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Esta ponencia, editada para su publicación, fue presentada en julio a la IX Conferencia Internacional de la LCI, llevada a cabo en la Ciudad de México.

En 1933, tras el ascenso al poder de Hitler y la desastrosa traición de la Comintern a la clase obrera alemana, Trotsky declaró a la III Internacional muerta para la revolución proletaria y llamó a la fundación de una nueva internacional, la IV. Cinco años de lucha contra adversidades increíbles —desde la represión estatal hasta las traiciones estalinistas y las victorias fascistas— condujeron al congreso fundacional de la IV Internacional en 1938. Su documento seminal, conocido como el Programa de Transición, hizo una promesa orgullosa y desafiante: reunir a las fuerzas internacionalistas bajo una bandera clara en vísperas de la Segunda Guerra Mundial y cohesionar a aquellos cuadros que, aunque pocos en número, eran sin embargo la “esperanza del porvenir”.

Trágicamente, la IV Internacional no cumpliría esta promesa. La guerra casi destruyó a la organización. Los fascistas y los estalinistas asesinaron a innumerables camaradas —empezando por el propio Trotsky, en esta misma ciudad—, que habían luchado heroicamente en condiciones terribles. Y, al salir de la guerra, la IV Internacional se enfrentó a un mundo que no podía comprender, con la mayoría de sus partidos reducidos a pequeños grupos.

Para 1953, la IV Internacional se había escindido fatídicamente. Y las facciones resultantes se dividirían a su vez una y otra vez, casi siempre en disputas confusas y oscuras. Si nos adelantamos en el tiempo, veremos que para el momento presente han surgido al menos 71 tendencias internacionales rivales diferentes que reclaman la herencia del trotskismo, de las cuales al menos 35 siguen existiendo (según la investigación del camarada Markov). Y cada una de estas corrientes se proclama a sí misma la verdadera continuadora del trotskismo frente a todas las demás, a las cuales considera “revisionistas”. Éstos son síntomas de un movimiento en crisis, que debemos comprender si queremos unir a las fuerzas revolucionarias hoy en día.

Han pasado ochenta y ocho años desde el congreso fundacional de la IV Internacional. El mundo ha cambiado enormemente: desde el surgimiento de nuevos estados obreros hasta la destrucción contrarrevolucionaria de la URSS. Sin embargo, las mismas cuestiones que quebraron a cuadros mucho más experimentados nos acechan una vez más. La hegemonía estadounidense, que se estableció cuando los trotskistas emergían de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, está ahora en declive y arremete al nivel mundial para mantener su posición. Las fuerzas nacionalistas, empujadas al conflicto con el imperialismo estadounidense, ejercen una poderosa atracción sobre los pueblos oprimidos. El principal contrapeso al imperio estadounidense es el Partido Comunista de China —el mismo partido cuyo ascenso al poder en 1949 desorientó tan profundamente a la IV Internacional—. Y el movimiento revolucionario se encuentra hoy en un estado aún más profundo de debilidad, desorientación y aislamiento respecto a la clase obrera. O aprendemos de esta historia o estamos condenados a repetirla.

Historia y método

Génesis del pablismo
 

Artículo de 1972 que presentaba el análisis espartaquista sobre la degeneración de la IV Internacional.

¿Cómo podemos aprender de la historia cuando el movimiento trotskista es incapaz de contar la propia? Para los antipablistas, Michel Pablo —al que retratan como un villano casi caricaturesco— destruyó por sí solo a la Internacional cuando repentinamente se pasó al oportunismo. Para los defensores de Pablo, Cannon y Healy no eran más que dogmáticos estériles, anclados en sus ideas. Para la tendencia de Workers Power, los “epígonos”, quienes abandonaron la doctrina de Trotsky, fueron los que destruyeron la Internacional. La Internacional Comunista Revolucionaria (ICR) predica que sólo Ted Grant entendía la dialéctica, mientras que todos los demás la ignoraban. Y el texto de nuestra propia tendencia, “Génesis del pablismo” (1972), insistía —a pesar de algunas observaciones válidas— en que Cannon mantuvo viva la llama de la “continuidad revolucionaria”, aunque se aferrara a una ortodoxia estéril.

Para la mayoría de los militantes jóvenes de hoy, la historia de la IV Internacional se presenta como una maraña incomprensible de disputas oscuras. Y si parece incomprensible es porque lo es —al menos con este método—. La historia se reduce a traiciones personales y defectos sicológicos, con las distintas tendencias discutiendo sobre quién escribió qué en algún artículo o boletín interno de hace décadas. Esta confusión no es casual. Es un reflejo de la crisis de nuestro movimiento. Cada tendencia escribe la historia desde el punto de vista de su propia existencia, buscando crear una línea ininterrumpida de ortodoxia que convenientemente termina en su propio grupito como el único “heredero legítimo” del trotskismo. Por eso nada tiene sentido. Sin embargo, para quienes están fuera del movimiento trotskista, lo que es patentemente obvio es que todo nuestro movimiento ha estado en crisis desde 1945.

¿Quién tiene razón y cómo determinarlo? El estudio de la IV Internacional plantea a quemarropa la pregunta: ¿qué es la dirección revolucionaria? No podemos juzgar a las organizaciones que se proclaman revolucionarias por la pureza programática sobre el papel, por las cualidades personales de sus dirigentes, ni siquiera por la precisión de sus pronósticos. La verdadera valía revolucionaria de una tendencia se pone a prueba concretamente en el curso de los grandes acontecimientos: ¿impulsó una línea de lucha que promoviera los intereses de la clase obrera en su conjunto o se convirtió en herramienta de otra clase?

Esto no es una abstracción. El periodo de la posguerra fue testigo del nacimiento del imperio estadounidense y del inicio de la Guerra Fría contra la URSS. Fue testigo de cómo el Ejército Rojo liquidó a las clases capitalistas en la mitad de Europa. Fue testigo de revoluciones sociales de masas dirigidas por fuerzas estalinistas en Yugoslavia, China y Corea. Y fue testigo de una ola titánica de levantamientos coloniales dirigidos por nacionalistas. Éstas son las pruebas. La pregunta que hay que plantearse para evaluar a los revolucionarios es: ¿fueron capaces de situarse del lado correcto de las barricadas? Y, de ser así, ¿propusieron una estrategia independiente para impulsar genuinamente estas luchas, una capaz de arrancar a las masas de sus dirigentes no revolucionarios?

Desde este punto de vista, resulta obvio que ninguna de las tendencias de la IV Internacional estuvo a la altura de este desafío. Esto no significa que ninguna tendencia específica haya podido, en algún momento concreto, intervenir de manera revolucionaria. Y ciertamente no niega la valentía y la determinación de miles de militantes que lucharon sinceramente por la IV Internacional y, en ocasiones, pagaron por ello con sus vidas. Sin embargo, para asegurarnos de que sus sacrificios no sean en vano, debemos desarrollar una explicación coherente del colapso de nuestro movimiento, una que rechace las fábulas faccionales interesadas y vaya directamente a la raíz de la crisis de nuestro movimiento.

Libros: Cada tendencia escribe la historia desde el punto de vista de su propia existencia, buscando crear una línea ininterrumpida de ortodoxia que convenientemente termina en su propio grupito
 

“Cada tendencia escribe la historia desde el punto de vista de su propia existencia, buscando crear una línea ininterrumpida de ortodoxia que convenientemente termina en su propio grupito”.

Tesis

La tarea central que se planteaba en el mundo de la posguerra era la lucha contra el imperio estadounidense. La tarea de los trotskistas era proponer una estrategia internacionalista y revolucionaria para derrotarlo en oposición a las estrategias de los estalinistas y los nacionalistas, las principales fuerzas que dirigían a los obreros y los oprimidos.

Ni los pablistas ni los antipablistas fueron capaces de hacerlo. Después de la guerra, el movimiento se replegó en los dogmas rígidos de antes de la guerra. Como voy a explicar, esta ortodoxia estéril engendró estalinofobia, la cual, en el fragor de la Guerra Fría, generó una reacción brusca en la dirección opuesta: la liquidación en el estalinismo y el nacionalismo —lo que se llamará “pablismo”—. En última instancia, dado que ninguna de estas corrientes pasó la prueba, ninguna pudo justificar la existencia independiente del trotskismo como una fuerza política viva y necesaria para la clase obrera en la era de la posguerra. Ésta es la causa fundamental de la escisión de 1953, así como de la sucesión interminable de escisiones en grupos cada vez más pequeños.

Entonces, ¿deberíamos simplemente desechar este legado? Esto sólo garantizaría la repetición de los mismos errores. Cada tendencia de la IV Internacional reflejaba una parte de la realidad social y contenía una pizca de verdad. Los pablistas entendieron que los revolucionarios debían vincularse con las masas, particularmente en los movimientos de liberación nacional. En cuanto a los antipablistas, entendieron que había que defender el programa marxista frente al callejón sin salida del nacionalismo y el estalinismo. Ambos tenían razón, pero a ambos les faltaba un método capaz de combinar estos elementos, que es la esencia de la dirección revolucionaria. Fracturado en dos mitades, el movimiento quedó condenado a una falsa disyuntiva entre la liquidación oportunista y el aislamiento sectario.

Hoy no puedo contar toda la historia de la IV Internacional. Pero lo que sí puedo hacer es intentar sacar algunas lecciones políticas vitales necesarias para nuestras tareas.

El mundo de la posguerra

Hiroshima, 1945
Archivo de Historia Universal/UIG

Hiroshima, 1945: el lanzamiento de la bomba atómica fue la señal de inicio de la hegemonía de posguerra del imperialismo estadounidense.

El fin de la Segunda Guerra Mundial abrió un nuevo capítulo en la historia. Y también hizo trizas el manual en el que el movimiento trotskista se había basado durante más de una década. Los cuadros trotskistas llegaron a 1945 armados con un pronóstico derivado de la época anterior a la guerra. La IV Internacional había previsto que una profunda crisis económica estallaría, que la burocracia soviética colapsaría y que los partidos estalinistas y socialdemócratas se desacreditarían rápidamente conforme traicionaran la ola revolucionaria que estallaría en la posguerra. Sin embargo, la historia tomó un curso imprevisto.

Mientras el teatro diplomático temporal de Yalta y Potsdam enmascaraba inicialmente el nuevo orden mundial — con la URSS colaborando con sus aliados para repartirse el mundo y aplastar las oportunidades revolucionarias—, un profundo cambio estructural estaba sucediendo. El lanzamiento de la bomba atómica y el dominio absoluto de EE.UU. sobre todas las demás potencias capitalistas marcaron el fin de las rivalidades interimperialistas multipolares. En su lugar, se erigió el imperio estadounidense.

A través de su dominio financiero, industrial y militar, Estados Unidos reconstruyó a las antiguas potencias imperiales (Japón y Alemania, así como Francia y Gran Bretaña) y las unificó bajo su dirección. En lugar de hundirse en una crisis económica, EE.UU. fue capaz de movilizar sus enormes recursos propios y los provenientes del saqueo del resto del mundo para sostener la economía capitalista mundial y reconstruir la democracia burguesa en Europa. Todo esto con un único propósito: enfrentar y destruir a la Unión Soviética.

El ejército soviético libera Berlín, mayo de 1945.
Yevgeny Khaldei/DPA

El ejército soviético libera Berlín, mayo de 1945.

Por otro lado, la burocracia soviética salió de la guerra enormemente fortalecida. El Ejército Rojo ocupaba la mitad de Europa y los partidos comunistas contaban con la lealtad de millones de obreros. Si bien una ola revolucionaria sí estalló en Europa Occidental, los estalinistas la sofocaron rápidamente. En cambio, el centro de gravedad de las luchas revolucionarias se desplazó hacia el mundo colonial, donde se desarrolló una ola de enormes levantamientos que duró décadas, aprovechando el vacío que había dejado la derrota de Japón y el declive de los antiguos imperios británico y francés. Estas revueltas de millones de personas no buscaron a sus líderes en los pequeños grupos de la IV Internacional, sino en las poderosas fuerzas estalinistas y nacionalistas.

Hubo excepciones a esto en Bolivia, Sri Lanka y Vietnam, donde los trotskistas lograron ganar influencia entre las masas. Pero no abordaré estos casos particulares, ya que requieren un estudio aparte.

La gran desorientación

Cannon, Pablo, Mandel
Pathfinder; Dick Coersen/ANP/Redux; Penta Springs Limited

De izquierda a derecha: James P. Cannon, Michel Pablo, Ernest Mandel.

La mayoría de los partidos de la IV Internacional se hallaron aislados y profundamente desorientados. Los líderes del movimiento —desde Michel Pablo y Ernest Mandel, que salieron de la clandestinidad en Europa, hasta James P. Cannon en Estados Unidos— se mostraron incapaces de conciliar esta nueva realidad con el texto literal del Programa de Transición de 1938. En lugar de responder a los nuevos problemas con nuevas respuestas, se aferraron a predicciones obsoletas y se replegaron en una ortodoxia defensiva y rígida. Año tras año, los documentos y resoluciones oficiales predecían obstinadamente un colapso económico inminente, el auge del bonapartismo en Europa y la inminente Tercera Guerra Mundial, completamente ciegos a la estabilización capitalista que se estaba produciendo en Europa.

Esta desorientación paralizó su estrategia hacia las masas. Los dirigentes de la IV Internacional asumieron mecánicamente que las traiciones de los estalinistas llevarían automáticamente a las masas a las filas de la IV Internacional. Todo lo que se necesitaba era denunciar las traiciones estalinistas, pasadas y presentes, y plantear demandas de transición —que se formulaban de manera formalista como la solución a todos los problemas— y listo.

Las tesis de 1946 de la Segunda Conferencia Internacional proclamaban:

“El crecimiento de las filas de las organizaciones tradicionales en Europa, sobre todo de los partidos estalinistas, reflejaba la primera etapa de radicalización de las masas, y ésta ha alcanzado ahora su punto álgido en casi todas partes. La fase de declive está comenzando”.

—“La nueva paz imperialista y la construcción de los partidos de la Internacional”

En EE.UU., el documento central de 1946 del Socialist Workers Party (SWP), “Tesis sobre la Revolución Estadounidense”, pronosticaba un colapso económico y explosiones de la clase obrera, ignoraba por completo al Partido Comunista y predecía éxitos ininterrumpidos para el SWP. El Partido Bolchevique-Leninista de India luchaba contra el Partido del Congreso de Gandhi asumiendo que, dado su carácter burgués, éste nunca podría liberar a la India del dominio británico, una línea que pronto enfrentaría un golpe de realidad. En Palestina, la IV Internacional no se puso del lado de las fuerzas árabes durante la Nakba (ver “Los marxistas y Palestina: Cien años de fracasos”, Spartacist No. 43, octubre de 2024).

Atrapada en una ortodoxia estéril, la IV Internacional fue incapaz de comprender cómo la Guerra Fría estaba obligando a los líderes estalinistas y nacionalistas a enfrentarse al imperio estadounidense y sus socios imperiales. Como no podían comprender esta dinámica viviente, descartaron el apoyo que las masas daban a estas direcciones como una mera confusión subjetiva y temporal. Incapaz de abordar las contradicciones reales dentro de estos movimientos, la Internacional se replegó en un marco abstracto y eurocéntrico, apoyando de dientes para afuera la revolución colonial mientras permanecía políticamente ciega ante su verdadero significado y sus tareas específicas.

Advertencias ignoradas: Morrow y Grant

Hubo varios cuadros que intentaron desafiar este marco estéril, en particular la facción de Goldman-Morrow dentro del SWP estadounidense y el Revolutionary Communist Party (RCP) británico.

En contra de la mayoría del SWP, Felix Morrow argumentó que el imperialismo estadounidense estaba invirtiendo recursos masivos en Europa, lo cual estaba estabilizando el capitalismo y refutaba las predicciones catastrofistas de la Internacional. Aunque sus adversarios lo tacharon de “derechista” y lo acusaron de querer liquidar el programa socialista a favor de las demandas democráticas, Morrow en realidad estaba combatiendo la perspectiva maximalista del movimiento. Al reconocer un resurgimiento real de las ilusiones democráticas entre los obreros europeos, insistió en que las demandas democráticas eran vitales para competir con los partidos socialdemócratas y comunistas de masas:

“El problema de problemas es arrancar a las masas del PS y el PC. La forma de hacerlo es a través de las cuestiones políticas vitales que realmente surgen y que parecen vitales para las masas, y no a través de las cuestiones que nosotros consideramos vitales”.

—“European perspective and policies” (Perspectivas y política europeas, julio de 1945)

Al menos esto tuvo el mérito de plantear las tareas en el terreno correcto. Pero los dirigentes de la Internacional respondieron principalmente con rigidez, contraponiendo las demandas democráticas a las socialistas. Fue esta esterilidad la que empujó a Morrow hacia Max Shachtman y lo condujo a rechazar la defensa de la URSS en 1946 y a su expulsión ese mismo año. El punto no es que Goldman y Morrow tuvieran razón. Es cierto que se inclinaron hacia las ilusiones democrático-burguesas y también que adoptaron una postura sionista con respecto a Palestina. Pero sí apuntaron a problemas reales que, de haberse debatido y resuelto adecuadamente, podrían haber reorientado a la Internacional.

Jock Haston y Ted Grant, del RCP británico, también lucharon contra el análisis erróneo de la Internacional. En la Conferencia de 1946 y en el Congreso Mundial de 1948, el RCP presentó extensas enmiendas que identificaban correctamente las primeras etapas del auge de la posguerra. Grant refutó las perspectivas apocalípticas de la Internacional, caracterizando —correctamente, en mi opinión— la situación en Europa como una contrarrevolución en forma democrática. Por estas ideas, Healy maniobró para aislar a Grant y sus correligionarios y, finalmente, los purgó.

Sin embargo, al leer hoy la crítica de Grant, llama la atención cómo refleja el mismo método académico que afecta a la ICR, heredera actual de Ted Grant. Para Grant, como para la ICR, las perspectivas lo eran todo. La política se reducía a un ejercicio intelectual de análisis, y sus perspectivas casi nunca derivaban en tareas políticas concretas. Grant tenía razón sobre el auge económico de la posguerra, pero ¿qué significaba eso concretamente para las tareas del partido? Nunca lo explicó con claridad. Más tarde, Grant describiría, en gran parte correctamente, los procesos que permitieron a los partidos comunistas yugoslavo y chino tomar el poder. Sin embargo, su análisis nunca respondió a la pregunta más fundamental: ¿qué deberían hacer los trotskistas?

La derrota de la tendencia de Goldman-Morrow y del RCP británico sólo llevó a redoblar la apuesta por un rumbo estéril. En el SWP, las “Tesis sobre la Revolución Estadounidense” de Cannon fueron adoptadas en la misma convención en la que se produjo el enfrentamiento final con Morrow.

La estalinofobia y el “Tercer Campo”

En Lecciones de Octubre (1924), Trotsky advirtió: “Un partido desvinculado de las tareas históricas de su clase se convierte o corre riesgo de convertirse en instrumento indirecto de las demás”. Esto es precisamente lo que le sucedió a la IV Internacional entre 1945 y 1948. Incapaz de comprender que la tarea de la época era la lucha contra el imperio estadounidense en la Guerra Fría y de entender el origen de la influencia estalinista, el método estéril de la IV Internacional la llevó a capitular con frecuencia ante la creciente ofensiva antisoviética del campo democrático-imperialista dirigido por EE.UU.

En primer lugar, ya en 1946, la IV Internacional exigió la retirada inmediata de las tropas soviéticas de Europa del Este. En el contexto del cerco estadounidense, esto interpretaba de manera completamente errónea la principal línea de batalla. Dondequiera que el Ejército Rojo se retiró —como en Irán y Austria—, el imperialismo estadounidense intervino de inmediato. Lo que esta consigna también ignoraba era el carácter profundamente contradictorio del Ejército Rojo. Sin duda, la burocracia soviética lo utilizó para cometer crímenes contra la clase obrera, los cuales debían ser denunciados. Pero, como puño armado de la Unión Soviética, el Ejército Rojo también infundía terror en las clases capitalistas locales. Exigir su retirada unilateral no contribuía al desarrollo de levantamientos revolucionarios, sino que sólo habría favorecido al imperialismo occidental, así como a los capitalistas y los reaccionarios locales.

En segundo lugar, en los sindicatos, dadas las muy reales traiciones y violencia de los estalinistas, las intervenciones de los trotskistas a menudo degeneraban en bloques oportunistas con elementos “democráticos” y pro imperialistas. En Francia, el Parti Communiste Internationaliste (PCI) mantuvo un bloque con la dirección del sindicato Force Ouvrière, una escisión anticomunista de la central sindical CGT, dirigida por el PC. En Estados Unidos, el SWP formó repetidamente bloques con burócratas pro Partido Demócrata en contra del PC durante las purgas anticomunistas. Esto contribuyó a desacreditar a los trotskistas a los ojos de los obreros comunistas, al asociarlos con fuerzas antisoviéticas y pro imperialistas.

Manifiesto del II Congreso Mundial equipara al imperialismo de EE.UU. y a la URSS.
 

Manifiesto del II Congreso Mundial equipara al imperialismo de EE.UU. y a la URSS.

En tercer lugar, el manifiesto principal del II Congreso Mundial de 1948 se tituló “Contra Wall Street y el Kremlin”. En plena Guerra Fría, ésta era una posición totalmente “tercercampista”, que equiparaba al imperialismo estadounidense con la URSS. Si bien los documentos del Congreso mantenían en general la posición de defender a la URSS, hablaban de la Guerra Fría en los términos más neutrales. Bajo una inmensa presión de la burguesía democrática, prominentes corrientes internas —como la facción de Johnson-Forest, Tony Cliff e incluso Natalia Sedova (la viuda de Trotsky)— declararon abiertamente que la URSS se había vuelto “capitalista de estado” o “imperialista” y renegaban de su defensa.

Aferrada a sus dogmas, la Internacional pasó los años previos a 1948 afirmando que era imposible que movimientos dirigidos por estalinistas llevaran a cabo algún tipo de derrocamiento social. En China, mientras las fuerzas comunistas de Mao infligían una derrota tras otra al partido nacionalista Guomindang, la IV Internacional insistía en que el Partido Comunista sólo era capaz de traicionar. Peor aún, los trotskistas chinos abogaban por un alto al fuego en la guerra civil y, de hecho, ¡se oponían a la victoria de las fuerzas comunistas! En Europa del Este, mientras el Ejército Rojo liquidaba sistemáticamente a las clases dominantes, la IV Internacional se empeñó aún más en negar la realidad, insistiendo en el Congreso de 1948 en que esos estados seguían siendo plenamente capitalistas. El temor a que aceptar la realidad condujera a una conciliación al estalinismo paralizaba a los camaradas.

Por todas estas razones, es absurdo afirmar que la IV Internacional fuera de alguna manera “revolucionaria” antes del surgimiento del “pablismo”, como solíamos argumentar. Y como también argumenta Workers Power, debo decir. Dado que el material humano para construir partidos revolucionarios se encontraba dentro de las organizaciones de masas estalinistas y nacionalistas combativas, el rumbo estéril y estalinofóbico de la IV Internacional sólo garantizó su desorientación y su aislamiento.

1948: El año en que todo cambió

Retratos de Stalin y Tito en una marcha durante la posguerra en Belgrado.
Alamy

Retratos de Stalin y Tito en una marcha durante la posguerra en Belgrado.

Unas semanas después del Segundo Congreso Mundial de 1948, el panorama geopolítico se hizo añicos: Stalin denunció públicamente a Tito, el líder del Partido Comunista de Yugoslavia. Hasta entonces, el movimiento trotskista sólo conocía al estalinismo como un bloque monolítico totalmente controlado por Moscú. Ahora, en cambio, un partido estalinista de masas denunciaba de repente a Stalin, tomando prestado lenguaje del trotskismo y colocando a Yugoslavia al centro de la política mundial. Esto supuso una profunda conmoción.

Además, un análisis más detallado de lo que había sucedido en Yugoslavia durante y después de la guerra reveló algo bastante extraordinario. Mientras que el Ejército Rojo había expropiado burocráticamente al capitalismo desde arriba en Europa del Este, un auténtico y masivo levantamiento de obreros y campesinos —dirigido por un partido estalinista, independientemente de Moscú— derrocó el capitalismo yugoslavo. Ésta fue un segunda gran sacudida, una muy difícil de entender o de aceptar para cualquiera que se aferrara a dogmas estériles.

Las ondas de choque continuaron: un año después, en 1949, el PCCh entró a Beijing y Mao proclamó la fundación de la República Popular China. Un ejército compuesto principalmente por campesinos derrocó el capitalismo y unificó el país tras un siglo de humillación y saqueo imperialista. Ésta fue, sin duda, la revolución más trascendental de la historia después de la Revolución Rusa. Sin embargo, la IV Internacional había augurado dogmáticamente que el PCCh no podría hacer más que traicionar, ¡lo que ponía a nuestros camaradas en el terreno del lado equivocado de la historia!

Poco después, en 1950, el Ejército Popular de Corea, dirigido por los estalinistas, avanzó hacia Corea del Sur, desatando la Guerra de Corea y planteando la extensión de la revolución social a toda la península. Esto condujo a un enfrentamiento directo entre el imperialismo estadounidense y la República Popular China. El SWP estadounidense vaciló y no se puso del lado de Corea del Norte en los primeros meses de la guerra.

Aunque dirigidas por fuerzas estalinistas, estas transformaciones fueron golpes monumentales al imperialismo y victorias rotundas para los oprimidos. Pero también fueron una catástrofe teórica para la IV Internacional. El movimiento se encontró completamente aislado de las revoluciones de su época, incapaz de comprenderlas. Peor aún, las fuerzas que dirigían estas victorias históricas eran precisamente las que los trotskistas habían descartado durante años como meros traidores. Fue esta aguda crisis la que llevó a Michel Pablo a impulsar un giro radical en la Internacional; es decir, el “pablismo”.

¿Qué es el “pablismo”?

En su famoso documento de 1951, “¿Adónde vamos?”, Michel Pablo argumentó que pronto estallaría una guerra mundial entre el campo imperialista y el bloque soviético. A principios de la década de 1950, con la Guerra de Corea todavía en curso, esto no era tan descabellado. Pablo caracterizó este conflicto inminente como una “guerra-revolución”, en la que la presión combinada del imperialismo occidental y la movilización de las masas obligaría a los partidos comunistas a luchar por el poder —tal como lo habían hecho en Yugoslavia o en China—. Pero esta predicción en sí misma no fue lo que realmente generó controversia en la Internacional.

Lo que desencadenó una controversia explosiva fueron las conclusiones a las que llegó Pablo. Convencido de que la ventana histórica se estaba cerrando, buscó romper drásticamente con el rumbo anterior de estalinofobia e impulsó el mayor acercamiento posible a los partidos estalinistas y nacionalistas de masas, formalizando la táctica del entrismo sui generis. Se trataba de un entrismo de un nuevo tipo: los trotskistas debían ingresar a estas organizaciones de masas no como una maniobra táctica rápida con el fin de escindirlas, sino por un periodo prolongado, con el objetivo de impulsar el desarrollo revolucionario interno que según él estaba ocurriendo dentro de esos partidos.

Décadas de mitología faccional han confundido totalmente este debate. Para entender lo que sucedió después, debemos hacer una pausa, desenredar políticamente este embrollo y preguntarnos con honestidad: ¿qué tuvo de correcto y qué tuvo de incorrecto el giro de Pablo?

Los críticos de Pablo

Voy a hacer algo bastante peligroso y sin precedentes aquí. Voy a defender a Pablo en varios puntos. Es esencial romper con los dogmas rígidos del bando antipablista tradicional, que nuestra propia tendencia ha repetido en algunos casos. Pablo intentaba lidiar con la vida real; su error fatal fue sacar conclusiones no revolucionarias.

La “teoría de los bloques”: Los antipablistas armaron un gran alboroto, denunciando a Pablo por ver el mundo a través del prisma de los dos campos: el campo imperialista dirigido por EE.UU., por un lado, y el campo de la URSS y la revolución colonial, por el otro. Los antipablistas afirmaban que Pablo estaba borrando la lucha de clases fundamental entre la burguesía y la clase obrera. Ésta fue una crítica rígida y no dialéctica. Durante la Guerra Fría, el antagonismo concreto entre el imperialismo estadounidense y el bloque soviético refractaba objetivamente la lucha de clases global —al igual que hoy el antagonismo entre Estados Unidos y China refracta la lucha de clases—. Esto no significa que la lucha de clases deje de existir dentro de estos bloques. La realidad social está compuesta por múltiples capas. Pero negar que el mundo era una lucha entre los campos imperialista y soviético en nombre de una línea de batalla “pura” entre la burguesía y los obreros conduce inmediatamente al “tercercampismo”, que siempre termina siendo una capitulación al imperialismo.

Siglos de estados obreros deformados: Se ha escrito mucho sobre la famosa cita de Pablo:

“En todo el periodo histórico de la transición del capitalismo al socialismo, un periodo que puede extenderse por siglos, nos encontraremos con un desarrollo de la revolución mucho más tortuoso y complicado de lo que previeron nuestros maestros —y con estados obreros que no serán normales, sino necesariamente bastante deformados”.

—“Sobre la naturaleza de clase de Yugoslavia” (septiembre de 1949)

Uno puede estar en desacuerdo con el cronograma específico de Pablo. Y al escribir sobre esto, Pablo sí concedía a la burocracia estalinista un papel históricamente progresista —un punto al que volveré más adelante—. Pero Pablo destacaba principalmente que la transición del capitalismo al socialismo estaba resultando mucho más compleja de lo esperado, generando procesos revolucionarios que no encajaban perfectamente en las normas establecidas de Octubre de 1917. Esto era, y es, cierto. Pablo también argumentó que las victorias de las revoluciones anticapitalistas, incluso si las dirigían partidos estalinistas, estaban profundizando la crisis interna del estalinismo —lo cual también es cierto—.

Entrismo sui generis: Muchos vieron en esto una prueba definitiva de liquidacionismo. Pero era totalmente correcto que pequeños grupos de propaganda buscaran ingresar a organizaciones de masas estalinistas o nacionalistas, incluso con una perspectiva de largo plazo. Si esto era posible o cómo debía hacerse depende de las circunstancias concretas. Pero Pablo impulsó esto explícitamente en contra del rumbo estalinofóbico del periodo anterior, y las acusaciones de “liquidación” eran a menudo una mera defensa de aquél. Si la materia prima de la vanguardia se encontraba dentro de los partidos comunistas o de los movimientos de liberación colonial, mientras que la IV Internacional contaba sólo con fuerzas reducidas, entonces era vital tener una perspectiva de ingreso. El problema no era la táctica; era su justificación política.

La naturaleza del estalinismo: Muchos acusaron a Pablo de revisar la naturaleza del estalinismo. Sin duda lo hizo, pero no siempre de la manera que afirmaban los antipablistas. La principal línea de ataque de la mayoría del SWP contra los pablistas era el mantra: “el estalinismo es contrarrevolucionario hasta la médula”. Workers Power, aunque afirmaba que tanto los pablistas como los antipablistas estaban equivocados, también sostenía que: “Dondequiera que ocurran y cualquiera que sea la forma que adopten, las revoluciones sociales burocráticas estalinistas son contrarrevolucionarias” (The Degenerated Revolution [La revolución degenerada], 1982). Semejantes formulaciones no son sólo desorientadoras; son falsas.

Izquierda: soldados chinos y coreanos. Mao Zedong.
Sovfoto; Alamy

Izquierda: soldados chinos y coreanos festejan tras derrotar un ataque de las fuerzas estadounidenses, Corea, 1953. Derecha: Mao Zedong proclama la fundación de la República Popular China, 1949. La Revolución China desorientó profundamente a los trotskistas.

¡El derrocamiento de un estado capitalista, la destrucción del latifundismo, la expulsión del imperialismo —incluso si se llevan a cabo bajo control burocrático— son todo lo contrario de contrarrevolucionarios! Son sumamente progresistas. Además, en China, Yugoslavia, Vietnam, etc., las revoluciones sociales fueron producto de poderosos levantamientos revolucionarios de las masas, que empujaron a los líderes estalinistas a ir mucho más allá de lo que ellos querían. Si bien Pablo embelleció esas fuerzas, sus oponentes simplemente ignoraron las profundas y vivas contradicciones dentro de esos movimientos. Tachar a las revoluciones sociales de “contrarrevolucionarias” fue simplemente una forma perezosa de evadir el problema en vez de resolverlo. También fue la forma más segura de garantizar el aislamiento y el descrédito de los trotskistas.

Capitulación ante Tito: Sin duda, Pablo capituló ante Tito. Lo mismo hicieron Healy y Cannon. Pero los críticos que se apresuraron a señalar esto, como Ted Grant (o nuestro propio folleto posterior sobre el tema, escrito por el camarada Jan Norden), por lo general no tenían una orientación hacia la revolución yugoslava. La caracterización de la ruptura entre Tito y Stalin como una lucha entre dos burocracias —que es lo que fue— se utilizó a menudo como excusa para la abstención. Pablo tenía razón al tratar de influir en el PC yugoslavo, incluida su cúpula, y enviarle cartas abiertas. Esto ocurrió en medio de una situación revolucionaria en desarrollo, en un momento en que la burocracia aún no se había consolidado por completo. La cuestión era precisamente qué decirle al PC yugoslavo; y ahí fue donde Pablo sin duda se equivocó.

Se podría decir más. Pero lo que quiero recalcar es que Pablo no era simplemente un oportunista “químicamente puro” que buscaba conscientemente destruir el trotskismo. Sus críticos, con frecuencia, revisaban los principios básicos del trotskismo en igual medida.

Qué hay de malo en el pablismo

Entonces, ¿qué tenía de malo exactamente el pablismo? Desde nuestra reorientación, a menudo nos han acusado de ser neopablistas. Pero estas acusaciones sólo demuestran que quienes las lanzan no entienden qué es realmente el pablismo.

Todo el análisis de Pablo se basaba en la noción de que “los partidos comunistas conservan la posibilidad, bajo determinadas circunstancias, de esbozar toscamente una orientación revolucionaria”. En esas situaciones, argumentaba, esos partidos “dejarían de ser partidos estrictamente estalinistas”. Ahí está el meollo del revisionismo que le quitaba al trotskismo toda su razón de ser.

La historia ha demostrado que, bajo ciertas condiciones específicas —un levantamiento revolucionario de las masas, una enorme presión del imperialismo, la debilidad de la burguesía local, etc.—, los partidos estalinistas, e incluso organizaciones nacionalistas pequeñoburguesas, pueden ir mucho más allá de los objetivos de su dirección, luchar por el poder e incluso romper con el capitalismo. Esto es, sin duda, un acto revolucionario. Pero no es una “orientación revolucionaria”. Se trata de una formulación ambigua que utilizaron Pablo y otros para argumentar, en esencia, que esos partidos comunistas se habían vuelto revolucionarios.

El problema es el siguiente: la toma del poder en un país no completa la revolución, sino que sólo la inicia. Mientras subsista el imperialismo, las conquistas de un solo país seguirán sujetas a la asfixia imperialista y a la amenaza de ser echadas atrás. Por lo tanto, una orientación revolucionaria no puede ser otra cosa que una estrategia consciente para la revolución mundial. Para eso se construyó la Comintern en sus inicios.

Y éste no es el camino que seguían los partidos comunistas chino, yugoslavo o coreano. No “dejaron de ser partidos estalinistas”. Pablo redujo el estalinismo al acatamiento de las órdenes de Moscú. Esto no es lo que es el estalinismo fundamentalmente. El estalinismo es la subordinación de la revolución mundial a la construcción del socialismo en un solo país, lo que conduce a buscar una ilusoria coexistencia pacífica con el imperialismo. Surge de los intereses de una capa privilegiada, separada de las masas y atrapada entre éstas y el imperialismo mundial.

Tito se apoyó en el imperialismo estadounidense contra la URSS, lo que lo llevó a su capitulación total en la Guerra de Corea. La política exterior del PCCh estaba orientada a preservar la República Popular China a costa de la revolución mundial, como se vio con la enorme presión que ejerció sobre el PC vietnamita para que aceptara la partición en 1954 o su posterior traición al PC indonesio.

Por supuesto, Pablo tenía razón al defender que se apoyara a estas revoluciones. Tenía razón al argumentar que los trotskistas debían vincularse con las masas dirigidas por estalinistas, incluso mediante tácticas de entrismo. Lo que resultó funesto en sus tácticas fue que todas ellas no estaban motivadas por la necesidad de construir una corriente revolucionaria en su seno, sino por la ilusión de que el “proceso objetivo” empujaría a los partidos comunistas a volverse revolucionarios. Esta noción se extendió rápidamente a todo tipo de fuerzas, desde el MNR boliviano hasta Ben Bella en Argelia e ¡incluso al ala izquierda del Partido Laborista!

Esto planteó la incómoda pregunta: ¿qué sentido tenía entonces el trotskismo? Si Tito y Mao habían proyectado básicamente una “orientación revolucionaria”, si otros partidos comunistas e incluso formaciones nacionalistas harían lo mismo, ¿qué nos diferenciaría de ellos?

Lo que la IV Internacional solía plantear era la democracia obrera y la legalización de los partidos trotskistas. Pero la consigna de la democracia obrera por sí sola no constituye una contraposición fundamental al estalinismo, ni es una justificación histórica para una tendencia separada del movimiento comunista. Lo mismo ocurre en los sindicatos. La demanda de democracia obrera, aunque crucial, adquiere un significado revolucionario sólo como parte de una estrategia internacionalista más amplia. La razón fundamental por la que una burocracia no puede tolerar la libre expresión de la clase obrera es porque busca mantener sus privilegios, así como conciliar con el imperialismo a costa de la clase obrera. Permítanme citar a alguien:

“La justificación histórica de nuestro movimiento no reside en el hecho de que sea más democrático que el estalinismo, de que haga la revolución con menos gastos generales o de que sea el único capaz de construir una sociedad socialista. Su única justificación posible, confirmada por tres dramáticas décadas, reside en la incapacidad del estalinismo para derrocar al capitalismo mundial”.

Estas palabras son de Ernest Mandel en sus famosas “Diez tesis” de 1951. ¡Son absolutamente correctas! Pero los partidarios de Pablo las utilizaron para defender su línea de apoyo a Tito y Mao, quienes habían “dejado de ser estalinistas”.

Todo el problema se reduce al hecho de que el trotskismo no tenía una respuesta fundamental al estalinismo tal como existía en el periodo de la posguerra. Por lo tanto, no pudo hacer ninguna contribución decisiva al movimiento revolucionario.

Y, una vez más, volvemos al punto que he estado planteando a lo largo de esta presentación. La tarea de la época era derrotar al imperio estadounidense. La única forma coherente en que la IV Internacional podía desafiar a Tito, a Mao, a todos los partidos comunistas y a los líderes nacionalistas era en el terreno de la revolución mundial. Esto no es una abstracción. Significaba desarrollar una estrategia seria que buscara defender los estados obreros basándose en la intensificación de la lucha de clases en el extranjero contra el imperialismo. Y desde este punto de vista, denunciar la acomodación de los partidos comunistas al imperialismo, así como sus estrategias estrechas y nacionalistas para defender las revoluciones a costa de los obreros, las minorías nacionales y el proletariado internacional.

Éste era el único camino para socavar a la burocracia, construir una corriente comunista genuina y preparar la revolución política. Y era el único camino que ofrecía al movimiento trotskista una coherencia real y un papel histórico: posicionándose como la facción antiimperialista más consistente del movimiento comunista, en la lucha mundial contra el imperio estadounidense.

La escisión de 1953

El movimiento trotskista por J. Markov (mapa completo en inglés)

Obviamente, esto no es lo que argumentaban las fuerzas antipablistas. En Francia, la mayoría del PCI, dirigida por Marcel Bleibtreu, fue la primera en luchar contra Pablo. Lo atacó en decenas de puntos, pero coincidía en el error estratégico fundamental. La mayoría francesa argumentó explícitamente que el Partido Comunista de China había dejado de ser estalinista y ridiculizó la idea del “estalinismo sin Stalin”. A lo que realmente se oponía era a la perspectiva inmediata y práctica de entrismo en el Partido Comunista Francés —un dictado organizativo que Pablo les impuso de manera burocrática y que condujo a la exclusión de la mayoría del PCI—.

En EE.UU., la escisión de 1953 se desarrolló a lo largo de líneas diferentes, aunque igualmente desorientadoras. La minoría de Cochran-Clarke adoptó plenamente las ideas objetivistas de Pablo, al tiempo que se oponía a la estalinofobia de la dirección de Cannon y trataba de abordar los desafíos reales que planteaba el periodo macartista. En respuesta, la mayoría del SWP se aferró aún más a una ortodoxia rígida. Defendió las “Tesis sobre la Revolución Estadounidense” de Cannon de 1946 como un texto casi místico y, como mencioné, libró una guerra interna bajo la consigna de que el estalinismo era contrarrevolucionario hasta la médula. Esta lucha no hizo más que profundizar la desorientación del SWP. Y, justo después de la expulsión de la minoría, ¡el SWP abandonó la IV Internacional sin siquiera molestarse en luchar dentro de ella!

Las secciones estadounidense, británica y francesa formarían el Comité Internacional. Nuestra tendencia ha afirmado que éste representó la continuidad revolucionaria —aunque, para ser justos, con una fuerte dosis de crítica—. La verdad, sin embargo, es que el Comité Internacional fue igualmente incapaz de ofrecer una respuesta marxista a las cuestiones fundamentales de nuestro movimiento.

Mientras Pablo seguía abiertamente los pasos de los movimientos estalinistas y nacionalistas, el Comité Internacional se replegó a un enfoque totalmente sectario, estéril y que negaba la realidad ante esos mismos movimientos. ¡Más tarde negó que hubiera ocurrido una revolución en Cuba! Y una de las acusaciones más contundentes contra esta escisión fue su geografía. Para 1953, la mayoría de los miembros de la IV Internacional probablemente se encontraba en el mundo colonial y semicolonial, en toda América Latina y en Asia. Sin embargo, al momento de su fundación, el grueso del Comité Internacional estaba en países imperialistas, mientras que la mayoría de los miembros en el mundo colonial y semicolonial se quedaron con Pablo.

Y ésta es la tragedia de la ruptura de 1953. El movimiento trotskista se dividió en dos mitades rotas, ninguna de las cuales pudo ofrecer una respuesta coherente y revolucionaria a las fuerzas estalinistas y nacionalistas en la lucha para derrotar al imperio estadounidense.

Conclusión

Man, Controller of the Universe (Mural de Diego Rivera)
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Mural de Diego Rivera de 1934, “El hombre controlador del universo”.

Concluiré brevemente. Algunos compañeros podrían preguntarse: sí, lo que dices parece correcto, pero ¿habría cambiado algo? Incluso con el mejor programa, ¿no se enfrentaban los trotskistas a una situación imposible, minúsculos frente a las enormes fuerzas estalinistas y nacionalistas?

Un programa no es una varita mágica. Dicho esto, lo más fácil en política es subestimar el poder de una orientación correcta, una que realmente corresponda al proceso histórico. Si la IV Internacional hubiera comprendido su tarea, al menos habría adquirido un propósito político y coherencia. Esto no la habría convertido de inmediato en un movimiento de masas. Pero se podrían haber evitado tantas luchas desorientadoras y destructivas, se podrían haber aprovechado enormes oportunidades y, lo que es más importante, a mediados de la década de 1950, cuando crecía el descontento con el estalinismo, miles de personas habrían encontrado un movimiento sólido y coherente al que sumarse.

La lección fundamental de esta historia es que un movimiento sin una brújula correcta está condenado al fracaso. Fundamentalmente, la IV Internacional se desintegró porque no logró comprender que la tarea central de la época era la lucha contra el imperio estadounidense. Y hoy, la gran mayoría del movimiento trotskista repite exactamente el mismo error: tildar a China de “imperialista” justo cuando el imperio estadounidense siembra guerra y destrucción a cada rincón del mundo. Y, por otro lado, muchos luchadores del Sur Global piensan que el Partido Comunista de China —que sólo ha facilitado la ofensiva estadounidense y desmoralizado a la clase obrera— es genuinamente revolucionario. ¡Éstas son precisamente las cuestiones que destrozaron a la IV Internacional!

La tarea actual de los revolucionarios consiste precisamente en darle una respuesta revolucionaria a esta polarización, en forjar el tipo de síntesis revolucionaria que nuestros antecesores no pudieron. La tarea radica en construir una corriente revolucionaria que pueda decir: ¡Con China contra EE.UU.! ¡Con el proletariado mundial contra las traiciones de la burocracia del PCCh!

Es así como podemos darle un significado renovado y más profundo a nuestra consigna: ¡Reforjar la IV Internacional, partido mundial de la revolución socialista!