https://iclfi.org/spartacist/es/45/eeuu
La camarada Erica Jones presentó este informe, editado para su publicación, en nuestra IX Conferencia Internacional.
Existen dos concepciones erróneas contrapuestas sobre la situación actual en EE.UU. Una de ellas, presente en las redes sociales y en la prensa de algunos grupos de izquierda, es que hay una gran contraofensiva que está revirtiendo la marea de reacción de Trump. La otra es que el país ha sucumbido a los fascistas. Ambas están equivocadas.
Comencemos con la segunda concepción. Es cierto que la visibilidad de los grupos fascistas está aumentando. Probablemente todos vieron las imágenes de la concentración del 4 de julio en Washington, D.C., donde cientos de neonazis ondeaban la bandera confederada. El nacionalismo blanco y el terrorismo racial son armas de la clase dominante de EE.UU. para aplastar a los sindicatos y a la clase obrera, especialmente en tiempos de crisis. La Casa Blanca está impregnada de nacionalismo blanco, desde la retórica del presidente hasta los carteles de reclutamiento de ICE, y lo seguirá utilizando para desviar la ira de los trabajadores lejos de la clase dominante. Todo esto es, por supuesto, una tendencia muy peligrosa. Pero aún no ha dado lugar a un movimiento fascista de masas organizado que intente activamente acabar con el movimiento obrero, la izquierda y la población negra y morena.
La verdadera pregunta es: ¿qué hay detrás de esta tendencia? Ahora que el liberalismo ya no es la ideología política dominante de la clase dirigente, el populismo reaccionario de derecha de Trump ha estado remodelando el panorama político de Estados Unidos. Es fundamental señalar que ha ganado un apoyo significativo entre sectores de la clase obrera. Ahora, con la economía tambaleándose y con el lío que le ha creado al imperialismo estadounidense con la guerra contra Irán, Trump está recibiendo algunos golpes políticos. Las fisuras se profundizan en el movimiento MAGA y Trump pierde apoyo entre quienes votaron por él. Los trabajadores no logran entender por qué se están gastando decenas de miles de millones de dólares en una guerra que sólo está haciendo subir aún más los precios. El ciclo de otra “guerra eterna” se está repitiendo. ¿A quién pueden recurrir los trabajadores en respuesta a esto?
Pues bien, populistas de extrema derecha como Tucker Carlson han ocupado el vacío de dirección, y el fascista Nick Fuentes se está volviendo cada vez más popular entre un sector de la clase obrera. Tienen una audiencia real. Basta con hablar con nuestros compañeros en los sindicatos que, a diario, tienen que lidiar con afirmaciones como “Israel está chantajeando a Trump” o con la culpabilización de todo el pueblo judío por los crímenes de la clase dominante de EE.UU. —que sí tiene un pequeño componente judío, pero está integrada en su mayoría por anglosajones blancos—.
No podemos estar seguros de si el futuro traerá un estado bonapartista, más ataques fascistas u otra cosa. Pero podemos esperar que la tendencia general sea un giro aún más hacia la derecha, incluso si el Partido Demócrata gana las elecciones intermedias.
Los Democratic Socialists of America y muchos otros grupos de izquierda se han asegurado de que, a los ojos de los trabajadores, el socialismo sea en la práctica sinónimo del statu quo liberal de ayer, precisamente lo que empujó a los trabajadores a los brazos de Trump en primer lugar. Lamentablemente, las traiciones de Mamdani y Alexandria Ocasio-Cortez son lo que muchos trabajadores entienden por socialismo, lo que arrastra aún más a éste por el lodo y aleja a los trabajadores de la izquierda marxista. Soy de Nueva York y puedo decirles que Mamdani no cuenta con el apoyo de la mayoría de los trabajadores de allí. Tiene aún menos apoyo entre los muchos miles de negros y latinos a quienes amenaza con expulsar de las viviendas públicas. Su base es principalmente una capa pequeñoburguesa, que teme, con razón, el rumbo que está tomando la economía y lo que la reacción derechista le tiene reservado.
Los trabajadores, en general, siguen agachando la cabeza y tratando de sobrevivir mientras la carestía se dispara. Esto es especialmente cierto para los trabajadores negros y migrantes. El régimen de Trump los ha atacado cada vez con más intensidad y, a menudo, tratan de ganarse la vida a duras penas en los estratos más bajos de la sociedad. Por ello, sienten que realmente saldrán perdiendo si se arriesgan y alzan la cabeza.
Si bien, en general, la clase obrera se mantiene al margen, tampoco todo es miseria y desolación. La clase obrera en EE.UU. no está derrotada. Ha llevado a cabo huelgas y luchas defensivas cuando se ha visto obligada a hacerlo. La mayoría de estas luchas fueron provocadas por patrones agresivos que sentían el viento a su favor. Otras fueron iniciadas por trabajadores que intentan recuperar lo que puedan mientras la inflación sigue disparándose. Hasta ahora, los sindicatos no han sufrido una derrota decisiva, pero tampoco han logrado una gran victoria. De hecho, a pesar de la determinación a menudo heroica de los trabajadores, la dirección sindical ha traicionado estas luchas, desde la huelga de enfermeras de la NYSNA en la Ciudad de Nueva York hasta la huelga de los obreros empacadores de carne en Colorado y la actual huelga del sindicato ILWU en los almacenes del Área de la Bahía.
Ha habido momentos en los que la intensidad de los ataques de Trump se ha sentido tan profundamente que ha provocado una respuesta combativa, como en Minneapolis. Decenas de miles de personas, entre ellas muchos trabajadores, salieron a las calles. Había un ambiente de agitación en los sindicatos. Esto podría haber sido la chispa para una verdadera resistencia contra Trump. La conexión entre la defensa de la clase obrera y la defensa de los migrantes se planteó de manera aguda. Pero la burocracia sindical apagó esta chispa, y todo volvió a canalizarse hacia la confianza en el Partido Demócrata y hacia apelaciones al gobernador y el alcalde. Es cierto que Trump sufrió repercusiones por cómo se desarrolló la operación en Minneapolis, especialmente debido a los asesinatos de Alex Pretti y Renee Good. Ese revés hizo que Trump diera un pequeño y momentáneo paso atrás para reevaluar sus tácticas.
Sin embargo, gran parte de la izquierda fingió que las cosas habían sucedido de manera muy diferente. Aplaudió una falsa “huelga general” que supuestamente había paralizado a Trump. Mientras tanto, el régimen de Trump siguió desatando el terror durante otro mes o más en Minneapolis, y los trabajadores y los activistas que participaron en las protestas aún enfrentan cargos, como los 15 de Minneapolis. La idea de que Minneapolis “demuestra que estamos ganando” no corresponde a la realidad. Trump ajustó su estrategia antiinmigrante y encontró formas de hacer la vida de los migrantes un infierno aún mayor, incluso al atacar lugares de trabajo y a los camioneros que dependen de las licencias de conducir comerciales. A principios de julio, ICE mató a tiros a dos migrantes en sólo una semana. Si bien hubo pequeñas protestas por estos asesinatos, en las que participaron los políticos habituales del Partido Demócrata tratando de calmar la ira, ciertamente no provocaron nada ni remotamente parecido a la oleada de protestas de Minneapolis. A decir verdad, desde el asedio a esa ciudad Trump ha logrado aumentar aún más el terror de ICE.
Presentar estos sucesos como grandes victorias plantea la pregunta: ¿para qué se necesita una dirección revolucionaria? El mensaje subyacente es continuar con la burocracia sindical en bancarrota, los liberales y el Partido Demócrata.
Pero la cosa es más complicada. La ola de asesinatos de personas negras a manos de la policía también ha continuado, lo cual no es sorprendente dado el recrudecimiento del terror estatal. Marx se inspiró en la observación de Fourier de que la condición de la mujer en una sociedad dada es un indicador del desarrollo de ésta. Creo que en Estados Unidos se puede decir lo mismo sobre la condición de la población negra.
En estos momentos, se considera normal que la policía en Estados Unidos mate a niños de un año a tiros. La muerte por negligencia médica grave es la norma. Los guetos, las escuelas y los lugares de trabajo segregados racialmente se pueden ver en todas partes. El Partido Demócrata ha abandonado su posición sobre cuestiones sociales; sus campañas electorales casi ni siquiera fingen defender a la población negra, ni a ningún otro sector especialmente oprimido para el caso. Otra señal clara de que las cosas han girado hacia la derecha en EE.UU. ha sido la ausencia casi total de lucha por parte de la población negra. Esto es el resultado de la desmoralización provocada por las traiciones de los liberales y el miedo a lo que saben que es cierto: están en la mira de la actual marea reaccionaria.
Tras haber descrito este panorama de lo que está sucediendo en Estados Unidos —que, sinceramente, no es nada halagador y sólo empeorará—, quiero concluir respondiendo a la pregunta: ¿cuál es nuestro plan como marxistas revolucionarios?
En pocas palabras, una responsabilidad central en este periodo es defender a las comunidades oprimidas tanto contra los ataques de la derecha como contra los liberales que las han abandonado. Debemos encontrar formas de fusionar las luchas de los grupos especialmente oprimidos con las luchas de la clase obrera. Nuestra tarea es desarrollar un polo revolucionario independiente anclado en la propia clase obrera, uno capaz de resistir la austeridad económica, de superar las divisiones raciales que envenenan la unidad de la clase y de desenmascarar tanto a la derecha reaccionaria como al establishment liberal como expresiones políticas diferentes del mismo orden imperialista parasitario. En relación con esto, nuestro objetivo es luchar por reagrupar a los elementos revolucionarios en torno a una meta clara: separar a la izquierda del liberalismo y arraigarla en la clase obrera.

