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Recibimos el siguiente artículo cuando comenzó la guerra contra Irán. Fue publicado originalmente en nuestra página web en chino.

El 28 de febrero el imperialismo estadounidense e Israel iniciaron una guerra de agresión contra Irán, lanzando un torrente de bombas sobre ciudades y objetivos militares en todo el país. Bajo la bandera del “cambio de régimen”, buscan deshacerse de esta “espina anti-EE.UU.” clavada en el costado en el Medio Oriente, reducir a Irán a una semicolonia de Estados Unidos y tomar el control de su vasta riqueza petrolera. Al mismo tiempo, pretenden utilizar este ataque para aterrorizar a las fuerzas antiimperialistas y antisionistas de toda la región.

Tras el inicio de la guerra, muchos internautas chinos intentaron espontáneamente donar dinero a Irán, a tal punto que la embajada iraní en China tuvo que publicar un aviso por separado en Weibo rechazando la ayuda financiera. La opinión pública en China comprende claramente lo que esta guerra de agresión significa para el país. Cerca de la mitad de las importaciones de petróleo de China provienen del Medio Oriente. Si aplasta a Irán, Washington tendrá un control más firme del Estrecho de Ormuz y el suministro de petróleo del Golfo —el sustento de toda la región—. El imperialismo estadounidense podría entonces no sólo reforzar su control sobre el Sur Global, sino también sentar las bases para rodear y, en última instancia, estrangular a su enemigo principal: la Nueva China socialista nacida de la Revolución de 1949.

Sin embargo, en marcado contraste con el entusiasmo popular por ayudar a Irán, la dirección china no ha hecho prácticamente nada ante las situaciones desesperadas que enfrentan Irán, Palestina, Venezuela y Cuba, más allá de enviar ayuda humanitaria y repetir frases pacifistas sobre la necesidad de “cesar inmediatamente las operaciones militares, para prevenir la escalada en espiral de la situación, y evitar el desbordamiento y la expansión de la guerra” (Wang Yi, 8 de marzo). La estrategia conservadora del PCCh de quedarse de brazos cruzados está arrastrando no sólo a China, sino a todo el Sur Global, a un peligro cada vez mayor.

La política de apaciguamiento de la dirección del PCCh emana directamente de la vieja doctrina de la burocracia estalinista del “socialismo en un solo país”. Lo que busca no es destruir el orden imperialista estadounidense, sino simplemente asegurarse un lugar estable y favorable dentro de él. El PCCh de hoy sigue aferrado a una nostalgia confuciana por el antiguo orden de la globalización liberal liderado por Estados Unidos. Incluso después de que Estados Unidos ha pisoteado todos los supuestos principios de “coexistencia pacífica”, “derecho internacional” y “multilateralismo” —incluso después de que Washington ha demostrado una y otra vez, desde Palestina hasta Irán, desde Venezuela hasta la propia periferia de China, que no cree en nada más que en la fuerza bruta—, los burócratas del PCCh siguen comportándose como pedantes eruditos confucianos que se aferran a copias raídas de los Ritos de Zhou. Esperan que la moderación y la deferencia puedan restaurar un orden que el propio EE.UU. ya ha hecho pedazos y labrarse un lugar seguro dentro de él. No pueden comprender una verdad básica: el viejo orden lo sostenía el propio imperialismo estadounidense y, una vez que Washington comenzó a abandonarlo, dejó de existir.

La dirección del PCCh afirma que su actual política de condenas impotentes es necesaria para preservar el “orden internacional” y proteger a la economía china de nuevos riesgos. Otros añaden que ayudar materialmente a Irán, o a cualquier país bajo ataque de Estados Unidos, provocaría sanciones. Que echen un vistazo sobrio a la realidad a la que ya se enfrenta la Nueva China. A medida que Estados Unidos aprieta su control sobre el mundo, China se ve obligada a seguir comerciando dentro del sistema del dólar, mientras que las enormes ganancias extraídas del trabajo del proletariado chino terminan en Wall Street. Una estrategia internacionalista y antiimperialista no significa desencadenar imprudentemente la Tercera Guerra Mundial. Significa utilizar el peso ya demostrado de China en la economía mundial para ayudar y reforzar las luchas antiimperialistas actuales. Si los generales estadounidenses supieran que las sanciones chinas podrían impedirles producir incluso un F-35, ¿se atreverían aún a pavonearse tan descaradamente sobre Teherán?

Los autodenominados “estrategas” ilustrados del Politburó parecen creer que su rumbo actual ha librado a China de las crisis energéticas que azotan a Japón y Europa, al tiempo que permite a EE.UU. agotar sus propias reservas militares sin que China mueva un dedo. A corto plazo, eso es cierto. Pero el resultado estratégico sería desastroso: el imperialismo estadounidense aplastaría a Irán, mientras que su maquinaria militar-industrial —anclada en el territorio continental estadounidense— permanecería fundamentalmente intacta.

Lo que prefieren los burócratas del PCCh es una fantasía: que el desarrollo económico pacífico de China por sí solo pueda desgastar gradualmente al imperialismo estadounidense y, finalmente, superarlo. Pero, ¿qué imperio en la historia ha sido derrotado alguna vez sólo por el comercio? En la guerra, todo depende de quién tenga la iniciativa y quién marque el ritmo. El imperialismo puede lanzarse imprudentemente hacia adelante, indiferente a la devastación que inflige a la economía mundial y a las masas, porque sus principales representantes actúan con despiadada claridad en defensa de sus propios intereses de clase. Los políticos y los generales burgueses tienen enormes intereses personales en preservar la hegemonía estadounidense. Los burócratas del PCCh, por el contrario, están atrapados en una contradicción. Para defender la Nueva China, deben resistir al imperialismo estadounidense. Sin embargo, sus propios intereses materiales están ligados al orden liderado por Estados Unidos y al sistema del dólar —a través de fortunas corruptas escondidas en el extranjero, entrelazamientos con sectores de la economía orientados a la exportación, etc.—. Eso es lo que les impide actuar de manera decisiva en interés del estado obrero chino.

Ya ha pasado un mes desde que Irán anunció el cierre del Estrecho de Ormuz, y el impacto en las industrias chinas dependientes del petróleo ya es visible. Si el estrecho permanece cerrado por un periodo prolongado, el golpe a la economía china no hará más que agravarse; incluso la investigación, el desarrollo y la implementación de energías alternativas se llevarán a cabo en condiciones mucho peores. Sin embargo, la respuesta del PCCh ha sido emitir llamados abstractos a todas las partes, incluido Irán, para que “pongan fin al conflicto del Golfo”. Éstas no son más que tonterías pacifistas descaradas. Las acciones militares de Irán no surgieron de un deseo injustificado de “perturbar la paz”. Son un contraataque contra la maquinaria bélica estadounidense-israelí, lanzado sólo después de que las bombas de EE.UU. e Israel ya habían llovido sobre todo el país. La guerra entre el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y las fuerzas estadounidenses e israelíes no es una contienda entre iguales. Si Irán declarara un alto al fuego ahora, equivaldría a una rendición ante Estados Unidos, que entonces utilizaría su control sobre el petróleo del Medio Oriente y el Estrecho de Ormuz para fortalecer su estrangulamiento político y económico sobre China.

Para el bando estadounidense-israelí, la guerra contra Irán es una guerra imperialista de saqueo. Para Irán, es una guerra antiimperialista librada por una nación oprimida. Por lo tanto, es clara la única posición correcta: llamar por la derrota de los agresores estadounidenses e israelíes y la victoria de Irán. Esto es doblemente cierto para China. Las bombas que el imperialismo estadounidense lanza hoy sobre Teherán reaparecerán mañana como bloqueos más estrictos, sanciones más duras y preparativos de guerra más intensos contra China. Para China, como estado obrero, el orden mundial imperialista es una prisión que debe ser destruida. Lo que sirve a los intereses de la clase obrera china no es el discurso vacío de la burocracia del PCCh, que se doblega en nombre de la estabilidad y regresa al decoro ritual. Se necesita tomar una postura estratégica clara contra la agresión estadounidense-israelí, ponerse del lado de Irán, Palestina, Venezuela, Cuba y todos los pueblos oprimidos por el imperialismo, y avanzar la lucha antiimperialista.

China goza de una ventaja global abrumadora en la fundición y separación de tierras raras, con un cuasimonopolio en las tierras raras pesadas en particular —un recurso con el que podría tomar a Occidente por el cuello—. Sin embargo, el PCCh trata esta poderosa arma como nada más que una moneda de cambio en las negociaciones arancelarias con Washington. Esto es un desperdicio grotesco de poder. ¡Úsenlo ahora para estrangular a EE.UU. y paralizar su maquinaria de guerra!

Cuba se encuentra al borde de una catástrofe social, mientras que China se sienta sobre billones de dólares en reservas de divisas. Una parte sustancial de esas reservas debería utilizarse para ayudar a Cuba, y deberían enviarse ingenieros chinos para ayudar a reconstruir su infraestructura.

En el desfile militar del Día Nacional el pasado septiembre, desfilaron oleadas de armas formidables, entre ellas el Dongfeng-5C, con su alcance de ataque global. Sin embargo, sólo se exhibieron para volver a guardarlas en los almacenes. Si tan sólo una parte de ese arsenal se hubiera enviado a Irán y Palestina, la lucha antiimperialista en el Medio Oriente no estaría en la situación desesperada en la que se encuentra hoy.

Lo más importante de todo es que efectuar un cambio no depende de que los burócratas entren en razón. Depende enteramente de si la clase obrera china puede emerger como una fuerza política independiente. Si la línea de apaciguamiento conservador de la burocracia del PCCh continúa sin control, China se enfrentará a un creciente aislamiento internacional y a un fortalecimiento de las fuerzas capitalistas en el país. Y cuando llegue ese día, no serán los burócratas quienes paguen primero. Será la clase obrera china y los oprimidos quienes sufrirán las peores consecuencias. La clase obrera china debe movilizarse contra la línea conservadora de apaciguamiento de la camarilla burocrática y poner a este país en el camino del internacionalismo revolucionario. Sólo así se podrán defender verdaderamente las conquistas de la Revolución de 1949 y la propia Nueva China.