https://iclfi.org/spartacist/es/2026-cuba-catastrofe
Cuba se encuentra sometida a un bloqueo total por parte del imperialismo estadounidense. No hay combustible, ni medicinas, y la mayor parte de los alimentos son inasequibles. Los apagones duran ahora 30 horas o más. La situación es más que desesperada, y todo el mundo en la isla sabe que no puede durar. Pero el último golpe a la revolución ha venido de la dirección del Partido Comunista de Cuba (PCC). Cediendo ante las amenazas de Trump y Rubio, está abandonando las conquistas de la revolución y vendiendo al estado obrero.
Las reformas aprobadas por el PCC desmantelarían lo que queda de la economía planificada y del monopolio estatal del comercio exterior. Permitirían una propiedad privada casi sin restricciones y la penetración económica imperialista, y pondrían fin a los programas dirigidos a satisfacer las necesidades básicas de la población. Rubio afirma que esto no es suficiente, y Estados Unidos está intensificando aún más sus ataques. ¿Cómo podemos detener esta catástrofe?
La retórica sobre la “defensa del socialismo” de Díaz-Canel y otros dirigentes del partido es vacía e insultante. Están traicionando los cimientos de la revolución. Amplios sectores de la población están enfadados y desesperados, pero no saben a quién recurrir. Es urgente forjar una oposición de izquierda para luchar contra el desastroso rumbo del partido. Debe unir a los miembros disidentes del PCC y de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) con socialistas independientes y otras fuerzas en torno a un programa claro. Las consignas deben ser el internacionalismo revolucionario, el igualitarismo radical y la movilización de masas basada en la más plena democracia obrera. Ésa es la única forma de defender la revolución.
¿El modelo de China y Vietnam?
Los dirigentes del PCC y sus defensores afirman que Cuba está aplicando el modelo utilizado en China y Vietnam, que supuso la introducción de reformas de mercado y de inversión extranjera a gran escala bajo el control último del estado. Pero eso no es lo que está ocurriendo en Cuba. Las medidas introducidas por Díaz-Canel eliminarían prácticamente el control estatal, a diferencia de las anteriores empresas conjuntas con compañías de los sectores turístico y del níquel. De hecho, las reformas se ajustan directamente a los dictados de los imperialistas estadounidenses.
Cuba no tiene ni de lejos los niveles de población ni los recursos naturales de China, ni siquiera de Vietnam, y no se encuentra a miles de kilómetros de distancia, sino justo al lado del coloso estadounidense. Washington nunca permitiría, ni permitirá, que Cuba tome el “camino de China”. Su programa siempre ha sido: echar a los comunistas e imponer a los capitalistas. Esto se ha intensificado enormemente bajo el mandato de Trump, ya que EE.UU. ha abandonado por completo toda retórica sobre la globalización, el libre comercio y los mercados abiertos, y está desatando una violencia brutal en todo el mundo en un intento por restaurar su hegemonía global en declive.
Los “inversores” que se preparan para abalanzarse sobre Cuba son los imperialistas estadounidenses y los gusanos de Miami que fueron expulsados en 1959. Se apoderarán de la industria y los recursos para llenarse los bolsillos. Y el PCC está dispuesto a darles la bienvenida. Raulito Castro —el nieto de Raúl, que está desempeñando un papel cada vez más destacado en el partido— ya ha declarado que se pueden alcanzar acuerdos de indemnización con los capitalistas cubanos exiliados cuyas propiedades fueron expropiadas en los primeros años de la revolución. Esto supone una traición total a las conquistas logradas por el pueblo trabajador de Cuba.
Algunos en la izquierda afirman que las medidas del PCC son una forma de desarrollar la economía cubana siguiendo líneas socialistas. Para que quede claro: lejos de ser benignas, las reformas de mercado en China y Vietnam también han provocado un enorme aumento de la desigualdad. China cuenta ahora con una clase capitalista numerosa y poderosa que, aunque actualmente no ejerce el poder estatal, representa una grave amenaza para el estado obrero. Cientos de millones de trabajadores allí y en Vietnam sufren una explotación agotadora en fábricas propiedad de capitalistas extranjeros o locales. En Vietnam, la élite gobernante ha llegado incluso a aliarse con EE.UU. contra China, aceptando hasta formar parte de la “Junta de Paz” de Trump.
La verdadera analogía con lo que está ocurriendo hoy en Cuba es la Unión Soviética de finales de los años 80 y principios de los 90. Las concesiones masivas al imperialismo en nombre de la perestroika (reestructuración) allanaron el camino para la destrucción del primer estado obrero del mundo. La burocracia soviética se fracturó, y un ala liderada por Boris Yeltsin se alió con el imperialismo estadounidense para liderar una contrarrevolución. Décadas de mentiras, corrupción y mala gestión por parte de los gobernantes soviéticos empujaron a amplios sectores de la población hacia la derecha, lo que favoreció enormemente la campaña contrarrevolucionaria. Ésa es la amenaza que se cierne hoy sobre Cuba.
Además, mientras que la Unión Soviética era un país enorme con importantes recursos y un desarrollo industrial significativo, Cuba es una pequeña isla cuya economía ya ha quedado en gran medida destruida. Los acontecimientos contrarrevolucionarios en la URSS tardaron varios años en desarrollarse, pero es casi seguro que en Cuba los acontecimientos sucederán más rápidamente, sobre todo porque gran parte de la población ya se encuentra desesperada y desmoralizada. Todo ello subraya la urgencia de la situación actual.
Lecciones de la Revolución Rusa
El argumento más habitual esgrimido por los partidarios de los dirigentes del PCC es que la situación es tan grave que no tienen otra opción. Eso es falso y totalmente derrotista. Es cierto que la situación es terrible. Cuba tiene escaso peso social o económico en el mundo, y toda la fuerza del imperialismo estadounidense se abate sobre ella. Entonces, ¿qué hacer? La respuesta gira en torno a la pregunta: ¿a qué fuerza recurrir para salvaguardar la revolución? Esa fuerza es el pueblo trabajador de Cuba y sus posibles aliados de clase en todo el mundo.
El problema es que gran parte de la población se muestra, en el mejor de los casos, totalmente cínica hacia los dirigentes del PCC. Y es comprensible. No tienen combustible, alimentos ni medicinas, y los dirigentes les ofrecen consignas vacías y una desigualdad creciente, al tiempo que reprimen las protestas. ¿Cómo podemos sacarlos de la desesperación, la ira y, en algunos casos, las ilusiones en el imperialismo estadounidense? ¿Qué políticas pueden salvar la revolución e impulsarla hacia adelante? La respuesta comienza con el igualitarismo radical y la movilización de las masas basada en la democracia obrera más plena.
Las analogías históricas nunca son exactas, pero las lecciones más claras provienen del estado obrero ruso de primera época, bajo el liderazgo de Lenin. Tras la revolución de 1917, el país se vio asediado por ejércitos imperialistas, sanciones y bloqueos. La economía, que había quedado destrozada por la Primera Guerra Mundial, se vio sumida en una crisis aún peor. Para sobrevivir, a mediados de 1918 los dirigentes soviéticos adoptaron políticas que se conocieron como “comunismo de guerra”, entre las que se incluían la nacionalización de toda la industria, el control estatal del comercio exterior, el racionamiento de alimentos y otras medidas. El objetivo era que el estado obrero sobreviviera mientras los bolcheviques de Lenin luchaban por construir partidos en otros países que pudieran extender la revolución.
Fundamentalmente, estas medidas se combinaron con la democracia obrera más amplia posible y la movilización de masas. Las políticas clave se debatían abiertamente en los consejos de trabajadores, campesinos y soldados. A principios de 1918, por ejemplo, hubo un gran debate sobre si aceptar las onerosas condiciones de paz exigidas por el imperialismo alemán para poner fin a la guerra. Las diferencias se explicaban claramente a las masas, no se ocultaban a puerta cerrada ni se enmascaraban con consignas vacías, como ocurre con el PCC actual.
El comunismo de guerra duró hasta 1921. Permitió que el estado obrero sobreviviera, aunque a un gran costo. Posteriormente, para reactivar la economía, aún devastada, los bolcheviques introdujeron un programa conocido como la Nueva Política Económica (NEP), que permitía la liberalización del mercado y la inversión imperialista bajo el estricto control del estado obrero. Una vez más, se debatió a fondo en los consejos obreros antes de ser adoptado.
Algunos defensores del rumbo actual del gobierno cubano han citado la NEP de Lenin como justificación histórica. Por ejemplo, la publicación People’s World del Partido Comunista de EE.UU. (22 de junio) califica la NEP como un “paralelismo histórico más apropiado” que los acontecimientos en China y Vietnam. Pero una diferencia crucial, como incluso admite el CPUSA, es que el estado obrero ya había repelido las invasiones militares extranjeras y la contrarrevolución antes de poner en marcha las reformas económicas. Por el contrario, el PCC está introduciendo cambios que van mucho más allá de la NEP, incluso cuando Cuba se encuentra en medio de un brutal asalto imperialista. Esto, combinado con el descontento a gran escala entre la población, coloca al país en una posición muy débil.
Cuba se encuentra hoy bajo una presión tan extrema que la apertura de la economía y la acogida de inversores extranjeros (incluidos los gusanos) probablemente conducirán a un colapso político total a corto plazo. A medida que los acontecimientos avancen hacia una crisis total, la pregunta obvia que se plantearán las masas será: si de todos modos vamos a tener capitalismo, ¿para qué necesitamos al PCC? Una analogía histórica diferente es la crisis que se desató en Alemania Oriental (la RDA) tras la apertura del Muro de Berlín a finales de 1989. Con los gobernantes estalinistas profundamente desacreditados, estallaron protestas sociales a gran escala que plantearon sin rodeos la disyuntiva: ¿revolución política antiburocrática o contrarrevolución social? A falta de una alternativa creíble y auténticamente comunista, la RDA fue pronto destruida por la reacción capitalista.
En China, la decisión del Partido Comunista de adoptar amplias reformas de mercado se produjo tras la represión del levantamiento de Tiananmen de 1989. El PCCh desató una represión masiva contra los trabajadores que, en su mayoría, protestaban contra la corrupción y exigían la igualdad socialista —una represión a la que todos los marxistas auténticos se opusieron firmemente—. Sin embargo, tras los acontecimientos, los dirigentes del PCCh consolidaron su control y consideraron que se encontraban en una posición lo suficientemente fuerte como para llevar a cabo las reformas de mercado tras la gira por el sur de Deng Xiaoping en 1992. Los objetivos políticos que subyacían a la NEP de los bolcheviques en 1921 y a las medidas de los estalinistas chinos a principios de la década de 1990 eran diametralmente opuestos, pero en ambos casos los dirigentes se encontraban en una posición política relativamente fuerte. Abrazar la liberalización del mercado desde una posición de debilidad, sin embargo, es un camino directo hacia el colapso.
En resumen, las posibilidades de supervivencia del estado obrero cubano mediante la liberalización del mercado en una posición tan frágil son prácticamente nulas. Lo que se necesita para defender y ampliar las conquistas revolucionarias es exactamente lo contrario de lo que defienden los dirigentes del PCC.
¡Por un rumbo radicalmente nuevo!
Los activistas en el extranjero que han luchado por la solidaridad con Cuba al tiempo que prestaban apoyo político a la dirección del partido deben cambiar urgentemente de rumbo. Defender la revolución hoy significa oponerse a la traición manifiesta del gobierno al imperialismo. Mientras gran parte de la izquierda continúa por la desastrosa senda de respaldar a los dirigentes del PCC, otros han abandonado vergonzosamente por completo la defensa de Cuba.
Algunos grupos marxistas han adoptado una postura clara contra la tendencia hacia la restauración capitalista y la línea política del PCC. Además de nosotros mismos, entre ellos se encuentran la Corriente Revolución Permanente, cuyo partido principal es el PTS argentino, y la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR). Las declaraciones emitidas por estos grupos presentan algunas debilidades. Lo más importante es que no esbozan una línea de lucha concreta para las masas cubanas en la actualidad. Esto es especialmente cierto en el caso de la ICR, que se limita a lanzamientos abstractos a favor de la revolución mundial y a la construcción de su propia tendencia.
Una declaración de un grupo originario de la isla, Comunistas Cuba, es mucho mejor en este sentido, ya que busca trazar una perspectiva de lucha al tiempo que llama a “crear un frente único antiimperialista” en solidaridad con la clase obrera cubana (“Nuestro programa ante la transición de Cuba hacia el capitalismo”, comunistascuba.org, 21 de junio). Es fundamental que estos grupos, tanto en Cuba como a nivel internacional, dejen de lado las diferencias secundarias y las prácticas sectarias, y trabajen juntos para ayudar a forjar una oposición de izquierda en la isla.
El malestar y el descontento generalizados en Cuba se extienden sin duda a las filas del PCC. Los dirigentes del partido recurren a consignas vacías y declaraciones vagas, pero a veces el descontento se trasluce entre líneas, por así decirlo. Por ejemplo, un editorial de Juventud Rebelde de la UJC (21 de junio), cuyo propósito era justificar las reformas del PCC, reconoce como lógico que “una avalancha de opiniones —de todo tipo— navegue por las redes, en cada rincón, en cada hogar o en la esquina del barrio”.
Algunos intelectuales cubanos también han emitido declaraciones en busca de otro camino. Por ejemplo, un artículo del economista Liu Mok titulado “¿Hay otra alternativa para Cuba?” (Juventud Técnica, 20 de junio) plantea la idea del control obrero de las fábricas y la producción, en contraposición a su entrega al sector privado. Incluso la votación unánime para aprobar las medidas de los dirigentes del partido en la Asamblea Nacional sólo se produjo tras la publicación de una declaración de Raúl Castro, de 95 años, en la que las respaldaba. Como uno de los pocos veteranos supervivientes de la Revolución de 1959, Raúl goza de una autoridad moral mucho mayor que la actual generación de dirigentes del partido. Probablemente se trató de una maniobra calculada para garantizar que cualquier disidente, o incluso quienes tuvieran dudas, se alinearan con la línea oficial.
De una forma u otra, es probable que el PCC se fracture en el próximo periodo. Probablemente habrá un ala derecha abierta dispuesta a abrazar el imperialismo estadounidense. Habrá elementos recalcitrantes, que quizá simplemente se queden paralizados. Y habrá elementos abiertos a una solución nueva y radical.
Es urgente cohesionar una oposición de izquierda. Proponemos lo siguiente como elementos clave de un programa de lucha:
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¡Romper el bloqueo! La prohibición de Trump sobre los envíos de combustible sólo es efectiva porque la aplican gobiernos “progresistas” en México y Brasil. El PCC se limita a elogiar a Sheinbaum y a Lula por su ayuda humanitaria. Por el contrario, debemos exigirles que reanuden y aumenten considerablemente los envíos de combustible a Cuba. ¡Llamemos a los trabajadores de esos países a movilizarse independientemente de sus propios gobernantes y en contra de ellos! Esto ayudaría al pueblo cubano e impulsaría la lucha antiimperialista en América Latina. ¡Exijamos que China confronte al imperialismo estadounidense proporcionando ayuda masiva y personal para reconstruir las infraestructuras cubanas!
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¡Por el igualitarismo radical! ¡No a los privilegios burocráticos! Para ganarnos la confianza de la población, cuya principal preocupación es la supervivencia diaria, los comunistas debemos dejar claro que estamos todos juntos en esto. Sin privilegios, sin corrupción, sin especulación: igualdad total mientras luchamos por sobrevivir. Acabemos con los privilegios especiales de que disfrutan los dirigentes del PCC. Movilicemos todos los recursos sociales posibles para sobrevivir al asedio. Detengamos las privatizaciones, que sólo llenan los bolsillos de los nuevos especuladores y sus mecenas imperialistas. ¡Renacionalicemos las industrias y los servicios bajo el control de los trabajadores!
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¡Por la democracia obrera! Que acaben las negociaciones privadas con EE.UU. y se hagan públicos todos los registros de lo que se ha debatido. Las decisiones clave deben tomarlas las masas trabajadoras organizadas en las fábricas, los talleres y los barrios, no una burocracia autosuficiente. Detengan los ataques contra las protestas que exigen igualdad y el fin de la pobreza. Trabajadores: hagan un llamamiento al personal de seguridad para que ponga fin a la represión. Las prácticas actuales de los dirigentes del PCC sirven para apoyar, y no para derrotar, la ofensiva contrarrevolucionaria de EE.UU. y sus agentes.
No hay tiempo que perder. ¡Los socialistas deben unirse en una oposición de izquierda para detener el avance hacia el capitalismo y defender la Revolución Cubana!

