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A continuación publicamos (ligeramente editada) la presentación de Mario Villa (miembro del Comité Central del GEM) al IV Evento Internacional León Trotsky, llevado a cabo en Asunción, Paraguay, en noviembre de 2025.

La temática de este panel es “¿Para qué nos sirve Trotsky hoy?—La urgencia de una internacional marxista frente a la crisis mundial del capitalismo”. Esta cuestión plantea a quemarropa la utilidad del marxismo revolucionario en la actualidad. La respuesta simple es que necesitamos una organización obrera internacional que base su lucha mundial por el socialismo, es decir, por los intereses obreros, en un entendimiento materialista dialéctico del mundo y las fuerzas de clase. Sin dicho entendimiento es imposible orientarnos y determinar las tareas para los revolucionarios. En esta presentación expondré algunas bases para comprender, a nuestro juicio, la situación actual y las tareas para los revolucionarios que se desprenden de ella, en particular en Latinoamérica. Con esto buscamos contribuir a la apremiante discusión de cómo avanzar hacia el urgente reagrupamiento de las fuerzas marxistas.

En el tercer encuentro llevado a cabo en Buenos Aires hace un año, advertimos que se venían tiempos cada vez más duros para los oprimidos al nivel internacional y que el movimiento obrero debía prepararse para afrontarlos. En contraste, la mayor parte de la izquierda marxista ha reaccionado a la segunda presidencia de Donald Trump y al avance de la derecha en el mundo con una mezcla de histeria y confusión: muchos hablan de regímenes fascistas surgiendo por todas partes, otros ven oportunidades revolucionarias a la vuelta de la esquina. Para hacer sentido de lo que está pasando, y evitar el impresionismo, es necesario entender la tendencia general a largo plazo en el mundo y, en ese contexto, analizar las dinámicas políticas locales y su relación dialéctica.

Estados Unidos ha sido la potencia hegemónica indiscutida del mundo desde la caída de la Unión Soviética. Pero esta supremacía ha estado erosionándose ya por mucho tiempo. La otrora poderosa industria estadounidense fue relocalizada en gran medida al Sur Global, y otros países experimentaron un crecimiento económico sustancial —en particular China— en los marcos de la globalización estadounidense de los últimos treinta años. Aun así, EE.UU. sigue siendo la superpotencia mundial, todavía controla la reserva de divisas y el sistema financiero global, y su ejército sigue siendo el principal garante de los intereses capitalistas al nivel internacional. Sin embargo, la creciente contradicción entre la posición hegemónica de Estados Unidos y el declive de su poder económico ha alcanzado un punto de quiebre.

Las acciones de Trump representan un giro fundamental en la estrategia del imperialismo de EE.UU. que tienen como propósito reafirmar su dominio y revertir su declive, o al menos ralentizarlo. Para ello, Trump busca reindustrializar Estados Unidos para la guerra y apretar aún más las tuercas a sus aliados y el Sur Global. Las agresiones de EE.UU. contra nuestras naciones no son cosa nueva. Pero durante la globalización, mientras se imponían las brutales medidas económicas neoliberales, también hubo cierta liberalización política y se impulsó una agenda de liberalización social. Las dictaduras militares, que eran la norma en América Latina, fueron sustituidas por débiles democracias. Los golpes financiados o llevados a cabo por los imperialistas, aunque no desaparecieron del todo, fueron reemplazados por la coerción financiera del FMI y el Banco Mundial y la integración económica del libre comercio. Hoy, Trump se ha deshecho de la máscara liberal para apuntalar la posición de los imperialistas de manera más despiadada y dejar claro que Latinoamérica continúa siendo su patio trasero.

¿Cómo se ha visto esto reflejado? Trump ha avanzado la posibilidad de “reconquistar” el Canal de Panamá, una agresión directa al proletariado y la nación panameña; ha reforzado las sanciones a Cuba y Nicaragua, naciones a las que defendemos; ha implementado deportaciones masivas. Además, ha impuesto salvajes aranceles a todos los países del continente. México enfrenta aranceles a la industria automotriz y la del acero, mientras que a Brasil le aplicó aranceles generales del 50 por ciento, en represalia por formar parte del BRICS y por la condena a Bolsonaro. Estamos hablando de las dos principales economías de América Latina, las cuales han sido severamente golpeadas. En el caso de México, esto ha significado cierre de fábricas, pérdidas de miles de empleos, ataques a las condiciones de vida de los trabajadores, etc. Ya ni hablar de economías más pequeñas, como la peruana, por ejemplo, que ha sido azotada por los aranceles al cobre. Los patrones están poniendo sobre los hombros de los trabajadores el costo de estas medidas, cuyo propósito es el sometimiento total, redoblar la extorsión y el saqueo y, sobre todo, dejar claro que EE.UU. no tolerará que estos países tengan relaciones comerciales y diplomáticas con la República Popular China, que ya se ha convertido en el principal socio comercial de varias de estas naciones y tiene una fuerte inversión en la región.

No faltan grupos de izquierda que levantan la necesidad de la revolución socialista y la lucha contra el imperialismo, pero el meollo es cómo avanzamos esta perspectiva en la situación actual. Es cierto que la intensa presión del imperialismo y la crisis que cimbra Latinoamérica con el tiempo darán paso a ofensivas de la clase obrera y aperturas para los revolucionarios. Sin embargo, es vital entender que en este momento el imperialismo yanqui se encuentra a la ofensiva y las fuerzas derechistas se fortalecen. Ésa es la tendencia dominante. Además, sectores de la población optaron por la derecha enfurecidos con los populistas, con los nacionalistas de izquierda, quienes terminaron empeorando las condiciones miserables de los trabajadores y enfrentando a los oprimidos entre ellos por recursos escasos, mientras cuidaban no minar el saqueo imperialista. En Argentina, por ejemplo, Milei canalizó el descontento social hacia el recorte de programas sociales señalando que se daban a expensas de los trabajadores. Hoy se han establecido regímenes derechistas represivos en Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú, Paraguay, etc., que se alinean con Trump.

En este contexto, nosotros planteamos que los trabajadores y los campesinos latinoamericanos deben librar luchas defensivas para preservar las posiciones que con sudor y sangre han conseguido, para proteger sus medios de subsistencia y asegurarse de que los gobernantes de EE.UU. y sus lacayos nacionales no les quiten más de lo que ya han hecho. Esto es lo que significa concretamente defender a nuestros países del imperialismo. Armados con este entendimiento podremos abordar de manera correcta los estallidos y los episodios de resistencia, que en mayor o menor grado va a generar esta ofensiva derechista, y proponer una línea de acción obrera independiente. También nos permitirá lidiar con la realidad de que el impacto de la crisis económica y social —desempleo, carencias, toda esta precarización, etc.— está generando atomización, apatía y desmoralización entre los trabajadores, a lo cual debemos contraponer la necesidad de la lucha colectiva y el fortalecimiento de los sindicatos para defendernos.

Quizá el ejemplo más dramático de este ataque imperialista es el caso de Venezuela. Las sanciones, las amenazas de invasión, el despliegue de Trump de una enorme fuerza militar frente a sus costas, incluyendo al mayor portaaviones del mundo, son una gran amenaza. Dicha fuerza ha sido puesta en acción: casi una centena de personas han sido ejecutadas en el mar, aniquiladas sin reparo alguno. Trump amenaza con que acciones similares por tierra y aire son inminentes y ha fijado en 50 millones de dólares la recompensa por la cabeza de Nicolás Maduro. El propósito de esta embestida es el derrocamiento de un régimen que ha sido una espina clavada en el costado de los imperialistas estadounidenses por más de dos décadas, que no se ha subordinado descaradamente a su voluntad y que mantiene vínculos con China y Rusia. Este cerco, además, es una medida de control sobre todo el Caribe, así como una advertencia a todos los países de América Latina de que deben alinearse con EE.UU. o atenerse a las consecuencias.

La izquierda no puede afrontar esta situación posicionándose en los polos tradicionales, ya sea subordinándose a los populistas para combatir al imperialismo y la derecha o denunciando esterilmente a Maduro. Es deber de todas las organizaciones obreras defender a Venezuela y Maduro contra los ataques imperialistas, pero es fundamental hacerlo con un programa independiente de éste y otros populistas. Los trotskistas debemos ser los más resueltos combatientes antiimperialistas y los mejores defensores de Venezuela, incluso a través de acuerdos temporales con la burguesía nacional —como la defensa de Maduro contra el imperialismo— con el fin de exponer, en los hechos, las vacilaciones y las capitulaciones del régimen bolivariano en la lucha por la defensa nacional y señalar un camino adelante para efectuarla consecuentemente. Sólo de esta forma podremos arrancarle la dirección de la lucha contra el imperialismo y ligarla al poder obrero. Ésta es la esencia de la revolución permanente de Trotsky, la cual no podría tener más vigencia hoy.

Es preciso mostrar que el programa nacionalista de Maduro es un obstáculo para defender Venezuela. Existe un extendido clamor antiimperialista a lo largo de Latinoamérica. Un llamado a los pueblos de la región para que acudan en defensa de Venezuela podría trastocar el fortalecimiento de la reacción en países gobernados por títeres pro imperialistas que apoyan la invasión. También, podría poner en movimiento a los trabajadores en países con gobiernos nacionalistas de izquierda, populistas, que concilian a los imperialistas, como México y Brasil. El entrenamiento militar de civiles es necesario, pero ha sido muy limitado y carece de recursos suficientes. Los trabajadores están supeditados a los esfuerzos del gobierno de Maduro; los sindicatos y las organizaciones campesinas deberían tomar en sus manos el entrenamiento militar y formar milicias. Se debe expropiar a las petroleras y los bancos imperialistas sin indemnización y repudiar la deuda externa para financiar la defensa del país. Estas acciones también servirían para aliviar las miserables condiciones de vida de las masas trabajadoras, cuya ira por su situación desesperada puede canalizarse en apoyo al imperialismo y la derecha. Hay que unir a toda la población trabajadora en una lucha contra el imperialismo. ¿Por qué no toma estas medidas Maduro? Porque eso significa que la clase obrera se movilice, lo que puede amenazar su régimen y a sus aliados burgueses.

El derrocamiento de Maduro por los imperialistas, por la fuerza o a través de un pacto, sería una catástrofe para toda América Latina pues reforzaría la ola de reacción en toda la región. En particular, la caída de Maduro sin resistencia significaría una victoria contundente para los gusanos venezolanos con un costo mínimo para el imperialismo. En cualquier caso, ese resultado desmoralizaría profundamente a las masas de toda América Latina.

En Venezuela como en toda Latinoamérica, ¿cuál ha sido la actitud de los líderes sindicales en este contexto de ataques imperialistas? Han desactivado las luchas obreras o de plano implementado los ataques imperialistas y de la burguesía nacional, bajo el argumento de que los trabajadores deben confiar en las medidas que los gobernantes o los partidos nacionalistas y populistas toman para lidiar con Trump y la derecha. Así, han hecho depender la defensa de nuestros países de las élites. Pero, a medida que arrecian los ataques, que los presupuestos no alcanzan, que las economías se arruinan, las burguesías nacionales —que se balancean entre los imperialistas y la clase obrera— se ven cada vez más en la necesidad de cumplir las exigencias de los imperialistas, a quienes están atadas por sus intereses y sus negocios. Sheinbaum, Petro, Lula y Maduro buscan mantenerse a la cabeza de la lucha de liberación nacional para contener y canalizar las aspiraciones sociales y económicas de los oprimidos dentro de límites aceptables para el dominio de la clase a la que representan, al mismo tiempo que rechazan aquellas medidas que podrían asestar un golpe más grande y efectivo, afectando la propiedad e intereses imperialistas. A nada le temen más que a la movilización independiente de la clase obrera, la cual pondría en peligro su régimen.

Tomemos como ejemplo México. Sheinbaum es vista, todavía, como un ejemplo de firmeza por cómo ha lidiado con Trump. ¿Pero qué ha hecho realmente este último año? Contemporizar con los imperialistas, congratularse por exiguas prórrogas a los aranceles, desmovilizar las luchas de los trabajadores, defender el T-MEC como instrumento para el desarrollo del país, sumarse a la campaña contra China, y colaborar con las agencias de seguridad imperialistas. Si analizamos cómo ha empeorado la situación de México y de los trabajadores frente a los imperialistas resulta evidente que Sheinbaum no ha pasado la prueba. En cambio, lo que un genuino gobierno antiimperialista haría es movilizar y fortalecer a las organizaciones obreras y campesinas, atacar la propiedad imperialista en respuesta a los despidos, conservar las riquezas del país nacionalizando sin compensación la industria energética y las minas, expropiar los bancos y repudiar la deuda para enfrentar la extorsión financiera, reforzar las relaciones comerciales con China, etc. Por su parte, los líderes obreros siguen la política de Sheinbaum, sacrificando a los trabajadores para acomodarse a las exigencias de las compañías extranjeras y locales. Ante esto, lo que se plantea es defender cada contrato colectivo, cada empleo y cada conquista obrera y popular en contraposición a dichas dirigencias, rechazando el chantaje de que deben atenerse a los esfuerzos conciliadores de Sheinbaum.

Los ataques imperialistas han incluido el apoyo directo a los gobiernos títeres y el chantaje financiero. EE.UU. le lanzó un “salvavidas” económico al gobierno del derechista Javier Milei, a cambio de condenar a la Argentina a una mayor subyugación al capital financiero. El crédito tenía como condición que Milei ganara las elecciones legislativas de hace unas semanas, lo cual sucedió. Muchos izquierdistas hoy minimizan la victoria de Milei y argumentan incluso que caerá pronto. Esto es desorientador. Respaldado por los imperialistas, arremeterá con más fuerza contra los obreros y los pobres, lo cual ha dejado en claro anunciando una reforma laboral antiobrera.

Ante esta situación, lo que se necesita es un frente único con los sindicatos peronistas —la CGT y las CTA— contra la reforma y el saqueo nacional, que levante reivindicaciones claras y sencillas, ligadas a la perspectiva de un gobierno del FIT-U y de los sindicatos. A través de esto, se puede ofrecer realmente una alternativa a Milei y a los peronistas que las masas vean como viable. En la mejor tradición defendida por la III Internacional y por Trotsky, señalamos que mediante la acción conjunta se puede demostrar cómo a cada paso el programa pro capitalista de las direcciones sindicales sabotea la lucha debido a su compromiso de no mellar los intereses de los imperialistas y causar problemas al gobierno.

En contraste, la izquierda trotskista en Argentina se alinea con uno de los dos polos de capitulación que mencioné antes, y que vemos a lo largo de América Latina. Por un lado, están los que en aras de combatir al imperialismo se están aliando y subordinando a las opciones peronistas. Tenemos varios ejemplos de ello. El Partido Piquetero es parte del frente peronista. Otros, apoyaron a Massa contra Milei. El otro polo da la espalda a los sindicatos. ¿Cómo se ve eso? Denuncian a las direcciones de los sindicatos tradicionales por cosas ciertas, como que han traicionado y desmovilizado las luchas. Pero en lugar de orientarse a los sindicatos, llevando a cabo acciones conjuntas, se van a formar organizaciones paralelas a los sindicatos, a hacer sindicatos combativos, autoconvocados, organizar a otros sectores alejados de los sindicatos, etc. Es decir, se aislan de la pelea en los sindicatos y dividen a los trabajadores. La izquierda en Argentina debe reorientarse. No debe dejar de esta forma intacto el control peronista sobre el movimiento obrero. Lo que hay que hacer es cerrar la brecha entre la izquierda y los trabajadores.

Además del chantaje financiero, uno de los más brutales ataques imperialistas ha sido su uso de la lucha contra los “narcoterroristas” extranjeros para amenazar a varios países latinoamericanos y pisotear su soberanía. Es una daga contra todo aquél que presente una oposición, por tímida que sea, a los designios imperialistas. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, ha sido acusado de ser líder del narcotráfico, lo cual prepara el terreno para arremeter contra él y Colombia en cualquier momento. En México, este espantajo ha sido utilizado para movilizar a más de diez mil efectivos estadounidenses a la frontera, desplegar buques a aguas territoriales mexicanas y justificar la operación de agencias de seguridad imperialistas en el país. Toda la retórica de Sheinbaum de “colaboración sin subordinación” en realidad sirve como hoja de parra para las operaciones de los imperialistas. Todo militante antiimperialista debe exigir: ¡Fuera DEA, CIA y bases militares imperialistas de América Latina!

Por lo pronto, Maduro, Petro y Sheinbaum, así como los peronistas y otras fuerzas populistas, conservan la hegemonía de la lucha por la liberación nacional, y los oprimidos del continente voltean a ellos con esperanzas. Sólo una dirección comunista, que fusione las luchas por la liberación nacional y social, que logre ponerse a la cabeza de la lucha antiimperialista, podrá unificar a las masas trabajadoras latinoamericanas y forjar una invencible colaboración con los proletarios de EE.UU., Canadá y Quebec, que también están sufriendo los ataques del imperialismo estadounidense. ¡Por un frente único antiimperialista de las Américas para luchar contra Trump! ¡Por una federación socialista de América Latina!