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Desde los medios de comunicación dominantes hasta los youtubers y la izquierda revolucionaria, existe una creciente unanimidad según la cual la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán terminará en derrota. Como comunistas, luchamos por ese resultado y defendemos firmemente a Irán contra el ataque imperialista en curso. Sin embargo, precisamente porque tomamos un lado activamente en este conflicto, debemos advertir contra el peligro de la autocomplacencia.

Ya desde octubre de 2023, innumerables analistas nos han dicho que Israel no tiene salida, que se quedará sin municiones, que se derrumbará desde dentro. Pero nada de esto ha sucedido. Israel y EE.UU. han dictado el ritmo de los acontecimientos. Han lanzado ofensivas cada vez más agresivas y las han suspendido cuando les ha convenido. El Eje de la Resistencia ha contraatacado, pero se ha visto constantemente a la defensiva, lo que ha dado lugar a múltiples reveses y al debilitamiento de su posición.

Aunque la última ronda de enfrentamientos se está desarrollando con mayor intensidad, hasta ahora nada indica un cambio fundamental en la orientación estratégica de los bandos en conflicto. ¿Por qué deberíamos confiar en que esta vez el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) luchará hasta infligir una derrota estratégica importante a EE.UU. e Israel?

No se puede volver a confiar en el Eje de la Resistencia ni en la promesa de un futuro descontento político en Occidente. Las fuerzas de izquierda y antiimperialistas deben impulsar una estrategia propia, una que se oponga a la actual embestida pero que también ofrezca un camino real para expulsar a EE.UU. de Asia Occidental.

Un nuevo paradigma

Lo primero que hay que entender es que el mundo en el que vivimos hoy día no es el de principios de la década de 2000. En 2003, Bush y Blair hicieron todo lo posible por justificar diplomáticamente su ataque contra Irak. Hoy, a Trump y Netanyahu les da completamente igual. No es tanto que hayan cambiado las personalidades de los líderes. Más bien, es la era política la que ahora es fundamentalmente diferente.

Tras décadas de relativa estabilidad, el mundo está entrando ahora en una peligrosa espiral descendente en la que Estados Unidos actúa con una agresividad e irracionalidad cada vez mayores para mantener su hegemonía. A escala regional, éste es el rumbo que ha seguido Israel desde el 7 de Octubre, lanzando ataques cada vez más temerarios contra países de toda la región.

Para hacernos una idea de cómo será esta nueva era, debemos mirar más allá de las guerras de Irak y Afganistán, e incluso de los sangrientos conflictos de la Guerra Fría, hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo entero se vio sumido en un ciclo infernal de matanzas masivas y destrucción. Esto es lo que ocurre cuando las potencias imperialistas se ven acorraladas. Éste es el panorama que nos depara el futuro.

Pero esto no significa que nos encontremos en ruta directa hacia la Tercera Guerra Mundial ni que Estados Unidos esté dispuesto a librar una guerra total contra Irán. Habrá resistencia y reveses en este camino. Más bien, significa que estamos en un mundo en el que la tendencia general es hacia un aumento del nivel de violencia y el caos económico.

Pese a todos los discursos sobre el fin del orden basado en las reglas establecidas, muchos comentaristas siguen observando la guerra contra Irán a través de una lente ya gastada. Subestiman hasta qué punto los gobernantes estadounidenses estarán dispuestos a aceptar el caos económico y el sufrimiento de su propio pueblo. Lo que habría sido inaceptable hace unos años se considera ahora el precio necesario a pagar para mantener al mundo bajo la bota estadounidense. Con este nuevo paradigma, no podemos evaluar el resultado de una guerra simplemente a través de los resultados electorales, las victorias simbólicas y la perturbación económica a corto plazo. Debemos fijarnos en el balance de fuerzas entre las partes, su cohesión interna y su determinación para luchar.

Objetivos bélicos de EE.UU. e Israel

Todos los comentaristas en el mundo se han quejado de que Trump no tiene un objetivo claro y cambia constantemente su discurso. Su gobierno es verdaderamente incompetente. Sin embargo, es incorrecto pensar que Estados Unidos e Israel no tienen un objetivo estratégico claro en esta guerra. Mucho antes del 7 de Octubre, Israel, con la ayuda de EE.UU., había dejado claro que su propósito es hacer retroceder el poder iraní en la región y eliminarlo como contrapeso. La guerra actual no es más que una continuación de esta campaña.

Ya sea en Gaza, Siria, el Líbano o ahora Irán, los israelíes han perseguido su objetivo asesinando a sus enemigos, degradando sus capacidades militares y arrasando por completo el tejido social de los rivales de Israel. A diferencia de las guerras de Irak y Afganistán, en las que Estados Unidos dedicó importantes recursos a establecer regímenes títeres, no existe tal preocupación en el conflicto actual.

Por supuesto, a Trump y Netanyahu les encantaría derrocar a la República Islámica de Irán y lograr una clara victoria política. Pero, en última instancia, esto es secundario respecto a su objetivo de debilitar la capacidad de Irán para proyectar su poder regional.

La situación militar

Tras más de dos semanas de conflicto, el régimen iraní no se ha derrumbado. Sigue teniendo la capacidad de alterar significativamente la economía del Golfo y, con la ayuda de Hezbolá, atacar a Israel. El bloqueo del Estrecho de Ormuz y los ataques contra las infraestructuras de petróleo y gas tienen el potencial de causar importantes perturbaciones en la economía mundial. Irán ha sido capaz de atacar ciertas instalaciones militares estadounidenses (y presumiblemente israelíes), pero no puede afectar al complejo militar-industrial de EE.UU. ni frustrar su capacidad para bombardear Irán. Hasta ahora, las fuerzas estadounidenses e israelíes parecen haber sufrido bajas mínimas.

Aunque la campaña de bombardeos aéreos israelíes y estadounidenses no ha destruido la capacidad de Irán para atacar (ni es probable que lo haga), ha causado indiscutiblemente importantes daños económicos y militares. Sin embargo, salvo una invasión terrestre a gran escala, una perspectiva poco probable, no hay forma de derrotar militarmente por completo al CGRI. Estados Unidos, Israel y sus aliados del Golfo han sido capaces de interceptar una proporción significativa de los drones y los misiles lanzados desde Irán. Pero esta capacidad disminuirá con el tiempo a medida que se reduzca el suministro de misiles interceptores.

En vista de este panorama, parece que ninguna de las partes puede eliminar de forma realista la amenaza militar que plantea la otra. Por lo tanto, el resultado del conflicto depende en gran medida de la capacidad y la voluntad de cada parte para mantener la guerra.

Si Irán sigue atacando a Israel y al Golfo cuando se agoten los misiles de defensa aérea, interrumpiendo los flujos de petróleo hasta el punto de provocar una grave crisis económica o de infligir bajas militares significativas, podría asestar un verdadero golpe estratégico que impediría futuras agresiones.

Por el contrario, si vuelve a aceptar un acuerdo cuando le convenga a EE.UU., es probable que sólo veamos una pausa hasta la próxima ronda de ataques. Además, en tal escenario, el daño que Irán habrá infligido palidecerá sin duda en comparación con el devastador impacto a largo plazo de la campaña de bombardeos sobre la sociedad iraní. Por lo tanto, mucho depende de la capacidad y la determinación del CGRI para proseguir y escalar el conflicto.

¿Mantendrá el CGRI el rumbo?

En su primera declaración pública, el nuevo líder supremo de Irán, el ayatolá Mojtaba Jamenei, aseguró a todos que “no renunciaremos a vengar la sangre de [los] mártires” iraníes. En lo que pareció una declaración coordinada, el presidente títere, Masoud Pezeshkian, afirmó:

“La única manera de poner fin a esta guerra —desatada por el régimen sionista y EE.UU.— es el reconocimiento de los derechos legítimos de Irán, el pago de reparaciones y garantías internacionales firmes contra futuras agresiones”.

Debido a estas declaraciones, así como a las del CGRI, muchos están convencidos de que Irán proseguirá la lucha independientemente de los deseos de EE.UU. e Israel de resolver finalmente el conflicto. El argumento es que, dada la intensidad del ataque actual y la participación directa de EE.UU., Irán no puede aceptar detener el conflicto sin antes infligir una derrota contundente a sus enemigos. Para evaluar la probabilidad de que el CGRI mantenga esta postura, debemos examinar algunos de los factores que influyen en su determinación.

En primer lugar está la posición internacional de Irán. Dentro del propio Golfo, Irán está tratando de equilibrar una defensa enérgica con su renuencia a iniciar una guerra total con sus vecinos. Si mantiene y amplía sus operaciones, podría encontrarse totalmente aislado en la región. Esta posibilidad se ve contrarrestada en cierta medida por los dos principales socios de Irán, Rusia y China. Pero, lejos de respaldar plenamente la búsqueda de una campaña prolongada por parte de Irán, es probable que ambos busquen una pronta resolución. Los multimillonarios rusos y chinos tienen profundos vínculos con los países del Golfo, gran parte del petróleo de China pasa por el Estrecho de Ormuz, y ambos países han señalado que desean un retorno a la estabilidad.

De mayor importancia es el frente interno. Si bien sin duda existe un fuerte sentimiento de unidad nacional en la guerra actual, la realidad subyacente de la sociedad iraní es de una aguda polarización, con sectores cada vez más amplios del país oponiéndose al régimen. Las protestas de enero y la brutal represión que siguió son indicativas de una profunda ruptura.

En estos momentos es poco probable que se produzca una lucha popular contra la República Islámica, pero si la guerra se prolonga y si Estados Unidos e Israel dan señales de querer salir de ella, podrían volver a producirse fisuras. El CGRI sabe que no cuenta con el mismo tipo de apoyo popular que tuvo durante la guerra entre Irán e Irak, y esto sin duda pesará en su determinación de continuar el conflicto.

En última instancia, la cuestión se resolverá mediante luchas burocráticas al seno del CGRI. La elección de Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo apunta a que los partidarios de la línea dura seguirán al mando. Esto no debe verse como una garantía de intransigencia futura. La experiencia demuestra que existen fuertes presiones dentro del propio régimen a favor de la conciliación. A pesar de las innumerables provocaciones y traiciones de Occidente y de las promesas de los partidarios de la línea dura de no dejarse engañar nunca más, el curso de la confrontación siempre ha ido seguido de un apaciguamiento. Si bien esto no garantiza que se siga el mismo curso una vez más, debería, como mínimo, hacer reflexionar a quienes proclaman con certeza que Irán luchará hasta la victoria.

Cómo expulsar a EE.UU. del Medio Oriente

Otra opinión común es que Estados Unidos podría ser expulsado del Medio Oriente a causa de este conflicto. ¿Cómo se espera que suceda esto? El esquema básico puede verse en la declaración de Mojtaba Jamenei:

“Aconsejo a los líderes de los países de la región que cierren esas bases [estadounidenses] lo antes posible, pues a estas alturas ya deben haberse dado cuenta de que las promesas de Estados Unidos de garantizar la seguridad y la paz no han sido más que mentiras. El cierre de las bases estadounidenses en la región permitirá a dichos gobiernos fortalecer sus lazos con sus propios ciudadanos, que en general están descontentos con el comportamiento humillante asociado a dichas bases”.

Sin duda, existe descontento en los países del Golfo por haber sido arrastrados a esta guerra y ver cómo sus infraestructuras se convierten en objetivos. Pero pensar que esto bastará para que rompan sus lazos militares con EE.UU. es una fantasía total. El poderío militar estadounidense es la base misma sobre la que las monarquías del Golfo se han mantenido como islas distópicas de reacción feudal.

La única manera de expulsar a EE.UU. del Golfo es echar a los reyes, los jeques, los emires y los príncipes también. Esto requiere una movilización popular que deberá extenderse a las amplias capas de trabajadores inmigrantes que hacen funcionar estos países. Como muestra la declaración citada arriba, ésta no es en absoluto la perspectiva del régimen iraní, el cual trata de apelar a los mismos gobernantes que dependen de los imperialistas yanquis y tienen grandes intereses invertidos en EE.UU. a que hagan lo correcto y cierren las bases estadounidenses en sus países.

Incluso si Irán lograra de alguna manera ejercer suficiente presión para que se cerraran las bases estadounidenses, ¿qué pasaría entonces? ¿Aceptarían los fanáticos regímenes suníes del Golfo convivir en armonía con una república chiíta armada con misiles balísticos de largo alcance y con el potencial de adquirir armas nucleares? Nunca. La verdad es que, a pesar de sus protestas, las monarquías suníes están tan interesadas como Israel en acabar con la República Islámica y eliminarla como rival.

Esto apunta al obstáculo más importante para expulsar a EE.UU. del Medio Oriente: el sinnúmero de divisiones sectarias y nacionales que fragmentan la región. Estas tensiones, fomentadas conscientemente por los imperialistas, significan que siempre hay un grupo dispuesto a pactar con el diablo y apoyarse en una potencia extranjera para promover sus propios intereses estrechos. Mientras no haya una forma de superar estas divisiones y unir a los pueblos de Asia Occidental en una lucha común contra los opresores extranjeros, no habrá perspectivas de expulsar al imperialismo de la región, la cual seguirá sumida en un ciclo infernal de guerras.

Una estrategia antiimperialista

¿Cuál sería una estrategia antiimperialista en la guerra actual? Ésta debe partir de una postura clara en defensa de Irán. La unidad contra el imperialismo es la precondición para cualquier resultado progresista.

Esto no implica apoyar a los gobernantes de la República Islámica. Partiendo del punto de vista de la defensa del país, es necesario mostrar cómo la estrategia y las políticas del CGRI socavan esta lucha.

  • El carácter religioso-dictatorial del régimen, sobre todo la imposición del velo y otras políticas contrarias a las mujeres, aliena a amplios sectores de la población.
  • La opresión de las minorías nacionales crea reclutas potenciales para los imperialistas y los sionistas; es mejor concederles la autodeterminación y construir una alianza fuerte sobre una base fraternal.
  • La élite corrupta socava el desarrollo económico y la capacidad de resistencia de Irán.

Debemos demostrar que, para repeler la agresión imperialista y desarrollar el país, Irán necesita un régimen diferente: uno basado en el poder de la clase obrera y las masas oprimidas.

Dadas las profundas divisiones sectarias en Irán y en la región en general, la religión no puede ser la base de la unidad. Tampoco puede serlo el laicismo impuesto burocráticamente. Sólo garantizando los derechos religiosos y nacionales de todas las minorías podremos empezar a superar la profunda hostilidad que existe. En última instancia, es en una lucha común contra la agresión extranjera donde podremos unir a todos estos grupos diversos.

En el mundo musulmán en general y en el Sur Global, no debemos confiar en que los líderes actuales sean coherentes en su oposición a EE.UU. La mayoría tiene un interés directo en mantener el statu quo. A cada paso vacilan y concilian. Debemos hacer un llamado a las masas del Sur Global para que se opongan a las políticas serviles de sus gobiernos.

Tanto en Israel como en Estados Unidos y otros países imperialistas, bastiones de la reacción mundial, debemos luchar para polarizar a la sociedad sobre líneas de clase. No se puede depositar ninguna confianza en las alas “más democráticas” de la clase dominante. Para ganarnos a la clase obrera del “Occidente colectivo”, debemos mostrarle cómo la desastrosa política exterior de las élites sólo genera caos y miseria en casa. La clase obrera no tiene ningún interés en que sus gobernantes la arrastren a una espiral de destrucción global.

Si tenemos claro que ahí es hacia donde se dirige la humanidad, también debería quedar claro que las medias tintas y los deseos piadosos de que el imperio se desmorone desde dentro no servirán de nada. No hay tiempo que perder para reagrupar a los elementos más coherentes y decididos del movimiento antiimperialista en torno a una concepción y una estrategia claras.