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https://iclfi.org/pubs/ai/5/indonesia
Traducido de Indonesia: Where to now? (inglés), suplemento Red Battler ,
El siguiente artículo fue traducido de un suplemento de Red Battler del 19 de noviembre.

“En el Sur Global, donde no hay mucha tela de donde cortar, una ofensiva de Estados Unidos tendrá consecuencias devastadoras que probablemente provoquen grandes explosiones sociales. En muchos países, basta una chispa para que surjan estallidos masivos. La cuestión es: ¿estarán éstos dirigidos contra los imperialistas o los trabajadores voltearán sus armas unos contra otros? Todo depende de la cuestión de la dirección”.

—Editorial, Spartacist No. 44, julio de 2025

La ola de protestas masivas y combativas de la juventud indonesia, que comenzó a finales de agosto, es una de las más significativas que ha habido en el país desde 1998. Provocadas por la ira ante el anuncio de nuevos privilegios para los parlamentarios —y avivadas por la brutal respuesta policial que causó múltiples muertes—, la magnitud y la virulencia de estas manifestaciones revelan una profunda acumulación de enojo y de agravios políticos y económicos entre amplios sectores de las masas indonesias.

Aunque las manifestaciones a gran escala recedieron rápidamente, el gobierno no puede detener la ola de descontento que las provocó. A medida que la crisis del orden imperialista se agrava, la burguesía nacional y la élite política indonesias se ven sometidas a una presión cada vez mayor, y las grietas del orden post-reformasi se amplían. ¿Y ahora qué? Ésta es la pregunta para la que ni la burguesía nacional, ni los liberales, ni los líderes del movimiento obrero tienen una respuesta real.

Las débiles bases de la estabilidad económica para las masas se están erosionando. Indonesia tiene la tasa de desempleo más alta del sureste asiático, mientras que el precio de los alimentos y los servicios básicos aumenta año tras año. Los trabajadores enfrentan despidos y una desindustrialización cada vez más profunda, ya que la industria manufacturera sigue colapsando. Los nuevos empleos continúan siendo casi en su totalidad informales y mal pagados. La vida del campesinado sigue marcada por la pobreza rural y la explotación de las grandes empresas. Las perspectivas para la amplia capa de la pequeña burguesía educada son igualmente sombrías. El brutal mercado laboral para los profesionistas ofrece escasas oportunidades de estabilidad económica, lo que provoca una disminución del gasto de la “clase media”, ya que cada vez más personas se ven empujadas a las filas del proletariado y del precariado informal.

Por lo tanto, la desigualdad es cada vez más marcada. Mientras que las condiciones empeoran para las masas, una estrecha capa de burgueses nacionales, políticamente bien conectados, ha cosechado los beneficios de una década de desarrollo impulsado por la inversión, especialmente en el sector de las materias primas, el cual requiere de un gran capital. Indonesia se enfrenta así a una situación de desarrollo desigual y combinado, en la que una burguesía nacional relativamente próspera sigue ampliando su peso global y regional, mientras que la vida de las masas sigue marcada por el subdesarrollo y el empeoramiento de la precariedad.

Durante más de una década, la política económica nacionalista y la inversión en vistosos proyectos de infraestructura pública han bastado para venderle a los trabajadores indonesios el sueño de un desarrollo pacífico y gradual hacia la prosperidad nacional. Sin embargo, las condiciones necesarias de este proyecto —un periodo más estable de hegemonía imperialista en el que era posible navegar entre Estados Unidos y China— se están erosionando rápidamente. A medida que el imperialismo estadounidense le aprieta las tuercas al mundo neocolonial, Indonesia camina sobre un terreno cada vez más inestable. Cada nueva grieta deja más claro que la verdadera beneficiaria del periodo anterior fue una pequeña élite política y económica. En este contexto, es claro por qué el aumento al salario de los bien remunerados parlamentarios pudo encender la mecha de la ira por la corrupción y la desigualdad.

Como en todo el mundo neocolonial, las masas indonesias tienen poco margen de maniobra. Sin embargo, mientras Prabowo intenta sortear las tormentas que se avecinan, lo que está en el orden del día es un programa de austeridad cada vez más profundo. Los recortes presupuestales del gobierno central han exigido enormes aumentos a los impuestos locales (a veces de decenas o incluso cientos de puntos porcentuales). Así, los trabajadores y la pequeña burguesía se ven cada vez más presionados por ambos lados. Justo antes de las protestas al nivel nacional, en las regencias locales, desde Java Central hasta Sulawesi, este tema había detonado ya manifestaciones explosivas. En Pati, el anuncio de un aumento del 250 por ciento al impuesto sobre la propiedad provocó protestas populares en las que miles de personas se enfrentaron a la policía y tomaron la sede local del DPRD (consejo local de representantes populares).

Que el gobierno haya aceptado las condiciones de rescate que exigió Estados Unidos en las negociaciones arancelarias del pasado julio no hará sino agravar aún más esta presión. Prabowo sigue mostrándose como un pragmático de mano dura en el ámbito nacional y como un defensor del orden “multipolar” en el ámbito internacional. Pero el drama que rodeó aquellas negociaciones y la ira explosiva de la juventud indonesia revelan que el margen de maniobra que Prabowo necesita se está reduciendo. Éstos son meros presagios de las crisis que se avecinan, que sin duda aumentarán el descontento masivo y romperán la unidad de la élite.

El patrón de las protestas

La ola de manifestaciones que comenzó el 25 de agosto no puede verse como una explosión surgida de la nada, sino como el resultado de una situación ya de por sí inflamable que, especialmente desde 2019, ya se viene manifestando en una serie de protestas locales y nacionales. Las protestas recientes fueron más grandes y combativas, y movilizaron a sectores más allá del habitual estudiantado universitario. Cabe destacar la participación de algunos de los sectores más precarizados de la sociedad, como los conductores de ojol [mototaxis], así como los adolescentes en edad escolar, muchos de ellos procedentes de entornos pobres y de clase trabajadora.

Sin embargo, lejos de representar un fenómeno fundamentalmente nuevo, estas manifestaciones encajan en un patrón de reflujo y escalada. Durante años ha habido movilizaciones constantes de sectores de la juventud (y, de forma más irregular, de sectores de trabajadores y campesinos organizados). Pero, hasta ahora, se han perdido todas las reivindicaciones importantes. Inevitablemente, estas manifestaciones se desvanecen sin obtener avances sustanciales, mientras que la situación que las provocó sigue deteriorándose.

Aunque los manifestantes pedían que se revocaran los aumentos salariales de la DPR (Cámara de Representantes) y se pusiera fin a la brutalidad policial, las demandas que planteaban eran en general amorfas y dispares. Algunos pedían la destitución de Prabowo y Gibran, pero en su mayoría la ira no se dirigía hacia la presidencia en particular, sino a la desigualdad y la corrupción gubernamental en abstracto. Las demandas más amplias en el momento álgido de las protestas solían ser poco claras. Entre las reivindicaciones más contundentes y airadas se encontraba la disolución de la DPR. Sin embargo, no había una concepción clara o unificada de lo que esto significaría, ni de quién lo llevaría a cabo.

Mientras tanto, los líderes del movimiento estudiantil, los influencers de las redes sociales y los activistas de las ONGs plantearon diversas demandas liberales por reformas específicas o abstractas. Con frecuencia, durante las protestas, se invitaba a estas figuras a presentar sus demandas a los funcionarios públicos para intentar calmar a los jóvenes que se encontraban fuera. A medida que las protestas comenzaron a disminuir, las llamadas “17+8 demandas del pueblo” (por “transparencia, reforma, empatía”) comenzaron a circular en Internet y en los medios de comunicación. Elaboradas y promovidas por una coalición de ONGs liberales e influencers, eran una mezcolanza de demandas inmediatas para poner fin a la represión estatal y llamados liberales abstractos a una reformasi democrática más amplia.

El control que ejerce este segmento liberal de la sociedad civil sobre las expresiones políticas organizadas de los movimientos sociales en Indonesia —su intervención para articular las “demandas políticas” del rakyat [pueblo]— es un obstáculo fundamental para el avance de la lucha revolucionaria. El problema de este segmento es que tiene suficiente organización e influencia para desviar las explosiones desorganizadas de ira política hacia un callejón sin salida, al mismo tiempo que es totalmente impotente para alcanzar incluso sus propios objetivos. Aunque siempre ha representado a una capa estrecha de la pequeña burguesía, hoy en día está más aislada que nunca en el panorama político general: los pilares de la reformasi se están desmoronando, y la gran esperanza liberal, Jokowi (inicialmente respaldado sin reservas por la “sociedad civil” liberal), no fue más que una continuación de la política dinástica. Y lo que es más importante, la hegemonía ideológica global del liberalismo es letra muerta.

Aunque los liberales pueden plantear reivindicaciones relativas a los obreros y los sindicatos, no tienen ningún interés en un programa de lucha de clases. Por el contrario, alternan entre la desesperación total por la situación del país y el sueño utópico de rescatar la democracia burguesa y revivir la reformasi mediante una nueva oleada de protestas “populares”. Lo que no ven es que las condiciones globales han cambiado desde 1998. La victoria parcial de la reforma democrática burguesa no fue simplemente el producto de protestas masivas “espontáneas”, sino que estuvo condicionada por la hegemonía global del imperialismo liberal estadounidense, que ya no necesitaba de un vestigio de la Guerra Fría como Suharto y que ideológicamente favorecía una fachada “democrática” para la explotación neocolonial.

Los liberales no resolverán el actual estancamiento político. No se completará la reformasi, que ya está totalmente erosionada. Las perspectivas a las que se enfrenta Indonesia hoy son una espiral cada vez más profunda de bonapartismo, algún tipo de explosión reaccionaria, o bien la toma de la iniciativa por parte de la clase obrera. Que la lucha democrática avance en este contexto dependerá de una lucha de clases contra la dominación imperialista.

Para los marxistas, la tarea clave es mostrar un camino progresista que salga del actual patrón sin salida de escalada y reflujo de las protestas, un camino capaz de vincular la ira y las aspiraciones de la juventud indonesia con el movimiento obrero, mediante un programa antiimperialista de lucha de clases. Esta tarea exige una ruptura clara con la política de las ONGs liberales (profundamente entrelazadas con el imperialismo) y el entorno político estudiantil colaboracionista y arribista, lo que plantea las cuestiones clave de la dirección y el programa.

Si bien la combatividad de la juventud indonesia es heroica, limitarse a aclamar la “solidaridad” con las manifestaciones, como hace gran parte de la izquierda (especialmente al nivel internacional), es totalmente insuficiente y antimarxista. La celebración liberal de la “espontaneidad” de las masas no sólo no aborda las fuerzas subyacentes que impulsan las explosiones sociales, sino que desarma cualquier capacidad para localizar y combatir los obstáculos que impiden el avance de la lucha revolucionaria. Aunque muchos en la izquierda, e incluso entre los liberales, de Indonesia reconocen el ciclo en el que están atrapados los movimientos sociales indonesios y las deficiencias de la falta de organización, las soluciones que plantean tienden a ser abstractas, puramente organizativas, o ambas.

Lo que los movimientos sociales indonesios necesitan desesperadamente no es sólo “solidaridad” o “mayor coordinación”, sino una dirección revolucionaria: un programa y un camino hacia la victoria contra el imperialismo. Hay que dejar claro a las capas progresistas de las masas que, en ausencia de esa dirección, las explosiones sociales sólo podrán servirle de plataforma al conflicto entre las diferentes fracciones de la élite y los intereses imperialistas, lo que en última instancia contribuye a una espiral de reacción.

Provocación y conflicto entre las élites

Las narrativas sobre la manipulación de las protestas por parte de actores de la élite se han extendido tras las manifestaciones. La figura del penyusup [intruso] provocador y del dalang [titiritero] que mueve los hilos y que está detrás de los sucesos políticos son arquetipos recurrentes, y el argumento hoy en día viene de todas direcciones. Prabowo declara que las protestas fueron “pagadas” y “manipuladas” por “corruptores”, potencias extranjeras y capos de la “mafia”. Muchos activistas y académicos liberales sostienen que la violencia fue incitada deliberadamente por provocadores policiales o militares, ya fuera para deslegitimar la “disidencia pacífica” o como parte de los conflictos entre las élites. Una minoría de los izquierdistas considera que las protestas fueron (total o parcialmente) una “revolución de color” respaldada por Estados Unidos, en la que los liberales de la NED [Fundación Nacional para la Democracia] y elementos de la burocracia estatal incitaron a los manifestantes para socavar la postura de Indonesia en favor de los BRICS.

Parte de la fuerza de estas narrativas radica en que, en ocasiones, contienen importantes granos de verdad. Sin duda, había provocadores entre la multitud, se desplegó un gran número de agentes policiales y los servicios de inteligencia vigilan de cerca a los activistas. Existe una larga historia de incitación a los disturbios por parte del ejército y la policía (sobre todo en 1998) y parece que algunos actos violentos sí fueron orquestados. El conflicto entre fracciones dentro de la élite es profundo y se extiende a las burocracias estatales, incluso entre la policía y el ejército. Y las ONGs liberales están financiadas por los imperialistas y son ideológicamente afines a ellos.

Desentrañar las redes de influencia que se esconden bajo la superficie, analizando qué actos fueron o no cometidos por provocadores vinculados al estado (o simplemente por grupos anarquistas y estudiantes de secundaria enfurecidos) es una tarea inútil. No obstante, sería ingenuo negar rotundamente que los actores reaccionarios, vinculados al imperialismo y las élites, desempeñaron algún papel, especialmente dada la naturaleza amorfa y maleable de las protestas.

Sin embargo, descalificar las manifestaciones como puramente reaccionarias o compradas sería igualmente ingenuo. La obsesión excesiva por las cuestiones de la manipulación de las élites y los imperialistas conlleva el riesgo de desorientación política para los marxistas. La situación en el país es grave y cada vez más intolerable; todo el mundo neocolonial está sintiendo la presión de la tenaza imperialista. No hace falta una conspiración para que se produzcan explosiones de violencia en una situación así; cuando se produjeron, fue sorprendente lo claramente dirigidas que estuvieron contra los símbolos del poder estatal. Las comisarías de policía y las sedes parlamentarias fueron siempre blancos de las protestas, sin que se produjeran pogromos ni violencia de tipo étnica (antichina, etc.), como ocurrió ampliamente en 1998.

Las protestas comenzaron a receder cuando Prabowo anunció que se revocarían algunos privilegios de la DPR y que había ordenado a la policía y al ejército que tomaran medidas enérgicas contra el “terrorismo” y el “anarquismo”. Él y otros ministros también declararon vagamente que “considerarían” seriamente las demandas “17+8”. Por miedo y conformismo, las protestas se moderaron o se cancelaron y las manifestaciones previstas se reprogramaron. La asistencia se redujo al ámbito de los activistas organizados. Al carecer de una dirección revolucionaria capaz de aprovechar la energía política, las manifestaciones no pudieron sino servirle de terreno a las maniobras de la élite, lo que en ocasiones benefició a ciertas fracciones. Prabowo aprovechó la oportunidad para reorganizar su gabinete, sustituyendo a varios ministros veteranos (algunos de ellos blanco de las protestas) por personajes más leales a él.

El movimiento obrero

Los sindicatos mayoritarios jugaron una partida delicada durante las protestas. El 28 de agosto se llevaron a cabo manifestaciones programadas en preparación para huelgas, convocadas por los sindicatos “amarillos” pro gubernamentales en torno al Partai Buruh (Partido Laborista) de Said Iqbal. Los líderes sindicales reiteraron que estas protestas no tenían relación con las manifestaciones que habían comenzado días antes, y se centraron únicamente en sus reivindicaciones sectoriales de aumento del salario mínimo, abolición de la subcontratación de puestos de trabajo y creación de un grupo de trabajo gubernamental para evitar los despidos. Asistieron varios miles de trabajadores organizados, la mayoría en Yakarta, a los que se unieron en algunos lugares grupos de conductores de ojol.

La manifestación de Yakarta fue breve, lo que Iqbal justificó declarando que “no había ningún legislador de la Cámara que quisiera hablar con un representante sindical” y que muchos trabajadores “tenían que volver para el turno de la tarde”. En realidad, Iqbal, un burócrata pro gubernamental que el pasado Primero de Mayo habló junto a Prabowo en una manifestación masiva, quería reducir al mínimo el contacto de la base sindical con las protestas que se reanudarían más tarde ese día. Por lo tanto, los contingentes organizados de obreros se disolvieron a primera hora de la tarde del 28, aunque sin duda muchos trabajadores se quedaron y se sumaron a las manifestaciones.

Las protestas de esa noche marcaron un punto de inflexión en la escalada de manifestaciones, tras el asesinato por parte de la policía del conductor de ojol Affan Kurniawan. Los burócratas sindicales instaron a la “calma” y la “unidad” de sus afiliados, pidiéndoles que no participaran en acciones ilegales o “anarquistas”. Al mismo tiempo, instaron al gobierno a tomar medidas inmediatas para satisfacer las demandas de los manifestantes y “demostrar su compromiso de escuchar las aspiraciones del pueblo”. En última instancia, los burócratas sindicales mayoritarios desmovilizaron a sus bases, al tiempo que intentaban apelar a los manifestantes y presentarse ante el estado como socios leales y capaces de estabilizar y moderar la ira de la clase trabajadora.

La pequeña minoría de sindicatos “rojos” intentó intervenir con un tono más combativo. Se trata de sindicatos “activistas” y ampliamente antigubernamentales, normalmente liderados por antiguos activistas estudiantiles y, en algunos casos, por simpatizantes actuales de grupos socialistas. Estos sindicatos apoyaron retóricamente las protestas y, en general, convocaron a sus miembros a las manifestaciones. Pero los contingentes fueron en su mayoría pequeños, y los sindicatos de izquierda estaban lejos de poder iniciar huelgas políticas a gran escala.

La coalición Movimiento Laborista con el Pueblo (GEBRAK) organizó una manifestación considerable en Yakarta el 4 de septiembre, cuando las protestas ya se habían reducido significativamente. Aunque no fue pequeña, esta protesta representó a una fracción ínfima del movimiento obrero. Si bien más combativa y planteando demandas propias ligeramente más izquierdistas, la protesta, en cierto modo, no se distinguió particularmente de las de activistas liberales y ONGs.

De hecho, los sindicatos “rojos” tienden a estar profundamente entrelazados con el sector de las ONGs liberales. La declaración fundacional de GEBRAK está firmada conjuntamente por federaciones sindicales, grupos socialistas (del medio post-PRD [Partido Democrático Popular], la Perserikatan Socialis y la Pembebasan) y diversas ONGs (entre ellas Greenpeace y la Fundación de Asistencia Jurídica de Yakarta). Muchos pequeños sindicatos de “izquierda” funcionan más como ONGs de asesoría jurídica que como sindicatos combativos. Esta política significa que, en vez de ofrecer una alternativa, los sindicatos rosas tienden a ofrecer más bien una careta de “izquierda” y “obrera” al callejón sin salida liberal.

Es muy posible que, en momentos futuros de lucha política, las burocracias sindicales movilicen a sus bases (a menudo inquietas). Por ejemplo, durante las protestas de 2020 contra la antiobrera Ley Ómnibus se produjeron grandes huelgas incluso por parte de la burocracia sindical amarilla. Pero estas huelgas políticas siempre terminan siendo simbólicas, suelen durar uno o dos días y no intentan ni remotamente paralizar la economía.

El hecho es que la clase obrera indonesia no está hoy en un periodo de auge político que le dé confianza para pasar a la ofensiva. El deterioro de sus condiciones y la debilidad y la desorientación política del movimiento sindical pueden fomentar la pasividad tanto como el descontento. Para que el movimiento obrero se erija como una fuerza independiente y decisiva es necesario desenmascarar políticamente a ambos lados de la división del movimiento sindical.

Los dirigentes pro gubernamentales del Partai Buruh están comprometidos con una estrategia perdedora, que busca arrancarle reformas mínimas a los partidos burgueses demostrándoles que son socios leales y útiles. Hoy en día, buscan una coalición con Prabowo, quien, a pesar de su postura populista, está firmemente comprometido con el empeoramiento de las condiciones de los trabajadores indonesios en un esfuerzo por atraer la inversión extranjera a la debilitada base industrial del país. Los sindicatos “rojos” rechazan con razón esta estrategia, pero, incapaces de proponer una estrategia revolucionaria antiimperialista, buscan en cambio una alianza liberal “activista” condenada a la impotencia. Toda la base de la división organizativa tiene como premisa, en muchos sentidos, evitar la necesaria lucha política contra Iqbal y los corruptos burócratas amarillos.

La izquierda

La pequeña y fragmentada izquierda organizada en Indonesia reaccionó con entusiasmo al auge de la lucha. Aunque todos intervinieron por separado con sus pequeñas fuerzas, hay rasgos comunes en el enfoque de cada grupo, que impidieron a la izquierda ofrecer una alternativa real a los liberales en la contienda por dirigir la energía política de las masas.

La Perhimpunan Sosialis Revolusioner (PSR) y el Front Muda Revolusioner (FMR) —sección indonesia de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR)— se mostraron entusiasmados ante la oportunidad de sumarse a la retórica revolucionaria de sus camaradas. Días después del inicio de las protestas, publicaron un artículo titulado “La revolución ha comenzado”, en el que se relata el radicalismo de las protestas, se declara que la clase obrera debe emprender acciones colectivas y se convoca a la formación de “comités de acción”, una huelga general y un “gobierno revolucionario de la clase obrera y los pobres”. Aunque en muchos aspectos era ortodoxa y correcta en lo abstracto, la intervención de la ICR existía en gran medida al margen del equilibrio material de fuerzas sobre el terreno. Cuando las protestas empezaron a retroceder, publicaron una andanada de artículos en los que pedían a los estudiantes que fueran a las fábricas para “encontrarse con los obreros” y que extendieran “esta revolución a la clase obrera”. Una vez que la revolución (que días antes proclamaban que “no daba señales de detenerse”) se desmovilizó, señalaron acertadamente que la cuestión de la dirección era fundamental para aprovechar la tregua en la lucha y prepararse para las próximas ofensivas. Sin embargo, aunque denunciaban en abstracto la perspectiva de “reforma desde arriba” de los liberales del “17+8”, los pasos concretos que proponían eran continuar con los llamados a comités de acción (soviets incipientes) y “construir ahora con urgencia” una organización revolucionaria (es decir, “¡únete a la ICR!”).

La Perserikatan Sosialis (PS) fue menos grandilocuente que la ICR, proponiendo su propia lista de “Reivindicaciones de los trabajadores y el pueblo”, la mayoría de las cuales eran razonablemente agitativas (incluso transicionales) y al menos intentaban conectarse con los agravios reales que impulsan a las masas. La dimensión práctica de la intervención de la PS fue, al igual que la de la ICR, llamar a la creación de “comités de resistencia” (soviets incipientes). Si bien estos órganos son muy necesarios, llamar a su formación sin aclarar adecuadamente los obstáculos políticos (y la necesidad de una escisión política) sólo puede hacer que la exigencia carezca de sentido. De hecho, el enfoque de la PS respecto a la lucha democrática la lleva a describir la tarea central presente como la “consolidación nacional del movimiento, incluyendo al Movimiento 17+8” (para ser justos, añaden la salvedad: “no debemos moderar nuestro programa ni nuestras exigencias”). La PS no ha dado una explicación seria del colapso político del PRD (del que surgió), ni de la orientación frentepopulista de ese partido hacia el PDI-P [Partido Democrático Indonesio de Lucha] de Megawati al servicio de la “lucha democrática” de los años noventa. Así, aunque puede atacar con toda razón a los liberales y los burócratas sindicales (amarillos), PS carece de una orientación que le permita combatirlos políticamente, lo cual es una condición previa básica para construir comités revolucionarios.

En las intervenciones de la ICR y la PS estaba austente todo intento de promover un programa concretamente antiimperialista, el punto clave de la cuestión democrática en el mundo neocolonial. Siempre parece haber una barrera entre el antiimperialismo en el extranjero y la lucha en el país. Esto se debe al justificado rechazo a capitular ante la (brutal y reaccionaria) burguesía nacional. Pero los marxistas debemos disputarle a esta clase la hegemonía del sentimiento antiimperialista, no dejar que se presente como la “defensora de la nación”.

Gran parte de la izquierda también se quedó corta en otros frentes. La mayoría no supo abordar seriamente el estancamiento político en que se halla el movimiento obrero. Su intervención en este punto se limitó a denunciar a los burócratas más abiertamente reaccionarios y pro gubernamentales, como Iqbal, y a pedir más combatividad. Y aunque toda la izquierda puede criticar a los liberales, tiende a hacerlo en gran medida en el ámbito de la abstracción política, sin demostrar concretamente la impotencia de la estrategia liberal en esta coyuntura.

Los “demócratas nacionales” indonesios, alineados con la Liga Internacional de Lucha de los Pueblos (ILPS), sí lanzaron consignas contra los imperialistas (entre los que incluyen erróneamente a China). Sin embargo, el verdadero eje de su intervención, principalmente a través del Frente Estudiantil Nacional (FMN), fue el llamado a luchar contra el “régimen fascista de Prabowo-Gibran”. Éste es un análisis sumamente desorientador. Aunque es reaccionaria y cada vez más bonapartista, la presidencia de Prabowo simplemente no se basa en una organización de terror paramilitar extralegal. Más importante aún, esta perspectiva es el producto de la errónea interpretación estalinista de la cuestión nacional: refleja una búsqueda etapista y esencialmente colaboracionista con un ala progresista de la burguesía nacional que ayude a llevar adelante la “democracia nacional” contra el ala fascista-compradora (hoy supuestamente representada por Prabowo-Gibran).

La unidad reaccionaria y la histeria anticomunista de la élite indonesia actual tienden a enmascarar estas políticas, dando a los “demócratas nacionales” indonesios una especie de cobertura de izquierda. Pero, a medida que se agrava la crisis en el país y en la situación mundial, el panorama político cambiante profundizará las presiones oportunistas y aventureras, tanto sobre ellos como sobre el resto de la izquierda indonesia.

Existen redes anarquistas dispersas y clandestinas en todas las ciudades indonesias. La mayoría tiene su base entre los jóvenes de clase baja y los estudiantes en edad escolar (a diferencia de la mayoría de los grupos marxistas, que existen principalmente en los campus universitarios). La debilidad y la semilegalidad de la izquierda (especialmente marxista) es un factor importante para la relativa importancia de los grupos anarquistas. En los últimos años, el alarmismo estatal sobre el anarquismo se ha agudizado cada vez más. Tras las manifestaciones, las kelompok anarko [redes anarquistas] fueron ampliamente señaladas como responsables de la violencia y fueron objeto de una fuerte represión estatal. Cientos de personas han sido detenidas por su conexión con redes anarquistas o por supuestos “actos anárquicos” en las manifestaciones. Es difícil discernir lo que ha sucedido desde entonces, debido a cierto bloqueo informativo al nivel nacional, pero es seguro que muchas personas siguen en la cárcel o enfrentan condenas.

La histeria del “terror negro” es una amenaza para toda la izquierda y el movimiento obrero. La defensa de los anarquistas, junto con todos los detenidos en las manifestaciones, es fundamental. La liberación no se conseguirá con pequeños grupos que lanzan bombas molotov de vez en cuando; los jóvenes radicales con inclinaciones anarquistas deben ser ganados a una perspectiva marxista. Sin embargo, para ello será necesario avanzar un programa revolucionario en la lucha concreta.

¿Hacia dónde vamos ahora?

En esta coyuntura, vender un optimismo revolucionario vacío es fácil. El movimiento obrero y la izquierda en Indonesia siguen siendo programática y organizativamente impotentes, y aunque el próximo periodo presenta oportunidades reales, no es en absoluto seguro que la situación objetiva beneficie a la izquierda y el movimiento obrero. La burguesía nacional aún cuenta con muchas herramientas reaccionarias. Aunque en muchos sentidos las alternativas reaccionarias al orden político actual están poco desarrolladas, los socialistas deben estar preparados para las amenazas y los obstáculos que se avecinan.

Las poderosas ormas paramilitares conectadas al estado siguen siendo siempre una amenaza latente para los trabajadores y los movimientos sociales en Indonesia. Aunque en las recientes protestas éstas no se movilizaron, las ormas sí se pusieron en guardia y, si la crisis se hubiera agudizado, sin duda se habría recurrido a los preman [matones] como tropas de choque del “orden público”. Firmemente reaccionarios, estos grupos se apoyan en redes clientelares que, en condiciones de crisis más profunda, podrían llevarlos a desestabilizar el orden burgués tanto como a reforzarlo.

El Islam político ha adquirido mucho poder desde la caída de Suharto y sigue siendo una fuente de reacción, como lo demuestran las movilizaciones islamistas de cientos de miles en 2016 en contra del ex gobernador Ahok de Yakarta. Aunque el Islam político en Indonesia ha logrado profundizar de manera masiva la islamización cultural, también está plagado de contradicciones. Como fuerza política, el Islam indonesio está profundamente dividido internamente y sus principales organizaciones y partidos están firmemente integrados en el sistema político actual. Sin embargo, durante mucho tiempo ha servido para contener el descontento religioso-cultural contra el imperialismo occidental, un atractivo que podría crecer en un periodo de crisis política y que, sin duda, se movilizaría contra cualquier avance de la izquierda.

El primer año de Prabowo en el poder se ha caracterizado por un aumento en los métodos bonapartistas de gobierno y un creciente poder político militar. Las reformas a la Ley de las Fuerzas Armadas de principios del año pasado eliminaron las restricciones del personal militar en activo a ocupar puestos burocráticos civiles, lo que provocó el pánico en algunos sectores por un regreso al dwifungsi [función dual]. Si bien es importante evitar la histeria liberal sobre esta cuestión, los intentos cada vez más bonapartistas de apoyarse en el ejército para preservar el orden político son inevitables a medida que se agrava la crisis mundial. Al mismo tiempo, gran parte de la élite tiene interés en evitar un verdadero retorno al régimen militar, que podría amenazar los sistemas de clientelismo en que se sostiene. Además, la burocracia del brazo represivo del estado no está políticamente consolidada: la policía y el ejército suelen estar en conflicto, y el ejército tiene sus propias divisiones internas. En resumen, Prabowo no es Suharto, al menos por ahora.

La trayectoria de la política indonesia es incierta. Las condiciones de las masas están empeorando y la relativa estabilidad política de los últimos veinte años da claras muestras de desmoronamiento. La actual unidad de la élite se tambaleará cada vez más a medida que la situación mundial se descomponga, pero todas las alternativas están poco desarrolladas. Esto ofrece oportunidades reales para la izquierda y el movimiento obrero, pero también peligros aun mayores. Las presiones imperialistas podrían convertir fácilmente esta situación explosiva en una espiral de reacción. En la actual tregua de la lucha política, es más urgente que nunca que la izquierda indonesia se tome en serio las tareas de rearme programático y organizativo.

Esbozo de un programa

Los siguientes cinco puntos se presentan como base para la discusión política, el debate y la consolidación. Este informe no pretende dar respuesta a las innumerables cuestiones políticas a las que se enfrentan los socialistas y el movimiento obrero en Indonesia. Sin embargo, aclarar los principios programáticos es la única base sobre la que se puede reconstruir una vanguardia combativa.

1. Por una defensa unificada contra la represión estatal. Las recientes manifestaciones dieron lugar al periodo de represión estatal más significativo en Indonesia desde 1998, en el que se utilizaron todas las herramientas disponibles, salvo la declaración formal de la ley marcial. Miles de personas fueron arrestadas en esta represión, cientos quedaron detenidas durante largos periodos y muchas siguen encarceladas a la espera de juicio. Entre ellas se encuentran tanto personas detenidas en el marco del “terror negro” anarquista (o acusadas de “actos anárquicos” en las protestas) como muchas otras que encaran cargos de “incitación”, a menudo simplemente por publicaciones en las redes sociales. Muchas se enfrentan a años de prisión, entre ellas algunos destacados activistas liberales y figuras de las ONGs. Es urgente que los socialistas tomen la iniciativa para movilizar una campaña común en defensa de todos los afectados por esta ola de represión. Esta lucha debe estar directamente vinculada a la defensa de los activistas papúes, que también han enfrentado una ola de detenciones y una escalada de violencia militar en los últimos meses.

2. Hacia la merdeka [independencia] total: la lucha antiimperialista es la lucha democrática. La desigualdad, la corrupción, las condiciones precarias de las masas indonesias, la naturaleza depredadora y bonapartista de la élite indonesia…, todas son, en última instancia, producto de la subyugación imperialista y la opresión neocolonial. Ante el auge del bonapartismo, avanzar la lucha democrática exige romper con la política de la reformasi liberal. Mientras siga atada a los imperialistas y a este remanente ideológico de la hegemonía estadounidense, la izquierda nunca romperá el control de la burguesía nacional sobre las masas. Los marxistas debemos demostrarle a las masas que sólo nuestro programa ofrece una dirección real en la lucha contra el imperialismo. Repudiar las deudas imperialistas, expulsar a las agencias imperialistas, romper los acuerdos capituladores, rechazar la cooperación militar en la campaña bélica contra China, completar las tareas de liberación nacional y lograr la merdeka total.

A pesar de su postura nacionalista, la élite tiene una estrategia que no puede defender al país del yugo imperialista. Prabowo está desesperado por mantener el equilibrio entre el imperialismo estadounidense y la “multipolaridad”. Pero a la hora de la verdad, sólo puede venderse en las negociaciones económicas (y suplicar a Trump una audiencia con su hijo). Los pasos hacia una mayor coordinación militar con el imperialismo estadounidense —incluidas las ofertas de la empresa naval estatal de convertir el archipiélago en una plataforma de reparación y reabastecimiento para la maquinaria bélica estadounidense— sólo prometen un desastre mayor. Cuando la burguesía nacional tome medidas contra los imperialistas, en su propia manera egoísta (como en la última década de “nacionalismo de los recursos”), los marxistas deben luchar para que la clase obrera las impulse, llevándolas mucho más allá de los límites que la burguesía les ha fijado.

3. Contra el desarrollismo gradualista. Con el deterioro de las condiciones de los obreros, los campesinos y la pequeña burguesía, las masas siguen anhelando soluciones reales a los problemas del desarrollo nacional. Las dificultades económicas actuales revelan que, en realidad (a pesar de décadas de inversión y desarrollo nominal en la infraestructura), la burguesía nacional y sus representantes se han enriquecido a costa del auténtico desarrollo nacional de las masas. Esto es el resultado directo de su incapacidad para combatir la subyugación imperialista. Los marxistas debemos demostrar por qué la burguesía nacional no puede luchar contra el imperialismo ni desarrollar verdaderamente el país, y por qué estas tareas son una y la misma. El desarrollo que se puede lograr bajo la bota imperialista nunca será suficiente. Sólo una alianza revolucionaria de la clase obrera del sureste asiático con los trabajadores de los centros imperialistas y el estado obrero chino brindará verdaderos aliados en la lucha por el desarrollo nacional.

4. ¡Defender a las minorías nacionales! ¡Por el derecho a la autodeterminación! ¡Merdeka papú! A medida que las crisis se agravan, es más urgente que nunca que la defensa de las minorías nacionales y el derecho a la autodeterminación se pongan en el centro de la agitación socialista. La historia demuestra que cada periodo de crisis política y económica en Indonesia conduce directamente a una explosión de la cuestión nacional. En la década de 1990 se produjeron violentos enfrentamientos étnicos en todo el país (en las principales ciudades, los más brutales fueron contra la etnia china) y agudas luchas por la autodeterminación en Timor, Aceh y Papúa. En los últimos años no se han producido casos importantes de violencia étnica, pero el peligro sigue latente. Del mismo modo, la cuestión nacional está atenuada en la mayor parte del archipiélago por la “descentralización” que se dio tras la reformasi, pero no se descarta que se reavive en caso de que la unidad de la élite se fragmente. En Papúa, la brutal represión del movimiento nacional sigue aumentando en escala y violencia. A medida que se acumulan los cadáveres de combatientes y civiles, y las cárceles se llenan de presos políticos, el movimiento de liberación nacional de Papúa Occidental se encuentra en un callejón sin salida.

Sólo una alianza revolucionaria de las nacionalidades y etnias oprimidas con la clase obrera indonesia ofrece un camino real hacia la emancipación. Sin embargo, abordar estas cuestiones tabú tiende a provocar una profunda hostilidad en la mayoría de los trabajadores, ya que se considera nada menos que un ataque a la nación y su soberanía. El movimiento obrero no será ganado a la lucha por la liberación de Papúa Occidental apelando a la preocupación liberal por los derechos humanos. Tampoco bastan los llamados abstractos a la solidaridad de clase para construir la unidad más allá de las fronteras nacionales y étnicas. Lo que hay que demostrar en la lucha (y con una explicación paciente) es el interés común de los pueblos del archipiélago en la lucha contra la subyugación imperialista. Ésta es la única base sobre la que se puede revelar concretamente el interés especial de la clase trabajadora indonesia en la liberación de las minorías oprimidas.

5. El movimiento obrero debe dirigir la lucha. La política conciliadora y liberal-idealista de los “líderes” que actualmente dominan a los movimientos sociales indonesios es un callejón sin salida. Para que la lucha avance, el movimiento obrero debe convertirse en su fuerza motriz, arrastrando consigo a las masas campesinas rurales y a los sectores radicales de la pequeña burguesía. Pero los actuales dirigentes del movimiento obrero, tanto “amarillos” como “rojos”, no están a la altura de esta tarea, comprometidos como están con una estrategia de colaboración de clases pro gubernamental o empapados del liberalismo pequeñoburgués. La construcción de una dirección revolucionaria de la clase requerirá comprometerse con el movimiento obrero para impulsar un programa genuinamente antiimperialista que se oponga a la actual dirección traidora. Sólo detrás de un movimiento obrero revolucionario se podrá canalizar la ira de las masas en una dirección productiva, y sólo con la juventud combativa detrás de él podrá el movimiento obrero avanzar.

Involucrarse y luchar por consolidar a la fragmentada izquierda indonesia tras acciones de frente único y, en última instancia, un programa revolucionario es el primer paso práctico para avanzar en esta lucha.