentación, editada para su publicación, fue dada por el camarada Qimin en nuestra IX Conferencia Internacional.

robots bailarines
CFOTO/Future Publishing (foto superior); VCG

Foto superior: paneles solares cubren cerros en la provincia de Shandong. Arriba: robots practicando artes marciales en el Festival de Primavera de Beijing en febrero.

Todo bajo el cielo está en caos. La situación debería ser excelente. Pero no lo es. Este informe tiene como objetivo abordar precisamente esa pregunta: ¿cómo es que la República Popular China, la mayor potencia industrial del mundo, tecnológicamente a la par e incluso superior al imperio estadounidense, parece totalmente pasiva en la escena mundial? ¿Qué nos dice esta contradicción sobre el Partido Comunista de China (PCCh), su programa y el camino hacia el desarrollo continuo de China? ¿Cómo se relaciona el punto de inflexión en la situación mundial con lo que está sucediendo dentro de la propia China?

Una estrategia embustera

Xu Jiayin, antiguo magnate de la inmobiliaria Evergrande, sentenciado a prisión de por vida
Xinhua

Xu Jiayin, antiguo magnate de la inmobiliaria Evergrande, sentenciado a prisión de por vida, 20 de agosto. Se hizo justicia, pero ¿qué hay de sus facilitadores?

Como dijo Trotsky, la crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria. Donde esto es más evidente es dentro de la clase obrera organizada más grande del planeta, la china. La principal contradicción de la que depende toda la situación mundial es precisamente la correlación de fuerzas de clase en China. Esto es también lo que da lugar a la estrategia embustera del PCCh.

Por un lado, existe la inmensa presión para mantener estable el sistema estadounidense. Esto explica el llamado de China a abrir el Estrecho de Ormuz. También explica su abandono criminal de Cuba y Venezuela, y la reducción masiva en la compra de petróleo que mantuvo estables los mercados bursátiles mientras Trump bombardeaba Teherán. La ausencia de China en el escenario mundial está ligada a los sectores capitalistas y de mercado de la economía y a la masiva integración de la burocracia del PCCh en los niveles más altos del orden del dólar estadounidense, a través incluso de la corrupción personal, pero también por su interés en mantener la estabilidad social.

Por otro lado, el poder de los burócratas del PCCh se asienta sobre los cimientos sociales de la Revolución de 1949. Su legitimidad se basa en la promesa de que China nunca más sufrirá un siglo de humillación. Saben que el objetivo del imperialismo es mantener a China subyugada. Esto es lo que los obliga a impulsar el desarrollo del país. El hecho de que el propio PCCh cuente con 100 millones de miembros, incluyendo cuadros proletarios, lo obliga a responder a esta presión de clase.

La burocracia expresa esta contradicción de manera muy consciente. Por eso abandona a sus aliados y utiliza su enorme poder estatal para defender el orden del libre comercio. Su estrategia actual en la escena mundial ha sido estabilizar la economía global, mientras que el actual plan quinquenal redobla su apuesta por la autarquía tecnológica y nacional. En el Politburó no son tontos; saben que se avecina una crisis económica y que China podría enfrentar un bloqueo. Están preparando enormes reservas de granos y combustible, así como gigantescos fondos para el rescate. El problema es que su propia base material y su programa les impiden luchar activamente para romper este cerco a través del internacionalismo proletario. Se ven limitados a responder, mientras que Estados Unidos tiene la iniciativa. Esto se debe a que los gobernantes estadounidenses están defendiendo su propio sistema: el imperialismo.

El ascenso de China y la hegemonía de EE.UU.

La contradicción entre estas dos presiones podía atenuarse en la medida en que la economía mundial seguía expandiéndose. La globalización trajo nuevos compradores para los productos chinos, inversión extranjera y una relativa calma política, salvo por algunas intervenciones estadounidenses. Los capitalistas chinos se sometían a los dictados del PCCh y la clase obrera china se mantenía en paz, siempre y cuando la economía creciera a doble dígito, los salarios reales aumentaran y se obtuvieran ganancias especulativas astronómicas en la burbuja inmobiliaria.

Es precisamente el propio auge de China el que ahora está llevando al límite el orden mundial de EE.UU. y, por lo tanto, poniendo en peligro este contrato social básico en su propio territorio. Permítanme ser muy claro: que China ascienda en la cadena de valor, que prive a los imperialistas de ganancias en sectores clave como el automotriz y la inteligencia artificial, y que adquiera tecnologías para defenderse y desarrollar su economía es algo progresista. El problema es la estrategia del PCCh, atrapado entre la espada y la pared, en respuesta a su recién descubierto poderío.

Miren la trayectoria de China en los últimos años. La burocracia ya ha comenzado a girar hacia la “izquierda”, a su manera nacionalista y represiva que pisotea a las masas. La burbuja inmobiliaria representaba un cáncer gigantesco, que creó una clase masiva de especuladores —ni siquiera capitalistas, sino especuladores— que están depositando cientos de miles de millones de dólares estadounidenses en el extranjero. Una fuga masiva de capital. La burocracia reventó esta burbuja porque representaba una amenaza capitalista. Los bancos estatales entonces comenzaron a otorgar préstamos sin mesura para la modernización tecnológica y la industria de vanguardia.

Sin embargo, esta medida tan necesaria se llevó a cabo de una manera que también pisoteó a las masas. El 60 por ciento de la riqueza de los hogares chinos está en bienes raíces. Casi todos son dueños de una vivienda. La eliminación de una valoración de 18 billones de dólares significó que el consumo se desplomara. Los gobiernos locales, que dependen de la venta de terrenos, pero que también brindan educación básica y transporte público, han tenido que imponer medidas de austeridad severas. El gobierno central quiere poner un alto a la corrupción desenfrenada de los gobiernos locales. Pero las montañas son altas y el emperador está lejos. Por lo tanto, el único método que tiene es la herramienta sin filo de la inanición financiera.

Sólo para ilustrar qué más se está haciendo: las viviendas desocupadas se convierten en vivienda social. ¿Pero qué más? Un aumento del mercado bursátil chino planificado y con objetivos específicos para que la riqueza de los hogares fuera transferida gradualmente a las acciones bursátiles. ¿Qué tipo de mercado bursátil tiene objetivos? Una de las pocas maravillas de la economía de mercado socialista.

El problema más profundo, sin embargo, es que el desarrollo de la economía china está completamente desequilibrado. Su población, también, está totalmente estratificada entre varios cientos de millones de trabajadores migrantes y la mano de obra urbana calificada. Así es como se puede tener una economía que al mismo tiempo avanza a toda velocidad —con una productividad en las fábricas automotrices automatizadas que es el doble de la de EE.UU.— y, por otro lado, cuenta con cientos de millones de personas que siguen trabajando en sectores de exportación de bajo valor agregado, como la agricultura, la minería y la siderurgia. El rápido ritmo de la automatización industrial está haciendo crecer vertiginosamente el sector de los trabajos temporales —que alcanza a los 84 millones de trabajadores—, que es tan inestable socialmente que el PCCh ahora está ordenando activamente la sindicalización del sector.

Una marcha forzada

La estrategia del PCCh es una marcha forzada hacia la modernización socialista, es decir, superar tecnológicamente a los imperialistas. Se invierten miles de millones en semiconductores; se supone que cada provincia debe tener sus propios sectores de vehículos eléctricos, inteligencia artificial y energía solar. Esto se hace en lugar de modernizar los sectores atrasados de la economía o de mejorar el consumo y el bienestar de las masas. El estado puede gastar tanto precisamente porque China tiene una de las tasas de ahorro más altas del planeta, consecuencia de un sistema que niega activamente a los trabajadores rurales el acceso a la educación y la atención médica.

Éste ha sido el modelo básico desde la Reforma y Apertura: ahora se les permite a los campesinos la libertad de movimiento (a diferencia del periodo de Mao), pero no se les otorgan derechos de residencia en las ciudades, sus hijos no pueden estudiar en escuelas urbanas y la parcela de tierra que les garantiza el estado es utilizada para cubrir los costos de la crianza de los hijos y las pensiones. El desarrollo económico ha permitido algunas reformas limitadas, pero el modelo fundamental se mantiene. Es decir, existe un sector de varios cientos de millones de trabajadores migrantes que pueden trabajar por salarios extremadamente bajos, lo que atrae al capital occidental y japonés.

A diferencia del Occidente y Japón, el rápido salto de China hacia la industrialización no implicó la adquisición de colonias ni la expansión imperial. Esto significó que el país tuvo que explotarse a sí mismo para obtener el capital necesario.

Ahora bien, esta estratificación fundamental se mantiene incluso mientras el PCCh adopta una nueva estrategia: la de la autarquía tecnológica. El plan quinquenal habla de “cadenas industriales completas”; es decir, su solución al cerco a China consiste en reproducir literalmente toda la economía global dentro de un solo país. Así, los aproximadamente 67 millones de niños dejados atrás por los trabajadores migrantes quedan atrapados generacionalmente en el nivel más bajo de la estrategia del PCCh para construir el socialismo en un solo país.

La reaccionaria familia campesina sirve como amortiguador cuando llega la crisis. Por eso todos estos informes sobre la reforma del hukou y el gasto en consumo son sólo marginales. No cambian el hecho de que sigue existiendo una desigualdad gigantesca en la distribución entre los trabajadores rurales y los urbanos. Los trabajadores urbanos también se aferran desesperadamente a sus privilegios por temor a que la igualación signifique una pobreza equiparada. El punto es que no se puede simplemente abolir administrativamente esta estratificación del hukou. Al igual que con la cuestión de los estratos en un sindicato, tenemos que luchar por elevar a todos los trabajadores al nivel de bienestar que se tiene en Shanghai y Beijing. Esto sólo se puede lograr presionando a los capitalistas y luchando por romper el cerco imperialista a China.

Así es como llegamos a la curiosa paradoja de que el FMI exige que China establezca un estado benefactor, mientras que Xi Jinping afirma que el sistema de bienestar social genera “gente perezosa”. Debemos ser muy claros: los imperialistas quieren que China “aumente el bienestar” adoptando una economía de mercado. Los imperialistas quieren que esto paralice la modernización industrial de China. Quieren que los trabajadores chinos compren Volkswagen, no BYD.

La otra razón por la que la burocracia no quiere hacerlo es que al PCCh le persigue el fantasma del periodo de estancamiento de Brezhnev en la URSS. Consideran que el principal error fue otorgar asistencia social a los trabajadores, la cual luego no pudieron retirar sin desencadenar un levantamiento proletario que amenazara su dominio burocrático.

¡Por una globalización socialista!

Nuestra respuesta a esto es sencilla. Se olvidan de que la clase obrera estaría dispuesta a sacrificar sus propias comodidades si tuviera una comprensión clara y consciente de su tarea, y si esa decisión no fuera tomada por esos burócratas adinerados, sino por ellos mismos. El socialismo no puede ser defendido por “sabios” con supercomputadoras. Se defiende mediante la participación consciente de miles de millones.

Entonces, ¿cuál es el programa internacionalista proletario para resolver esta contradicción en el desarrollo de China? Hay que decir: la revolución mundial y el desarrollo interno de China están fusionados. Son la misma tarea estratégica. ¡Ni el paso de caracol de una economía “de consumo” ni la marcha forzada hacia la modernización socialista!

Éste fue el punto fundamental de Trotsky en La Internacional Comunista después de Lenin: hay que aprovechar la división global del trabajo. Los salarios y el consumo en China pueden ser aumentados sin reducir la tasa de acumulación industrial, mediante la importación de bienes baratos del mercado global. ¡Dejemos de lado la manufactura básica, hay que transferirla al Sur Global, y utilicemos la exportación de la industrialización china para impulsar la globalización socialista!

El PCCh no es la Unión Soviética, carente de efectivo, ni la RDA [Alemania Oriental], que tuvo que vender la sangre de sus propios ciudadanos a cambio de dólares. Estamos hablando del país con una de las mayores reservas de dólares estadounidenses del planeta. La burocracia conserva este tesoro porque lo necesita para defender su dominio durante una crisis. Nosotros, en cambio, usaríamos ese dinero para ofrecer ayuda técnica e industrial masiva a los obreros y los oprimidos del mundo para finalmente establecer una Franja y Ruta de estados obreros que impida que China sea bloqueada por los imperialistas. En cambio, la estrategia del PCCh consiste en ganarse el favor de los actuales regímenes burgueses del Sur Global, exportando equipos de vigilancia y colaborando en la represión de obreros y campesinos.

El actual orden económico mundial es insostenible. Las fuerzas productivas de China representan una amenaza mortal para los imperialistas. Por eso han iniciado una espiral mortal de desglobalización. Entonces, ¿hacia dónde se dirigirá la burocracia? Al carecer de una perspectiva revolucionaria global, redoblará sus esfuerzos en una autarquía nacionalista y tecnológica. Esto será un golpe tanto contra el capital como contra las masas. Significará más medidas internas —especialmente si los imperialistas realmente intentan cerrar la economía mundial a China—. Tales medidas se parecerán mucho a la fortaleza construida durante los confinamientos por el Covid: aplastamiento del capital, represión contra la libertad social de las masas; pero también maravillas tecnológicas que permitieron a China emerger con nuevas fuerzas productivas. ¡Esto también será extremadamente frágil! Ojo a cómo el levantamiento de los obreros de Foxconn durante el confinamiento, junto con las protestas callejeras, llevó a la burocracia a dar un giro de 180 grados.

La realidad es que tales medidas serían socialmente explosivas. Significarían acorralar a los capitalistas nacionales. Una economía cerrada a los imperialistas también generaría una inestabilidad social masiva en Occidente. En China hay una generación que ha disfrutado de un crecimiento económico sin precedentes durante 30 años y que ha gozado de ciertas libertades individuales y sociales. Reprimir esto en una sociedad mucho más rica que la Unión Soviética en 1927 provocará un escenario casi similar a una guerra civil.

Para luchar por que la República Popular utilice su fuerza al servicio de la revolución mundial, para cohesionar una oposición de izquierda antiimperialista tanto dentro como fuera del PCCh, debemos enfrentar las ilusiones inmediatas.

La primera es el pacifismo, y está muy arraigado. El trabajo agotador en las fábricas —ya sea para el capital occidental o el chino— sigue pareciendo mejor que enviar a un hijo único o una hija única a morir en un campo de batalla. Las masas no quieren una Tercera Guerra Mundial, y los partidarios de línea dura que exigen una confrontación militar la proponen sobre una base nacionalista que repulsaría precisamente al proletariado de la región que China necesita tener de su lado. Pero ésta es una falsa disyuntiva.

El poder del PCCh para paralizar la producción militar estadounidense y volcar inversiones a los países oprimidos puede detener el ataque imperialista sin que un solo misil balístico intercontinental salga de su silo. Pero el sabotaje también es político: Beijing sigue aconsejando a los comunistas cubanos que adopten reformas de mercado que ahora equivalen a la rendición, y sigue presionando a la resistencia palestina para que se una a Fatah, que colabora con los sionistas; el mismo método, dictado por Stalin, con el que el PCCh tuvo que romper para hacer su propia revolución.

La segunda ilusión es el objetivismo económico: la fe en que un aluvión de productos chinos baratos paralizará a los imperialistas por sí mismo. Es una idea seductora; basta con echar un vistazo a los proyectos de trenes de alta velocidad en Gran Bretaña o California para darse cuenta de cuánto vale el “poderío industrial” de los imperialistas. Pero los productos por sí solos no bastarán. El socialismo sólo puede construirse conscientemente. Lo más importante es que el propio PCCh es internamente contradictorio. También lo es su Iniciativa de la Franja y la Ruta, cuando construye paneles solares que alimentan las bases militares estadounidenses en Mindanao.

Estas ilusiones deben ser aplastadas porque son las que justifican la inacción de China en la defensa de las naciones oprimidas. La preparación para un futuro bloqueo mientras se les da un cheque en blanco a los imperialistas terminará, en última instancia, atomizando a las masas. Son éstas las únicas con las que podemos contar para defender la Revolución de 1. Xi Jinping dijo que la URSS cayó porque nadie fue “lo suficientemente hombre” para defenderla en su hora más difícil. Pero su estrategia va a destruir precisamente a la única fuerza —el proletariado socialista consciente— capaz de impedir la contrarrevolución.