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Gran parte de la izquierda anda por las nubes desde que el presidente Lula logró arrebatar la victoria de último momento en las elecciones del domingo pasado, tras quedar 2 puntos porcentuales por detrás en la primera vuelta. Su destacado desempeño fue producto de una enérgica movilización entre la primera y la segunda vuelta por parte de miembros del PT y activistas por los derechos de las minorías, que temían que Flávio Bolsonaro fuera elegido. De hecho, tenían mucho que temer si este político de extrema derecha hubiera llegado al poder.

Sin embargo, la victoria de Lula no debe ocultar el hecho de que el poder legislativo (tanto la Cámara de Diputados como el Senado) se ha desplazado aún más hacia la derecha, con el Partido Liberal de Bolsonaro siendo el más votado y la derecha obteniendo la mayoría de las gubernaturas estatales en las elecciones del 4 de octubre. Así pues, las elecciones de octubre en Brasil son, en el mejor de los casos, sólo una excepción parcial al giro general hacia la derecha que ha barrido con casi todos los gobiernos de izquierda en Sudamérica, instalando títeres leales a los imperialistas estadounidenses.

La disyuntiva para Lula ahora está entre buscar alianzas renovadas con diputados burgueses que están más a la derecha que durante su mandato anterior o apoyarse en el respaldo popular que se expresó en las enormes manifestaciones de las últimas semanas (algunas de las más grandes en la historia del país). Pues bien, Lula ya ha escogido. La noche de su elección declaró que el presidente “fue elegido para gobernar sobre la base del respeto a la Constitución y de la relación con el Congreso… fue el pueblo quien lo eligió, y es con ese Congreso con el que voy a votar, trabajar y aprobar las cosas”.

Y ya había escogido desde antes del domingo, no sólo durante la totalidad de sus tres primeros mandatos, sino también con su lista electoral, que incluía a varios partidos burgueses y a su vicepresidente Geraldo Alckmin, del PSB, un partido burgués integrado por terratenientes y capitalistas. Esto significa que la política del nuevo gobierno de Lula se limitará necesariamente a lo que sea aceptable para estos partidos del enemigo de clase, o más bien a lo que ellos exijan.

Lula ha hablado mucho sobre los BRICS y dice que no quiere ser un lacayo de los imperialistas estadounidenses. Mientras tanto, ha privatizado enormes porciones de la propiedad nacional en beneficio de las corporaciones imperialistas. Este mismo año, no movió un dedo para apoyar a la vecina Venezuela cuando las fuerzas especiales de EE.UU. secuestraron a Maduro; no ha enviado ni un litro de petróleo a la asediada Cuba a pesar de que Brasil es un importante productor de petróleo; envió armas al derechista gobierno boliviano cuando éste enfrentaba una insurgencia campesina: todo para caerle bien a Trump.

Los imperialistas estadounidenses siguen intentando exprimir a Brasil y volver a incorporarlo más firmemente a su patio trasero. Mientras tanto, los aliados capitalistas de Lula están atados por miles de lazos al capital imperialista, con empresas conjuntas y otras asociaciones comerciales en Brasil, activos depositados en Wall Street y bienes raíces en centros imperialistas, etc. Una lucha por la soberanía nacional brasileña requiere una ruptura con la burguesía y la movilización de la clase obrera contra los imperialistas.

Con su conciliacionismo hacia los imperialistas y los capitalistas nacionales, Lula atacará inevitablemente a la clase obrera y los oprimidos, lo que traerá una amplia desmoralización y un mayor auge de la extrema derecha. Este escenario no es una fantasía del fin de los tiempos de sectarios pesimistas: Brasil ya lo vivió hace tan sólo diez años. En 2014, el voto por la candidata de Lula, Dilma Rousseff, se vendió como un mal menor frente al liberal de derecha Aécio Neves, del burgués PSDB. Para satisfacer a los mercados financieros, Rousseff sumió a la economía en su peor recesión de la era moderna. Luego, cuando amplios sectores de la población ya la odiaban lo suficiente, el parlamento, menos derechista que el actual, la destituyó. Su vicepresidente, quien llegó al poder después de apuñalarla por la espalda, desató una serie de ataques reaccionarios contra los sindicatos, la seguridad social y la estabilidad laboral, lo que condujo a la elección de Jair Bolsonaro.

Este escenario apocalíptico demuestra que apoyar al mal menor frente a la derecha invariablemente sale mal. ¡No debe repetirse! Si la izquierda se hubiera unido en la primera vuelta en lugar de presentar cuatro planillas diferentes (dos de ellas estalinistas y dos trotskistas) para ofrecer una oposición proletaria sólida al frente popular de Lula, podría haber sido vista como una alternativa y sin duda habría obtenido un número de votos más significativo que sus minúsculos 200 mil (menos del 0.2 por ciento de los votos). Y si hubiera llamado a negarse a votar por Lula y a abstenerse en la segunda vuelta (algo que, según sabemos, sólo hizo el minúsculo y políticamente errático PCO y algunos grupos más pequeños como el trotskista POR), la clase obrera habría tenido a quién recurrir cuando se enfrentara a la necesidad de responder los ataques de Lula que se avecinan.

Ahora, la tarea de la izquierda es hacer un balance de estas elecciones y, más vale tarde que nunca, luchar por la independencia de clase. La oleada de jóvenes y oprimidos que se movilizó entre las dos rondas electorales para impedir la elección de Flávio demuestra, de hecho, que existe una necesidad profundamente sentida de luchar contra el avance de la reacción. Ésta sólo puede desatarse si la clase obrera toma la iniciativa, con total independencia respecto al enemigo de clase. El propio Lula no concederá nada a menos que se enfrente a una movilización en las calles y en las fábricas contra su política de conciliación al capital. ¡Hay que romper con el frente popular de Lula! Ésta es la única manera en que la clase obrera puede realmente luchar por sus propios intereses y los de los oprimidos contra los imperialistas y la burguesía.