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https://iclfi.org/spartacist/es/45/africa
Traducido de Africa Fragmenting (inglés), Spartacist (English edition) No. 71 ,

La siguiente presentación, editada para su publicación, fue dada por el camarada Jesse a nuestra IX Conferencia Internacional.

Para empezar con lo obvio, el continente africano es vasto. Existen muchas dinámicas diferentes en las distintas regiones y países, e incluso dentro de las distintas regiones de un mismo país. Para empeorar las cosas, nosotros, como tendencia, casi no hemos escrito nada sobre la mayoría de ellas. Teniendo en cuenta estas salvedades, el proceso de fragmentación que describe el documento de la conferencia (ver página 12) aborda una dinámica fundamental que da forma al continente. Una estadística resume el problema básico al nivel económico: menos del 15 por ciento de todo el comercio que realizan los países africanos es con otros países africanos.

Las dinámicas políticas actuales en muchos países africanos exacerban enormemente este problema. Sudáfrica se destaca en este sentido: los incendios de tiendas de propiedad extranjera en Johannesburgo y Durban —una imagen cotidiana— amenazan con bloquear y revertir los escasos avances logrados hacia la integración económica del continente. Los pogromos contra migrantes, a su vez, alimentan una espiral reaccionaria aún mayor: desde Kenia y la República Democrática del Congo (RDC) hasta Nigeria, otros regímenes señalan lo que está sucediendo en Sudáfrica para justificar el cierre de acuerdos con el imperialismo estadounidense.

El panafricanismo está cada vez más desacreditado entre sectores crecientes de las masas, que lo identifican con la retórica de la Unión Africana y de los antiguos movimientos de liberación que están ahora en el poder. Durante décadas, éstos han utilizado hipócritamente frases sobre la solidaridad y la unidad africanas como una cubierta para mantener las fronteras coloniales y profundizar la subyugación de sus países al imperialismo. La Sudáfrica actual muestra de manera muy cruda cómo esto alimenta una reacción chovinista que amenaza con debilitar aún más a las masas y fortalecer al imperialismo.

Conferencia Panafricana de los Pueblos de 1958
Central Press/Hulton

Acra, Ghana: Conferencia Panafricana de los Pueblos de 1958. Los nacionalistas no pudieron alcanzar la meta progresista de la unidad africana.

Barreras al progreso

Para empezar a contrarrestar esto, lo que debemos hacer es partir de los obstáculos a la transformación y los vínculos regionales y económicos, lo que significa enfrentar al imperialismo a cada paso. En primer lugar, casi todo el comercio regional se realiza en dólares estadounidenses. Los compañeros del Movimiento por una Alternativa Socialista (FRL-Nigeria) nos señalaron que incluso las bandas criminales, cuando secuestran a personas, exigen sus rescates en dólares estadounidenses.

En segundo lugar, la deuda y la corrupción asfixian a los países africanos, lo que hace que el mantenimiento de fuerzas estatales efectivas —por no hablar de los servicios públicos— sea cada vez más insostenible. El resultado de esto es la proliferación de contratistas militares privados, como los mercenarios de Erik Prince o las fuerzas policiales privadas financiadas por los Emiratos Árabes Unidos (EAU), que se están creando para vigilar las minas en el este de la RDC. En cierto modo, Paul Kagame también ha convertido al ejército ruandés en un contratista para los imperialistas y las empresas extranjeras. Esta fragmentación estatal es una barrera absoluta para el desarrollo nacional y para el comercio continental.

En tercer lugar, la infraestructura del continente sigue reflejando la que establecieron los colonizadores europeos durante el reparto de África en el siglo XIX y principios del XX. Por ejemplo, el ferrocarril Adís Abeba-Yibuti, que conecta a Etiopía —un país sin salida al mar— con el océano, estuvo bajo control francés durante la mayor parte del siglo XX. Al deteriorarse, se volvió prácticamente inútil para el comercio desde principios de la década de 2000, antes de que empresas chinas comenzaran a construir un ferrocarril moderno en 2018.

Entonces, ¿cómo empezamos a revertir esta situación? Obviamente, la joven e hiperexplotada clase obrera del continente es la única fuerza que puede dirigir este proceso. Pero para avanzar en el forjamiento de la dirección de la clase obrera necesaria para esa tarea monumental, tenemos que empezar por ser honestos sobre el estado actual de nuestro movimiento. Lo que quiero destacar, ya que me dirijo a una sala llena principalmente de trotskistas, es que se considera que nuestro movimiento no tiene nada que ofrecer a las masas africanas —para decirlo sin rodeos—.

Una de las principales razones de esta reputación es que la tendencia dominante entre los trotskistas del continente rechaza la lucha de liberación nacional y antiimperialista como una desviación de la lucha de clases. Esto cede por completo el terreno a los nacionalistas y los estalinistas, dejando sin desafío su traicionera dirección de los sectores más avanzados de los trabajadores y los oprimidos. Quiero abordar en particular la forma en que los trotskistas han lidiado con la rivalidad entre Estados Unidos y China, ya que ésta es muy importante para comprender la dinámica actual de la relación de fuerzas en el continente.

La rivalidad entre EE.UU. y China en África

Construcción de la autopista de Nairobi
Thomas Mukoya/Reuters

Construcción de la autopista de Nairobi, llevada a cabo por una empresa estatal china, octubre de 2021.

La tendencia dominante entre los trotskistas y muchos otros es ver los acontecimientos actuales a través del lente de un “nuevo reparto de África”, en el que China, al igual que Estados Unidos y Europa antes, participa del saqueo imperialista. Esta tendencia considera al imperialismo como una abstracción económica definida simplemente por la inversión extranjera. Dado que China tiene la mayor presencia económica en el continente, por mucho, y dado que las empresas chinas tienen una presencia destacada en casi todos los países, la conclusión es denunciar a China como un imperialismo más, tan malo como los otros, que frena el desarrollo africano. El atractivo de esta línea de razonamiento se ve reforzado por el hecho de que, de manera superficial, las relaciones comerciales de China con los países africanos sí se asemejan en muchos aspectos a los patrones coloniales. Por ejemplo, el enfoque en la extracción de materias primas.

Sin embargo, toda esta forma de ver la rivalidad entre EE.UU. y China en África oscurece la verdadera dinámica. Socava la capacidad de los revolucionarios para competir con quienes adoptan el modelo del PCCh como la vía para liberar África. Entre ellos se encuentran los Economic Freedom Fighters de Sudáfrica o el Partido Comunista Marxista de Kenia. Ambos defienden la línea de que el régimen del PCCh está debilitando gradualmente el poderío del imperialismo estadounidense, construyendo un mundo multipolar, y que esto muestra el camino para resolver los enormes problemas que enfrenta África. Se puede intentar responder que China es imperialista, tan “mala” como Estados Unidos. Pero esto sólo aumentará el aislamiento y la impotencia de los trotskistas, y no convencerá a nadie porque simplemente no refleja la realidad.

Si se estudian seriamente las políticas estadounidenses y chinas en África y su desarrollo histórico, no se pueden ignorar las diferencias fundamentales. Por un lado, las preocupaciones primordiales de EE.UU. en África, además de contrarrestar la influencia china, son la extracción de minerales y el cobro de intereses de la deuda. En realidad, nada más importa.

Por otro lado, China también tiene interés en la extracción. Pero ésa no es la única preocupación que impulsa la intervención china en África. Además de la extracción, la política del PCCh está orientada a tratar de consolidar potencias estables en el continente con las cuales comerciar e interactuar. Lo hace principalmente a través de la cooperación con las élites africanas, tratando de alejarlas de Washington. Pero al mismo tiempo, apela a las necesidades reales de las masas en materia de desarrollo y a una alternativa al consenso de Washington, argumentando que el modelo de crecimiento chino ofrece una vía para industrializarse y liberarse de la subyugación imperialista. Ningún intento serio de comprender el papel de China en África puede ignorarlo.

Reconocer esto no significa vitorear la política del PCCh en África como progresista. No, es reaccionaria en muchos aspectos. Más bien, se trata de reconocer que existe una profunda contradicción entre las aspiraciones progresistas y antiimperialistas para el desarrollo africano, a las que apela la política de China, y el hecho de que la estrategia burocrática y gradualista del PCCh se interpone en el camino de la consecución efectiva de esas aspiraciones progresistas. De hecho, esta estrategia le hace el juego al imperialismo estadounidense, como podemos ver en el caso de algunos gobiernos africanos que antes estaban alineados con Beijing y ahora están volteando a Washington (la RDC, por ejemplo). Los revolucionarios deben aprovechar esta contradicción para construir un polo proletario contra el imperialismo estadounidense, en competencia con el PCCh y los nacionalistas.

Etiopía

Etiopía muestra de manera concreta cómo se desarrolla esta dinámica. Etiopía ha experimentado un importante crecimiento económico desde principios de la década de 2000, impulsado principalmente por la inversión china en la manufactura y la industria, ya que Etiopía no cuenta con muchos recursos que extraer. Uno de los proyectos centrales del PCCh en la región ha sido la construcción de una zona de libre comercio centrada en Etiopía y que se prevé sea la más grande de África. El ferrocarril Adís Abeba-Yibuti mencionado anteriormente forma parte de este proyecto. Entonces, el desarrollo económico y la integración regional son cosas positivas, ¿verdad?

El problema, sin embargo, es que si se analizan los métodos con los que se ha llevado a cabo, éstos no tocan en absoluto los obstáculos fundamentales para un desarrollo duradero. Esto requiere abordar la unificación nacional, superar las rivalidades étnicas y la transformación radical de las relaciones feudales de la tierra. El modelo chino de desarrollo económico en Etiopía dejó todas estas cuestiones completamente sin resolver. Y eso no es casualidad, porque, como atestigua de manera contundente la propia historia de China, abordar fundamentalmente estos problemas requiere una lucha implacable contra el imperialismo y una ruptura con las fuerzas nacionalistas-burguesas que lo concilian.

Dado que no se abordó ninguna de estas cuestiones subyacentes, el crecimiento económico estimulado por la inversión china exacerbó todas las contradicciones sociales. En particular, benefició principalmente a las zonas urbanas y, sobre todo, a las élites del Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT), el cual, a pesar de basarse en un grupo étnico que representa sólo al 6 por ciento de la población del país, ha dominado la alianza gubernamental que ha estado en el poder desde la década de 1990.

Esto ha alimentado una reacción violenta entre el campesinado, particularmente entre los pueblos oromo y amhara, los dos grupos étnicos más grandes. A falta de una dirección que conduzca esta ira contra los imperialistas y sus lacayos, las élites cercanas al actual primer ministro Abiy Ahmed han canalizado la legítima indignación por la falta de desarrollo rural contra la minoría tigray y la han utilizado para marginar al FLPT y consolidar su propio control del poder.

Esto se convirtió en una fuerza motriz para la guerra de 2020–2022 en la región de Tigray. La tregua que puso un alto a este sangriento conflicto se encuentra bajo amenaza constante debido a la creciente tensión dentro de la coalición de las élites oromo-amhara, así como a los cambios en las alianzas regionales y globales. Al nivel regional, esto ha llevado a un aumento de la influencia desestabilizadora de Etiopía en los países vecinos y a fortalecer el alineamiento de Etiopía con los Emiratos Árabes Unidos.

Un cambio en los aliados imperiales

La alianza con los EAU apunta a un cambio importante en la región del Mar Rojo y el Cuerno de África, y de manera más amplia en el continente: el papel cada vez más prominente de las monarquías del Golfo (junto con otros actores como Türkiye). Históricamente, el imperialismo estadounidense nunca ha buscado realmente desempeñar un papel intervencionista importante en el continente africano, confiando en que las antiguas potencias coloniales tomarían la iniciativa sobre el terreno. Un punto de inflexión importante en este sentido se produjo con la Primavera Árabe y la intervención de la OTAN en Libia, la cual, al destruir el estado libio, tuvo una serie de consecuencias de mayor alcance en todo el continente, incluyendo el avivamiento de conflictos armados en el Sahel y otras regiones.

Esto puso de manifiesto la creciente ineficacia del poder militar europeo, lo que llevó a EE.UU. a recurrir, en su lugar, a las monarquías del Golfo como un medio más económico para defender los intereses estadounidenses en la región. Lo anterior ha tenido repercusiones reaccionarias de gran alcance, muchas de ellas no intencionadas. Por ejemplo, las élites militares de Sudán se vincularon estrechamente con Arabia Saudita y los EAU y se vieron arrastradas a la guerra contra los hutíes en Yemen. Éste fue un factor que llevó a Estados Unidos y sus vasallos a presionar a los militares para que derrocaran a Omar al-Bashir en 2019, con el fin de contener a las fuerzas que exigían un gobierno civil. Pero, tras sofocar la amenaza al régimen militar, las monarquías del Golfo también alimentaron la división dentro de las fuerzas armadas, lo que hizo estallar una guerra civil a partir de 2023. Los EAU y Arabia Saudita respaldan a bandos opuestos en este conflicto extremadamente sangriento y reaccionario, una división que ha contribuido a prolongar la guerra.

En medio de toda esta sangrienta inestabilidad, ¿cuál ha sido la política de China? Básicamente, ha sido completamente impotente. A lo sumo, el PCCh parece estar tratando de respaldar a los saudíes en esta división, ya que los gobernantes saudíes prefieren una postura de hostilidad menos abierta hacia China para cubrirse las espaldas, mientras que siguen dependiendo por completo de EE.UU. y se alinean con Israel. Esto pone de relieve otra razón fundamental por la que el llamado “consenso de Beijing” que se propone es insostenible a la hora de ofrecer un camino para el desarrollo africano: el mundo ha cambiado radicalmente con respecto a lo que existía en las décadas de los 1990 y los 2000, cuando gran parte del auge industrial de China tuvo lugar en medio de un orden globalizador liberal garantizado por la hegemonía sin rival de Estados Unidos.

Las tareas de los revolucionarios

Para concluir, quiero volver brevemente a la tarea de trazar una perspectiva revolucionaria para África. Mi principal conclusión es que debemos, sin falta, tratar de aprovechar la contradicción inherente al papel de China en África. Ésa es la única manera en que los revolucionarios pueden competir realmente con los nacionalistas de izquierda y los estalinistas, y ganar a los trabajadores a una estrategia de lucha real contra el imperialismo.

Una clave para aprovechar esta contradicción es la lucha por la unidad antiimperialista de los proletariados africano y chino. Si observamos la fragmentación actual de África, hay muchos aspectos en los que se asemeja al siglo de humillación que vivió China cuando el país estaba dividido en feudos gobernados por señores de la guerra rivales que actuaban como gendarmes de las potencias coloniales. Esta similitud pone de manifiesto el interés común del proletariado chino en oponerse a la política reaccionaria del PCCh de conciliar al imperialismo y alinearse con las élites nacionales en contra de los trabajadores africanos. Dado que el continente africano alberga una de las mayores concentraciones de trabajadores chinos fuera de la China continental, los revolucionarios en África deben buscar formas de impulsar esta unidad antiimperialista y vincularla con las luchas cotidianas de las masas. Esto de ninguna manera remplaza un programa detallado para el continente, pero es un punto de partida necesario.