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Todos sabemos que se avecinan grandes conmociones. También sabemos que el movimiento obrero, empezando por su vanguardia comunista, no está en absoluto preparado para ellas. Durante décadas, la izquierda se ha acomodado a la democracia liberal burguesa, olvidando los principios básicos de la lucha de clases y encaminándose hacia un duro despertar.
Sin embargo, hay otra cara de la moneda. Trotsky escribió una vez:
“Toda crisis profunda —ya sea económica, política o militar— tiene su aspecto positivo, en tanto pone a prueba todos los valores y fórmulas tradicionales. Quedan al descubierto entonces los que sirvieron para ocultar las contradicciones de ‘la época de paz’, empujando de este modo el proceso hacia adelante”.
—“Una lección reciente” (10 de octubre de 1938)
Ya estamos viendo cómo se desarrolla este proceso ante nuestros ojos. La creciente violencia de los acontecimientos mundiales está dejando al descubierto la podredumbre del movimiento obrero y de las fuerzas antiimperialistas. Desde el colapso del régimen bolivariano hasta la agónica Revolución Cubana, desde el movimiento sindical hueco, hasta la impotencia y la atomización de la izquierda comunista.
La LCI es una organización minúscula dentro del espectro del trotskismo —que a su vez es bastante débil—. ¿A qué papel pueden aspirar las escasas fuerzas de la LCI en este contexto? Ésta es una de las preguntas clave que enfrentamos en esta conferencia. ¿Cómo podemos, en medio de la agitación global y de una izquierda en crisis, cumplir nuestro papel de empujar “el proceso hacia adelante” en nuestro movimiento?
El curso objetivo de los acontecimientos traerá consigo grandes convulsiones revolucionarias. De eso no cabe duda. Nuestra tarea es asegurarnos de que, cuando estas grandes olas se abatan sobre nosotros, el movimiento comunista no se encuentre atrapado en un enredo de su propia creación. Por el contrario, debe estar en condiciones de contender por la dirección.
Lograremos esta tarea ofreciendo a la clase obrera una alternativa política real, capaz de romper la falsa dicotomía de la política capitalista. Aprendiendo de los fracasos del pasado, debemos forjar una corriente revolucionaria, extenderla internacionalmente y arraigarla profundamente en el proletariado y las masas oprimidas.
Ésta es la tarea de la LCI. No es la más glamorosa, y no habrá un éxito rápido, pero es la única perspectiva que le da un significado real a nuestra existencia como fuerza política independiente, que puede armarnos con la confianza para resistir los choques que se avecinan y prepararnos para aprovechar las oportunidades que éstos van a crear.
La crisis de la izquierda revolucionaria
Trotsky explicó que “el carácter científico del pensamiento consiste en su armonía con el proceso objetivo y en su capacidad para influir en él y dirigirlo” (Historia de la Revolución Rusa [1930]). Para influir en el rumbo de la izquierda marxista, debemos comprender el origen de su crisis. ¿Cuáles son los factores objetivos que explican la debilidad actual de nuestro movimiento? A primera vista, la respuesta parece obvia: la izquierda está dividida porque la gente no está de acuerdo. Pero eso sólo nos lleva a otra pregunta. ¿Por qué surgen estos desacuerdos y por qué persisten generación tras generación?
Lo primero que hay que entender es que las innumerables diferencias ideológicas que dividen a la izquierda no son sólo ideas que flotan en el aire. Reflejan polarizaciones de clase reales —a menudo de manera muy deformada—. Es importante comprender este punto: las disputas en la izquierda reflejan, de manera embrionaria, los grandes conflictos sociales y de clase de una época determinada.
Y si los principios marxistas internacionalistas sientan las bases para unir a la clase obrera en torno a sus intereses históricos, la conciliación con los intereses burgueses la divide. Fundamentalmente, la conciliación con intereses no proletarios explica por qué la izquierda marxista está irremediablemente fragmentada.
Un partido que se reconcilie con el nacionalismo alejará a los trabajadores de otras nacionalidades. Un partido que se niegue a luchar contra la discriminación que enfrentan ciertas minorías será rechazado por los más oprimidos. Un partido que se reconcilie con el feminismo liberal se fragmentará sobre líneas moralistas. Y así sucesivamente, con capitulaciones en una dirección que generalmente van seguidas de errores en la dirección opuesta, lo que conduce a un ciclo interminable de escisiones y fracturas.
Lo que hace que esta realidad sea más difícil de entender es que en las diversas corrientes marxistas los errores del pasado a menudo se han agravado durante generaciones. Las divisiones entre trotskistas, estalinistas, maoístas e incluso hoxhaístas reflejan todos los choques pasados de intereses y programas. Pero cuanto más nos alejamos de los acontecimientos que provocaron estas divisiones, más pierden éstas su significado.
La evidencia más clara de esto es que todas las diferentes corrientes marxistas están polarizadas en torno a temas similares: la guerra en Ucrania, el imperialismo, la cuestión nacional, la política identitaria. Ninguna de las distintas tradiciones marxistas puede presentar una respuesta unificada a las principales cuestiones de la época. No se trata de que las disputas del pasado no importen —sin duda seguiremos defendiendo la tradición trotskista—, sino de que las corrientes existentes del marxismo son anacronismos que enmascaran, en lugar de aclarar, las cuestiones de clase clave que enfrenta hoy nuestro movimiento.
Cómo malentienden otras tendencias la dirección revolucionaria
"Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo."
Antes de pasar a cómo podemos empezar a sentar las bases para resolver este embrollo, quiero decir unas palabras sobre algunas de las otras explicaciones que se le dan a la crisis de la dirección revolucionaria. En general, se cometen dos errores opuestos. El primero reduce la dirección revolucionaria a acontecimientos objetivos; el segundo la reduce a ideas correctas abstraídas de la práctica.
Se pueden encontrar expresiones de esta primera tendencia en partidos como Lutte Ouvrière, o en nuestro propio partido en el pasado. Obviamente, la correlación de fuerzas de clase, el nivel de lucha de clases y la conciencia de la clase obrera son cruciales para determinar la influencia que pueden adquirir los revolucionarios. Pero insistir en lo objetivo a costa de todo lo demás deja a los revolucionarios esperando la llegada de un periodo diferente. El resultado es la pasividad y el fatalismo.
En la segunda tendencia, la idealista, los denominados partidistas tienen su propio argumento distintivo. Piensan que si los grupos marxistas pudieran ponerse de acuerdo en un programa mínimo común y mantener una cultura democrática, entonces todos los diversos grupos podrían comenzar a unirse. Como ya expliqué, las tendencias políticas en conflicto reflejan intereses de clase o sectoriales en conflicto. La unificación sólo puede ocurrir superando estos conflictos, no ocultándolos tras principios y fórmulas abstractas.
La mayoría de los demás partidos son igual de idealistas, pero a diferencia de los partidistas, tienden a negar la crisis entre los comunistas. Grupos como la Internacional Comunista Revolucionaria —pero, en realidad, casi todas las tendencias— se consideran el único ejemplo de continuidad ininterrumpida del marxismo. Para estos partidos, la crisis de la dirección revolucionaria puede reducirse a la debilidad de sus propias fuerzas. Naturalmente, se obsesionan casi exclusivamente con el número de personas que reclutan. En lugar de tratar el marxismo como una herramienta para impulsar la lucha de clases, reducen la lucha de clases a un escenario para ganar adeptos al conjunto “correcto” de ideas marxistas.
El marxismo, a partir del análisis de la realidad objetiva, elabora ideas que pueden aplicarse para cambiar esa misma realidad. Por lo tanto, es obviamente contrario al marxismo explicar la crisis del movimiento revolucionario ya sea mediante ideas abstraídas de la realidad o culpando a la realidad objetiva sin un programa para cambiarla.
Desatando nudos políticos
Desde los porristas pro imperialistas que llaman a enviar armas a Ucrania hasta los porristas “antiimperialistas” pro Rusia, las divisiones en la izquierda reflejan conflictos sociales reales.
Ahora que tenemos claro que las divisiones en el movimiento obrero son un reflejo de las divisiones sociales existentes y que hemos disipado ciertas nociones erróneas sobre la dirección revolucionaria, por fin podemos empezar a trabajar en busca de soluciones.
En primer lugar, debemos analizar cómo podemos superar el ciclo infernal de escisiones y polarizaciones dentro de la izquierda. La respuesta a esto es, una vez más, básica: romper con todas las formas de ideología burguesa. Ahora bien, no me descarten todavía. Sé que es una caricatura que grupos pequeños proclamen que sólo ellos, en todo el mundo, han roto de una vez por todas con el reformismo. No es ahí a donde quiero llegar.
Proclamar de manera abstracta la propia ruptura con la ideología burguesa es una afirmación sin sentido. La LCI no afirma semejante cosa. En cambio, intentamos proponer un método que pueda superar las polarizaciones burguesas reaccionarias.
Por regla general, todo conflicto político presenta a la clase obrera dos alternativas burguesas. Ya se trate de una guerra, una huelga o una cuestión social espinosa, los revolucionarios deben desarrollar una solución proletaria independiente capaz de ir más allá de esta falsa disyuntiva. Nuestro punto de partida debe ser siempre luchar por el triunfo de una alternativa obrera frente a todas las que se ofrecen. En el momento en que perdemos de vista esto, y nuestro objetivo se convierte simplemente en influir en las fuerzas existentes, ya no podemos hablar de ser un factor proletario independiente.
Dicho esto, sería un error burdo tachar de igualmente reaccionarias todas las disputas que involucran programas burgueses. La clase obrera a menudo debe tomar partido en tales conflictos. En la guerra contra Irán, como en todas las guerras de agresión imperialista, la única forma de unir a la clase obrera se basa en la defensa de la nación oprimida, en este caso Irán. La posición que adoptemos en cualquier conflicto debe guiarse siempre por lo que promueva los intereses del proletariado en su conjunto, y no de un sector de la clase a costa de otro.
Muchos marxistas se detienen aquí; toman partido al tiempo que proclaman su independencia política y plantean demandas revolucionarias. Pero la dirección revolucionaria requiere más que tomar el lado correcto. Es esencial también buscar superar las limitaciones que las direcciones burguesas imponen a las causas progresistas. Tomemos, por ejemplo, la lucha por la liberación trans. Sin duda, es necesario tomar partido en contra de las TERFs. Pero para ofrecer al movimiento alguna perspectiva de avanzar en medio de la enorme ola de reacción a la que se enfrenta, debemos librar una lucha decidida contra la ideología liberal que domina el movimiento. No se trata de recitar lugares comunes sobre la eliminación de la división de género bajo el comunismo —aunque estamos a favor de ello—, sino de mostrar concretamente cómo el marxismo es una herramienta esencial para hacer avanzar la lucha de las personas trans.
La verdadera dificultad radica en elaborar una estrategia que pueda desafiar eficazmente a las direcciones existentes. Para imponer una solución de clase, hay que analizar las contradicciones en cada lado de un conflicto y separar los intereses reaccionarios de la burguesía de las aspiraciones sociales legítimas de las masas. Esto puede parecer sencillo en abstracto. En realidad, suele ser la parte más difícil de la política revolucionaria.
En la guerra entre Rusia y Ucrania, ambas partes luchan por objetivos reaccionarios. Sin embargo, ambas también se basan en agravios legítimos. Los rusos han sufrido décadas de agresión occidental y el régimen posterior al Maidan oprimió a las minorías rusas en Ucrania. Ésta, por su parte, tiene motivos legítimos para luchar por su existencia nacional contra la agresión rusa. Para superar la polarización reaccionaria entre los obreros rusos y los ucranianos, es necesario apoyarse en el lado progresista de sus respectivas aspiraciones y demostrar que la estrategia de la burguesía no permite alcanzar esos objetivos. Para Ucrania, el alinearse detrás del Occidente, lo mismo que el intento de reconquistar territorios de mayoría rusa, socava la supervivencia nacional del país. En el caso de Rusia, oprimir a los ucranianos hará retroceder la lucha contra el imperialismo occidental al avivar de manera permanente los antagonismos nacionales.
Este método básico es esencial para que la clase obrera promueva sus propios intereses de clase y ya no se vea obligada a elegir entre dos males. Pero no es una garantía. La vida siempre es más complicada que la teoría. No obstante, sin intentar conscientemente ofrecer soluciones obreras a las polarizaciones sociales, ciertamente no se puede hablar de dirección revolucionaria ni de superar las divisiones en la izquierda marxista.
La dinámica de los acontecimientos mundiales
He defendido la metodología básica de la LCI y cómo ésta puede ayudar a superar muchos de los conflictos en la izquierda. Sin embargo, como todos sabemos, no basta con tener las ideas correctas; esas ideas se deben adoptar. Dado nuestro tamaño, es legítimo preguntarse cómo podemos esperar ejercer alguna vez una influencia decisiva sobre el resto de la izquierda marxista, ya no digamos sobre la lucha de clases. Para responder, debemos ver nuestras tareas más allá de los límites de nuestra pequeña organización y situar la corriente política que representamos en el contexto de los grandes acontecimientos mundiales.
En el fondo, nuestra confianza no se basa en las capacidades de nuestros miembros, nuestro tamaño o nuestros recursos. Se basa en la dinámica de la lucha de clases misma. Nuestra perspectiva política señala el camino hacia la resolución de la contradicción política central de la época actual. Por un lado, el imperio estadounidense está sumiendo al mundo en un ciclo de barbarie para defender su hegemonía; por el otro, hace falta una fuerza que esté dispuesta y sea capaz de ponerle fin de manera progresista.
Los propios acontecimientos pondrán de manifiesto tanto la necesidad apremiante de derrotar al imperio estadounidense como la insuficiencia de las soluciones no revolucionarias que se ofrecen. La propia situación objetiva exigirá una alternativa obrera independiente a esta contradicción cada vez más aguda. Por eso, aunque nuestra corriente apenas existe en términos de las fuerzas que representa, podemos confiar en su potencial político.
No estamos argumentando que la historia reivindicará mecánicamente nuestro programa, como afirma toda corriente marxista. Nuestra confianza se basa en algo más concreto: nuestro programa aborda una contradicción que el curso objetivo de los acontecimientos pondrá continuamente de relieve.
Nada de esto debe fomentar la complacencia. Si la experiencia de la Guerra Fría nos enseña algo, es que las presiones objetivas por sí solas no son suficientes. A pesar de la necesidad de una solución revolucionaria a la polarización entre el mundo estalinista y el imperialismo, el movimiento trotskista fracasó fundamentalmente en su tarea histórica. La historia nos presenta oportunidades. No las aprovecha por nosotros. Aquí es donde cobra toda su importancia la construcción de un instrumento político que pueda ser el vehículo vivo del programa revolucionario.
De la perspectiva a la práctica: La construcción de la LCI
Protesta de frente unido en defensa de activistas pro Palestina, Ciudad de México, 14 de junio de 2025. Los espartaquistas tomamos un claro lado con Irán en la Guerra de los Doce Días.
Hasta ahora, he estado destacando la perspectiva política general que debe animar nuestro trabajo. He tratado de mostrar cómo la LCI puede contribuir a superar el desafío histórico que enfrenta nuestro movimiento. Esta comprensión es esencial para darle sentido a nuestros esfuerzos y sacrificios en los tiempos difíciles que enfrentamos. Pero de lo general debemos volver a lo particular y a cómo, con las fuerzas de las que disponemos actualmente, podemos hacer avanzar nuestra causa.
Antes de discutir qué debemos hacer, debemos ser honestos sobre dónde nos encontramos. En su artículo de 1936, “¿Política marxista o combinacionismo sin principios?”, Max Shachtman habla de las tres etapas de la evolución de una organización revolucionaria:
“Un grupo de propaganda que se concentra en fortalecer a los cuadros iniciales sobre la base de principios claramente definidos; luego, un grupo más activo en proceso de transición hacia un movimiento de masas…; finalmente, el movimiento más amplio, que no sólo se autodenomina partido, sino que puede cumplir con las responsabilidades que le incumben a una organización que afirma defender tanto los intereses cotidianos como los históricos del proletariado”.
La LCI se encuentra en una posición bastante contradictoria. Somos una organización vieja, pero una que ha experimentado una renovación dramática. En muchos sentidos, aún nos encontramos en las etapas iniciales de nuestro desarrollo. La mayor parte de nuestra membresía está compuesta por camaradas de edad, que han dedicado sus vidas a la construcción del partido, y apenas estamos comenzando a formar una capa más joven de cuadros dirigentes. Al mismo tiempo, hemos estado realizando intervenciones importantes en una gama cada vez mayor de luchas, desde campañas de defensa hasta huelgas y pequeñas iniciativas de frente único.
En general, nos encontramos en una posición muy delicada. Esta conferencia ilustra muy bien cómo, como organización, tenemos madurez política, pero seguimos siendo embrionarios desde el punto de vista organizativo. La fragilidad de nuestras fuerzas hace que los esfuerzos de cada uno de nuestros camaradas sean aún más importantes. La pérdida de tan sólo unos pocos camaradas en ciertas áreas críticas podría suponer un retroceso significativo para nosotros. Mientras tanto, la actual agitación política en la izquierda presenta ciertas oportunidades que podrían conducir a una rápida transformación de nuestro partido. Nuestro trabajo reciente ha atraído a adeptos que antes no teníamos. Pero esto aún no se ha materializado en avances organizativos importantes.
A los compañeros que están de acuerdo con nosotros en nuestras perspectivas fundamentales, necesitamos su ayuda como miembros de la LCI. Una corriente revolucionaria no se construye sola; necesita una fuerza organizada que la convierta en una fuerza material en la lucha de clases y en una influencia en el curso de los acontecimientos.
Conclusión: ¿Cómo luce un reagrupamiento revolucionario?
Fundación de la Comintern: el más grande reagrupamiento revolucionario en la historia.
Quiero concluir este informe con la cuestión del reagrupamiento revolucionario. La naturaleza fragmentada de la izquierda marxista y las convulsiones que se avecinan en el mundo están poniendo cada vez más de relieve esta cuestión. Reconocer la necesidad de un reagrupamiento revolucionario es una cosa; comprender cómo puede suceder realmente es otra.
Actualmente, la crisis en la izquierda marxista no es favorable para un reagrupamiento amplio de fuerzas. Más bien, vemos que la tendencia a la fragmentación y el sectarismo se ha fortalecido. Pero también podemos ver los inicios de una contracorriente: individuos, grupos y partidos que están sacando lecciones y buscando un camino a seguir. Existe potencial para un reagrupamiento dentro de este sector, pero debemos ser muy claros sobre su magnitud. Por el momento, estamos hablando de una pequeña minoría.
Debemos ver estos pequeños reagrupamientos iniciales como pasos para construir una palanca que más adelante pueda generar realineamientos mucho más grandes dentro de nuestro movimiento. Si todo esto suena bastante ambicioso, entonces la pregunta obvia es: ¿por dónde empezamos realmente?
Hemos visto cómo la crisis de la dirección tiene su origen en la ausencia de una base proletaria sólida. De ahí se desprende que no puede haber solución a este problema sin arraigar una corriente revolucionaria dentro de la propia clase obrera. Esto es, fundamentalmente, lo que le dará poder social y coherencia política a la izquierda marxista. Sin esto, estamos condenados a seguir siendo pequeños círculos intelectuales que juegan con ideas. En este sentido, nuestro trabajo en el ámbito industrial es importante no sólo por las luchas inmediatas que libramos, o porque profundiza la comprensión de la realidad por parte de nuestro partido. Es esencial porque es el único camino para construir una corriente revolucionaria arraigada en la vanguardia de la clase obrera. Los avances en esta área de trabajo no serán fáciles, pero tienen el potencial de transformar fundamentalmente el carácter de nuestro movimiento.
También hemos visto cómo la crisis del imperialismo será el factor central que impulse una corriente revolucionaria. Cualquier perspectiva verdadera de reagrupamiento revolucionario buscará desplazar totalmente el centro de gravedad de la izquierda internacional, de los países occidentales, hacia los millones que soportan el peso de la bota imperialista. Los marxistas en Occidente deben aprovechar los recursos, escasos pero desproporcionados, de que disponen para impulsar el movimiento en el Sur Global.
Por último, cuando pensamos en el reagrupamiento revolucionario, debemos fijarnos en el mayor ejemplo de la historia: la fundación de la III Internacional. La Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa fueron, por supuesto, el catalizador de la hazaña histórica de reagrupar a los revolucionarios a una escala internacional sin precedentes, pero una larga y paciente lucha del Partido Bolchevique ruso preparó esto.
Afortunadamente, no somos los primeros revolucionarios en enfrentar un periodo como éste. En La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Lenin describe la primera etapa de esta lucha en los años de 1903 a 1905, a los que denomina los años de preparación de la revolución. Lenin explica cómo durante este periodo:
“Los representantes de las tres clases fundamentales, de las tres corrientes políticas principales —la liberal burguesa, la democrática pequeñoburguesa... y la proletaria revolucionaria— anticipan y preparan, con una encarnizada lucha de concepciones programáticas y tácticas, la futura lucha de clases abierta... En la lucha entre los órganos de prensa, los partidos, las facciones y los grupos van cristalizando las tendencias ideológicas y políticas clasistas de verdad; las clases se forjan un arma ideológica y política adecuada para las batallas futuras”.
Ésta es la etapa en la que nos encontramos hoy. Nuestra tarea, al igual que entonces, es forjar las armas políticas e ideológicas para las batallas que se avecinan.
Si queremos tener alguna esperanza de estar a la altura de nuestra tarea histórica, debemos forjar una corriente política capaz de enfrentar los grandes desafíos políticos de nuestra época, y necesitamos un partido que la encarne en la lucha de clases.
No podemos permitirnos otra generación de marxistas estériles y fragmentados. No hay tiempo que perder.

